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Alexander Zverev y Sophia Thomalla: una conexión constante en el tenis

Alexander Zverev salió de la pista exhausto, pero con una sonrisa que lo decía todo. Había sobrevivido. “Estoy simplemente feliz de haber ganado”, reconoció el vigente campeón de Roland Garros en una entrevista posterior con la ATP Tour. No exageraba: casi cinco horas de combate para superar una primera ronda. “Increíble batalla. Muchos altibajos. Casi cinco horas para una primera ronda. Creo que es el partido de primera ronda más largo que he jugado en mi vida”.

El alemán, finalista en Wimbledon en julio, vuelve a caminar por un escenario que le trae recuerdos intensos. En el US Open de 2020 rozó su primer título de Grand Slam en individuales. Estuvo a un set, a unos puntos, pero Dominic Thiem le dio la vuelta a una final que todavía le escuece. “Sigo sintiendo que debería haber ganado en 2020, eso no cambia”, admitió la semana pasada en rueda de prensa. Esa herida no se ha cerrado, solo se ha convertido en combustible. “Siento que soy uno de los 128 jugadores que son favoritos en el cuadro”, añadió, con una mezcla de ironía y ambición.

En medio de esos picos y caídas, de finales perdidas y títulos conquistados, hay una constante en la vida de Zverev. En su box, entre gestos de tensión, aplausos contenidos y miradas cómplices, aparece desde hace más de cinco años la misma figura: Sophia Thomalla.

Sophia Thomalla, la presencia constante en el box

Para entender quién acompaña al alemán en este tramo maduro de su carrera hay que retroceder unas décadas y cambiar de escenario: del cemento neoyorquino a la antigua Berlín Oriental. Sophia Thomalla nació allí el 6 de octubre de 1989, en una familia marcada por los focos. Es hija de los actores Simone Thomalla y André Vetters, que se separaron en 1995. Creció entre rodajes, camerinos y guiones, un entorno donde la exposición pública era rutina, no excepción.

Su infancia se repartió entre Berlín, Colonia y Kleinmachnow, adonde se mudó con su madre. Ese ir y venir entre ciudades moldeó a una joven acostumbrada a los cambios de escenario, algo que hoy se refleja en su naturalidad frente a las cámaras, ya sea en un plató o en el palco de un gran estadio de tenis.

Thomalla se ha construido una imagen propia, lejos de la sombra de sus padres. Sus tatuajes se han convertido en una de sus señas de identidad. Empezó a tatuarse muy joven, y no con motivos discretos. Uno de sus diseños más llamativos incluye el nombre y la fecha de nacimiento del actor Sven Martinek, quien mantuvo una relación con su madre a finales de los años noventa, según recogió el tabloide alemán Klatsch-Tratsch. Una elección que habla de lealtades, de memoria y de una personalidad que no teme al juicio público.

Más que una espectadora

En el mundo del tenis, el box de un jugador suele ser un termómetro emocional. Se ve quién sufre, quién anima, quién se levanta en los puntos clave. En el caso de Zverev, la figura de Thomalla se ha vuelto familiar para los aficionados: siempre atenta, siempre involucrada, siempre parte del cuadro emocional que rodea al alemán.

Zverev ha atravesado de todo en estos últimos años: finales de Grand Slam, lesiones, días de inspiración absoluta y otros de dudas profundas. En todos esos escenarios, una cámara que enfoque su rincón suele encontrarla a ella. No pega una derecha ni resta un saque, pero forma parte del ecosistema que sostiene al jugador en los momentos en los que el partido se vuelve más largo que el marcador.

En un circuito donde las historias personales se cruzan con la presión constante del resultado, la presencia de Thomalla en la vida de Zverev añade un matiz más a la narrativa del alemán. Él persigue todavía ese gran título en Nueva York que se le escapó en 2020. Ella, desde la grada, acompaña cada intento, cada remontada, cada noche maratoniana que se alarga hasta rozar las cinco horas.

La pregunta es sencilla y, a la vez, enorme: si Zverev consigue por fin levantar el trofeo del US Open, ¿cuánto pesará en ese momento todo lo que se ha construido, también, fuera de la pista?