logo

Alexander Zverev conquista el US Open y alarga la espera de un campeón local

Alexander Zverev silenció a Nueva York y alargó la espera de un campeón local en los Grand Slams masculinos a 23 años. En la noche grande del Arthur Ashe Stadium, el alemán impuso jerarquía, físico y temple para frenar el vendaval de servicio de Ben Shelton y levantar su primer título del US Open con un 6-3, 7-6, 5-7, 6-2.

La ilusión estadounidense tendrá que seguir esperando al heredero de Andy Roddick, el último en coronarse en un grande en 2003. El propio Roddick, hoy voz autorizada del circuito, miraba desde la grada cómo Shelton se estrellaba una y otra vez contra un rival más hecho, más frío, más acostumbrado a la presión.

Zverev, del susto inicial al control total

El guion de Zverev en este US Open rozó el abismo desde el inicio. Estuvo a dos puntos de irse a casa en primera ronda ante Lorenzo Sonego. Quentin Halys le llevó a cinco sets en la segunda. Parecía caminar siempre al borde del precipicio.

En la final, en cambio, entró con una claridad brutal. Se adueñó del primer set con un 6-3 que dejó claro quién mandaba en los intercambios. Neutralizó la potencia del saque de Shelton, lo obligó a jugar una bola más, una decisión más, un riesgo más. El estadounidense, octavo cabeza de serie, se encontró atrapado en un partido largo, de desgaste, lejos del intercambio rápido que más le favorece.

El segundo set fue el pulso que esperaba el público. Shelton conectó, empujado por una grada ruidosa, eléctrica. Zverev aguantó. El tie-break marcó el punto de inflexión: en el momento de mayor ruido, el alemán se hizo más pequeño hacia afuera y más grande por dentro. Cerró el parcial y clavó una estaca emocional en la noche neoyorquina.

“Ha sido una multitud ruidosa, pero no le ha afectado. Ha estado totalmente concentrado, Zverev”, resumió Jelena Dokic en la retransmisión de Nine. Era exactamente eso: concentración absoluta. Casi obsesiva.

El amago de remontada y el golpe definitivo

Shelton, con 23 años y un tenis sin freno, se negó a marcharse sin dejar marca. Aprovechó un bajón de Zverev en el tercer set, el único momento real de duda del alemán, para apretar el marcador y llevarse el parcial por 7-5. El estadio despertó del todo. El ruido se convirtió en fe.

Pero la esperanza duró lo que tardó Shelton en ceder su primer juego de servicio del cuarto set. Ahí se acabó el suspense. Zverev olió sangre, se lanzó hacia adelante y convirtió el tramo final en un monólogo. 6-2, sin concesiones, sin ventana alguna para la épica local.

Era su segunda final en Nueva York, cuatro años después de aquella derrota traumática de 2020 ante Dominic Thiem, cuando dejó escapar una ventaja de dos sets. Esta vez no tembló. Esta vez no se le escapó.

Tan metido estaba en el partido que ni siquiera se dio cuenta de que había ganado el torneo. Hubo un instante de desconcierto, una mirada al marcador, y solo entonces llegaron los brazos al cielo, mezcla de alivio y incredulidad.

“¡No lo sabía! Dios mío. Es increíble”, exclamó Todd Woodbridge en Nine. “Eso te muestra en qué zona ha estado Zverev hoy. No sabía que el partido había terminado, no sabía que acababa de ganar el segundo título de Grand Slam de su carrera. Qué temporada se le está quedando, y ahora toca celebrar”.

De Roland-Garros a Nueva York: el año que lo cambia todo

Con 29 años, Zverev ha convertido 2024 en el año que perseguía desde hace una década. En junio, en Roland-Garros, se quitó por fin el peso de no haber ganado nunca un grande. En Nueva York, confirmó que no se trataba de una irrupción puntual, sino de una consolidación.

La ausencia del número uno del mundo, Jannik Sinner, por lesión de rodilla, y la eliminación del defensor del título, Carlos Alcaraz, a manos del propio Shelton, abrieron un cuadro distinto. Zverev no dejó pasar la ocasión. Con el camino despejado de gigantes, se comportó como uno de ellos.

Al mirar a su equipo durante la ceremonia de trofeos, puso en perspectiva el momento: “Estuvimos casi 30 años sin ganar un título de Grand Slam, y ahora hemos ganado dos en un lapso de tres meses”, dijo. “Creo que Dios ha visto lo duro que trabajamos, cuánto sufrimos, cuánto dolor pasamos, y creo que 2024 es el resultado de todos esos años que vinieron antes”.

Sombras, batalla personal y el papel de la familia

La carrera de Zverev no ha sido solo una secuencia de finales y títulos. También ha estado marcada por las acusaciones de violencia doméstica por parte de sus ex parejas Olya Sharypova y Brenda Patea. El proceso judicial en Alemania con Patea terminó en 2024 con un acuerdo, el caso se cerró sin veredicto ni admisión de culpabilidad.

“Ha tenido sus batallas dentro y fuera de la pista a lo largo de su carrera y este año se está convirtiendo en un momento mágico para él”, apuntó Woodbridge.

En Nueva York, Zverev quiso subrayar otra batalla, la que comenzó cuando era un niño. Recordó el día en que, con cuatro años, le diagnosticaron diabetes y los médicos advirtieron a su familia de una vida limitada, también en el deporte. Ahí apareció la figura de su madre, Irina, exjugadora profesional.

“Cuando a tu hijo de cuatro años le diagnostican diabetes y los doctores te dicen en la consulta que la vida y el deporte estarán muy limitados para ese niño, hace falta una madre muy fuerte para decir ‘mi hijo será lo que quiera ser’”, relató. “Si quiere ser tenista, será tenista. Si quiere hacer otra cosa, hará otra cosa, pero esta enfermedad no nos definirá. Estoy feliz de que lo hayamos superado y de estar haciendo lo que hacemos ahora. Mi madre es la persona más importante y más fuerte que conozco, porque hace falta una mujer increíblemente fuerte para hacer lo que ella hizo”.

Shelton, golpeado pero admirativo

Al otro lado de la red, Shelton terminó la noche con la misma honestidad con la que juega. Se quedó sin el sueño de ser el primer campeón estadounidense desde Roddick, pero no sin palabras de respeto hacia el hombre que lo frenó.

“Eres uno de los mejores jugadores del mundo, quizá el mejor jugador del mundo este año”, le dijo a Zverev durante la ceremonia.

El balance entre ambos es demoledor: 0-6 para Shelton. Seis partidos, seis derrotas. El estadounidense ya sabe lo que le espera cada vez que el alemán aparece en su lado del cuadro: un muro de 1,98, un resto profundo, una cabeza fría.

La grada del Arthur Ashe lo empujó todo lo que pudo. El ruido fue de final de Copa Davis. Pero la noche, la copa y el relato de este US Open acabaron en las manos de Alexander Zverev, el hombre que un día perdió una final en este mismo escenario y que ahora, por fin, manda en Nueva York.

La pregunta ya no es si Zverev puede ganar Grand Slams. La pregunta es cuántos más caerán antes de que este año inolvidable se convierta en una era.