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Alexander Zverev avanza a la final del US Open 2023

Alexander Zverev ya está donde quería estar: en otra final de Grand Slam, otra vez bajo las luces de Flushing Meadows, otra vez con el título al alcance de la mano. El alemán derrotó este viernes a Karen Khachanov por 6-3, 7-6(7), 7-6(6) y se metió en la final del US Open, un paso más cerca de su segundo grande.

Venía de un inicio de torneo turbulento, con dos partidos a cinco sets que pusieron en duda sus reservas físicas. Desde entonces, cambio radical: cuatro victorias consecutivas sin ceder un solo parcial. Un giro de guion propio de un campeón consolidado, no de un aspirante.

Campeón de Roland Garros este año, Zverev encadena ya tres finales de Grand Slam seguidas y presenta un balance demoledor en majors esta temporada: 24 victorias y solo 2 derrotas. Números de número uno, aunque el ranking aún no lo diga.

Un inicio firme, un mensaje claro

El partido arrancó con Zverev marcando territorio. Dominó con el saque, se adueñó del ritmo desde el fondo y golpeó primero para llevarse el set inicial por 6-3. Sin estridencias, pero con autoridad. Cada turno de servicio suyo parecía una losa más sobre Khachanov.

Impulsado por ese inicio, el alemán salió lanzado al segundo parcial y consiguió un break temprano que parecía encarrilar la noche. Controlaba la pista, imponía su derecha pesada y mantenía esa sensación de inevitabilidad que ha construido en las últimas rondas.

Entonces despertó Khachanov.

El ruso, sin condición de cabeza de serie pero con pegada suficiente para incomodar a cualquiera, empezó a encontrar ángulos, a restar más profundo, a soltar el brazo. Recuperó el break y, con ello, cortó una racha impresionante: 37 juegos de servicio consecutivos de Zverev sin ser quebrado. De repente, el duelo ya no era un monólogo.

Un desempate de 14 minutos y nervios de acero

El segundo set se decidió donde se deciden los grandes partidos: en un tie-break tenso, largo, cargado de nervios. Khachanov se agarró a la pista, buscó el intercambio duro y por momentos pareció listo para cambiar el rumbo del encuentro.

Pero cuando el margen se estrechó, apareció la diferencia. Zverev manejó mejor los puntos grandes. El desempate se estiró hasta los 14 minutos, un pulso mental tanto como físico. Khachanov cometió errores en los instantes clave; el alemán, no. Cerró el set, levantó el puño y dejó claro que no estaba dispuesto a alargar la noche más de lo necesario.

El golpe anímico fue evidente. Khachanov había tenido la puerta entreabierta y la dejó escapar.

El mismo guion, otro desenlace cruel para Khachanov

El tercer set calcó el libreto del segundo: igualdad en el marcador, tensión creciente y un Khachanov que, lejos de rendirse, volvió a elevar el nivel cuando se acercaba el tramo decisivo. Esta vez, incluso tomó una breve ventaja en el tie-break. Parecía que al menos forzaría un cuarto set.

Zverev no se inmutó.

El alemán ajustó el resto, se hizo fuerte en la línea de fondo y volvió a subir un peldaño en el momento justo. Remontó el desempate y cerró el partido, firmando su séptima victoria en diez enfrentamientos directos ante el ruso. Frío, clínico, implacable.

Con el triunfo, Zverev regresa a la final del US Open por segunda vez. La anterior, en 2020, se le escapó ante Dominic Thiem en un partido que todavía le persigue. Esta vez llega con otro peso específico, con un Grand Slam ya en el bolsillo y una regularidad que lo sitúa, de nuevo, en el centro del escenario del tenis mundial.

El muro ante el sueño americano

El domingo le espera el ganador de la semifinal completamente estadounidense entre Frances Tiafoe y Ben Shelton. Dos ídolos de la grada neoyorquina, dos estilos eléctricos, dos banderas locales en un torneo que sueña con coronar a uno de los suyos.

Zverev lo sabe y lo asume. “No puedo esperar al domingo. Va a ser increíblemente especial, Frances y Ben son favoritos del público aquí en New York”, dijo tras el encuentro, consciente del ambiente que le aguarda. Añadió, con una media sonrisa, su objetivo inmediato: intentar frenar “el sueño americano” en su propia casa.

Llega en forma, llega con confianza, llega con cuentas pendientes en esta pista. La pregunta ya no es si está preparado para otra batalla grande. La pregunta es si alguien será capaz de impedir que, esta vez, se vaya de Flushing Meadows con el trofeo en la mano.