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Alexander Zverev alcanza su tercera final de Grand Slam consecutiva

Alexander Zverev ha convertido la inercia en costumbre. El alemán, primer cabeza de serie, se metió este viernes en su tercera final consecutiva de Grand Slam tras desarmar a Karen Khachanov en tres sets, 6-3, 7-6 (9/7), 7-6 (8/6), y se plantó en la final del US Open con la autoridad de quien ya se mueve cómodo en estas alturas.

Viene lanzado: título en Roland Garros, final en Wimbledon, y ahora otra vez domingo grande en Flushing Meadows. No es casualidad. Es una tendencia.

Zverev, de la maratón al modo campeón

Su torneo no empezó precisamente como un paseo. En las dos primeras rondas acumuló nueve horas y 26 minutos en pista, con dos victorias a cinco sets que encendieron las alarmas sobre su desgaste. Desde entonces, el guion cambió: menos drama, más control, más jerarquía.

Ante Khachanov necesitó 2 horas y 57 minutos, pero el resultado engaña. El 6-3 inicial fue el set más claro; los otros dos fueron una batalla de nervios, decidida por detalles mínimos en los desempates.

“Victoria en tres sets, pero todo menos sencilla”, admitió Zverev. Y no exageró.

El ruso, número 50 del mundo, buscaba convertirse en el finalista de Grand Slam con peor ranking desde el número 54 Marcos Baghdatis en el Abierto de Australia 2006. No lo logró, pero vendió muy cara la derrota, sobre todo a partir del segundo set. El mismo rival al que Zverev ya había frenado en la final olímpica de Tokio 2021 volvió a encontrarse con un muro en los momentos clave.

Khachanov aprieta, Zverev resiste

En el primer set, Khachanov apenas pudo hacer daño al saque del alemán. Zverev mandó con su servicio, se adelantó con un break temprano y manejó el marcador con frialdad para cerrar 6-3, sin sobresaltos.

El partido se encendió en el segundo parcial. Zverev rompió pronto y parecía encaminar otro set cómodo. Entonces apareció la rebeldía de Khachanov. El ruso se permitió hasta una sonrisa cuando coló un passing ganador al inicio del cuarto juego y, tres puntos después, levantó el brazo con rabia tras un derechazo que le dio su primera bola de break del duelo. La aprovechó de inmediato: doble falta de Zverev y partido de nuevo nivelado.

A partir de ahí, el intercambio fue duro, pesado, casi de ajedrez. El set desembocó en un tiebreak de alto voltaje. Khachanov salvó dos puntos de set con un latigazo de derecha y un revés paralelo brillante. Parecía que el ruso podía cambiar el rumbo, pero Zverev apretó justo cuando había que apretar y cerró el parcial en el 9-7 del desempate. Golpe directo al ánimo de su rival.

El tercer set fue aún más tenso. Ni uno ni otro dispusieron de una sola bola de break. Cada servicio se defendió como un tesoro. El público olía el drama en el horizonte. Llegó, cómo no, en otro tiebreak.

Khachanov se colocó 6-4, dos puntos de set, con todo el estadio conteniendo la respiración. Y ahí se le escapó el partido. Dos errores de derecha consecutivos borraron sus opciones. Zverev, implacable, clavó su 15º saque directo y, en el punto siguiente, vio cómo otra derecha del ruso se marchaba larga. Partido terminado.

“En el segundo y tercer set es evidente que pudo caer de cualquier lado”, reconoció el alemán. “Jugué unos pocos puntos mejor aquí y allá, y estoy contento con la victoria”. Frialdad quirúrgica en los momentos de máxima presión: la diferencia entre un buen jugador y un finalista recurrente.

La herida de 2020 y el sueño americano

Zverev volverá el domingo al escenario de una de las noches más dolorosas de su carrera. En 2020, en esta misma pista, se quedó a un set —y más cerca aún— de levantar su primer grande, antes de ceder ante Dominic Thiem en cinco mangas. Esa cicatriz sigue ahí. Y da la sensación de que el alemán está decidido a cerrarla de una vez.

Esta vez se medirá al ganador de la semifinal íntegramente estadounidense entre Ben Shelton, octavo cabeza de serie, y Frances Tiafoe, número 11. Duelo de estilos, de energía y de ambición, con un premio mayúsculo: pelear por ser el primer campeón local de Grand Slam en 23 años, desde el título de Andy Roddick en este mismo torneo en 2003.

Zverev anticipó un choque “absolutamente épico” entre Shelton y Tiafoe. Y dejó un mensaje directo, casi desafiante, sobre la final: “Ojalá pueda no hacer realidad el sueño americano el domingo”.

Shelton llega disparado de confianza tras firmar la victoria más grande de su carrera: eliminó al defensor del título y siete veces campeón de Grand Slam Carlos Alcaraz en un cuarto de final de cinco sets que se extendió hasta las 3:34 de la madrugada, el final más tardío en la historia del US Open. Ahora persigue su primera final de un grande.

Tiafoe también. Ambos pelean por algo más que un billete al domingo: el derecho a cargar sobre sus hombros el fin de una sequía que atormenta al tenis masculino estadounidense desde hace más de dos décadas.

El cara a cara entre los dos estadounidenses favorece a Shelton, aunque en el US Open el equilibrio es total: una victoria para cada uno. Shelton se impuso en cuartos de final en 2023; Tiafoe devolvió el golpe en tercera ronda al año siguiente. Rivalidad reciente, pero con aroma a clásico en ciernes.

Un día marcado por la memoria y un fin de semana de finales

La jornada en Flushing Meadows tuvo también un tono solemne. Durante la interpretación del himno nacional en las sesiones diurna y nocturna se guardó un momento de recogimiento en el 25º aniversario de los atentados del 11 de septiembre, que derribaron las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York. El tenis se detuvo unos instantes para mirar atrás antes de volver a mirar a la pista.

Mientras tanto, el cuadro femenino ya tiene su cita marcada para el sábado. Elena Rybakina, de Kazajistán, intentará impedir que Aryna Sabalenka encadene su tercer título consecutivo en el torneo, apenas unos días después de haber destronado a la bielorrusa del número uno del mundo al alcanzar las semifinales.

Nueva York se prepara para un fin de semana de finales con aroma a cambio de era. Zverev llega como el hombre del momento en los grandes. Frente a él, un estadounidense dispuesto a romper una sequía histórica. ¿Será suficiente el impulso de un país entero para frenar al alemán que ha aprendido, por fin, a vivir en la frontera de la gloria?