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Zverev conquista el US Open y silencia a Nueva York

Alexander Zverev silenció a Nueva York. Y, de paso, a dos décadas de espera estadounidense.

El alemán conquistó el US Open al derrotar a Ben Shelton por 6-3, 7-6(2), 5-7 y 6-2, su segundo título de Grand Slam, en una final cargada de ruido, simbolismo y nervio en el Arthur Ashe Stadium. El sueño de ver a un hombre estadounidense levantar el trofeo por primera vez desde Andy Roddick en 2003 tendrá que seguir esperando.

Zverev impone jerarquía

Desde el inicio, Zverev jugó como alguien que ya conoce este escenario. Era su sexta final de Grand Slam; el peso de las grandes citas ya no le tiembla en la mano. Sirvió con precisión quirúrgica, castigó cada resto corto y se llevó el primer set por 6-3 con una frialdad que contrastaba con la electricidad en las gradas.

Shelton, en cambio, tardó en entrar. Su servicio, habitualmente un cañón, no encontraba el mismo filo. Sus golpes de fondo se quedaban a medio camino frente al juego metódico del alemán. Parecía que el partido podía escapársele antes de empezar.

Pero el joven de 23 años no llegó a esta final para ser figurante.

En el segundo set empezó a cambiar el guion. Se soltó en el resto, encontró ángulos con la derecha y comenzó a sorprender a Zverev con golpes cruzados que levantaron al público. El alemán, que hasta entonces había controlado el ritmo, empezó a mirar a su banquillo, incómodo. Shelton forzó el tie-break, encendió el estadio… y ahí emergió de nuevo la experiencia.

Zverev subió un punto la intensidad, ajustó el primer servicio y se adueñó del desempate con autoridad: 7-2. Dos sets a cero y la sensación de que el partido estaba encaminado.

El orgullo de Shelton enciende el Arthur Ashe

Shelton se negó a aceptar el libreto. El tercer set se convirtió en una batalla de desgaste emocional. El estadounidense, empujado por un público ruidoso y hambriento de historia, empezó a restar más dentro de la pista, a tomar la pelota antes, a mirar a Zverev a los ojos.

Cada punto ganado se celebraba como un mini título. Cada error de Zverev, como una grieta en el muro.

El alemán se vio “rattled”, descolocado por momentos, mientras Shelton arañaba metros, juego a juego. El estadounidense, que venía de una semana extenuante —un maratón de 4 horas y 28 minutos ante Carlos Alcaraz que terminó a las 3:33 de la madrugada del miércoles, seguido de una victoria sólida ante Frances Tiafoe en semifinales—, encontró energía donde ya no debería quedar nada.

La recompensa llegó: Shelton se llevó el tercer set 7-5. El Arthur Ashe rugió como en las grandes noches, soñando con la remontada y con algo más grande aún: ver a un hombre negro, por primera vez desde Arthur Ashe en 1968, ganar el título en la pista que lleva su nombre.

Un cuarto set sin concesiones

El inicio del cuarto set trajo tensión añadida. Zverev recibió una violación de tiempo en el servicio. Protestó, discutió, pero el juez de silla no dio marcha atrás. Era el tipo de momento que puede desestabilizar a cualquiera.

No a este Zverev.

Lejos de venirse abajo, el alemán cerró el puño, aceleró y se colocó 3-1 arriba. Recuperó la claridad en los patrones de juego, volvió a castigar el segundo saque de Shelton y, cuando olió la sangre, no dudó. Rompió el servicio del estadounidense para el 5-2 y ya no miró atrás. Cerró el partido al saque, silencioso, casi clínico, mientras el ruido se apagaba en las gradas.

En la ceremonia, recibió el trofeo de manos de Jimmy Connors y el cheque de 5,5 millones de dólares. El momento, sin embargo, se hizo íntimo cuando habló de su madre, a quien agradeció haberle sostenido desde que le diagnosticaron diabetes a los cuatro años. Recordó una frase suya: “Si quiere ser tenista, será tenista”. Para Zverev, ella es “la persona más importante y más fuerte” que conoce. El título, en cierto modo, también era suyo.

Shelton, símbolo de una nueva ola

Shelton, con la derrota aún fresca, eligió otra mirada. Agradeció a Dios y habló de la experiencia como un regalo, más allá del resultado. “Mis éxitos son un regalo, los fracasos son un regalo, y estar aquí jugando delante de ustedes es un regalo”, dijo, con el aplauso de un estadio que no quería dejar de creer en él.

En las gradas, su pareja, la futbolista Trinity Rodman, lucía una camiseta con su nombre. Rodman había sido titular ese mismo día con Washington Spirit en la derrota 3-0 ante Boston Legacy, pero aun así encontró la forma de estar en Nueva York para acompañarle. Un detalle que subraya el magnetismo que empieza a generar el joven estadounidense.

El magnetismo se notaba también en la gente. Aficionados llegados desde distintos puntos del país llenaban el Arthur Ashe con pancartas, camisetas y banderas. Muchos no solo buscaban un campeón local, sino algo más profundo: el segundo hombre negro en ganar el US Open, más de medio siglo después de Arthur Ashe.

Tracie Saundera lo resumía antes del partido: le emocionaba ver a un hombre negro en la final, algo que no sucedía desde 1972, antes de que ella naciera. Y, al margen del peso histórico, disfrutaba simplemente de su tenis: “Juega con tanta pasión y energía. Es muy divertido verlo, es joven y entusiasta. Yo ya soy mayor, la mayoría de mis jugadores se están retirando, así que es bueno ver a los chicos jóvenes llegar y ser potencias.”

Junior Pulayya, aficionado de la University of Florida, condujo desde Florida hasta Nueva York para apoyar al exalumno ilustre. Hablaba de una “sequía” de jugadores estadounidenses realmente sólidos en el circuito masculino y veía en Shelton un punto de inflexión: una figura capaz de enganchar a una nueva generación, de hacer que niños y niñas quieran coger una raqueta.

Shameka Littles, veterana aficionada de Maryland, se confesaba incapaz de imaginar lo que debía de sentir Shelton al pisar la pista Arthur Ashe como el primer hombre negro en una final del US Open en más de 50 años. Pero veía algo más amplio: una oleada de buenos resultados estadounidenses este año, con varios cabezas de serie alcanzando cuartos y semifinales. Para ella, el efecto puede ser contagioso, un impulso de energía y ambición compartida.

El campeón y el mensaje

Zverev llega a este título con viento a favor. Ya venía lanzado tras ganar Roland Garros en junio. En Queens sufrió en sus dos primeros partidos, pero después no cedió un solo set hasta la final. La victoria le consolida como una de las grandes figuras de la era posterior al dominio absoluto del Big Three.

Shelton, por su parte, se marcha sin trofeo pero con algo que a veces pesa más en el largo plazo: la sensación de haber abierto una puerta. Para él. Para el tenis estadounidense. Para quienes se vieron reflejados en su carrera estos días.

El domingo, en el Arthur Ashe Stadium, el título se fue a Alemania. La historia, sin embargo, dejó claro que el futuro del tenis en Estados Unidos tiene ya un nuevo rostro. Y la pregunta, a partir de ahora, es sencilla: ¿cuánto tardará en volver a este escenario para terminar lo que empezó?