Alexander Zverev conquista su primer US Open y silencia a Ben Shelton
Alexander Zverev ya no persigue los grandes títulos. Los colecciona. Tres meses después de levantar su primer Grand Slam en Roland Garros, el alemán se coronó en Nueva York con una victoria madura, contundente y, por momentos, implacable ante Ben Shelton: 6-3, 7-6(2), 5-7, 6-2 en la Arthur Ashe Stadium.
Fue su primer título en el US Open, el segundo grande de su carrera. Y llegó en un escenario cargado de historia y simbología… y volcado con su rival.
Shelton, el rugido de un país; Zverev, la frialdad del campeón
Shelton saltó a la pista como la gran esperanza del tenis estadounidense. Buscaba convertirse en el primer campeón local de un Grand Slam masculino desde Andy Roddick en 2003 y apenas el segundo hombre negro en ganar un grande tras Arthur Ashe en 1975. Lo hacía, además, en el estadio que lleva el nombre de Ashe, ante 23.000 personas entregadas.
La puesta en escena fue de película. Entre el público, Brad Pitt, Rami Malek, Pierce Brosnan y un ambiente de final de NBA más que de tenis. Pero el guion se torció para el héroe local desde el primer juego.
Shelton ganó el sorteo, eligió sacar… y se derrumbó en el momento clave. De 30-30 a un error fácil y una doble falta que regalaron el primer break. Marion Bartoli lo resumió después en Sky Sports Tennis: la diferencia de experiencia fue “absolutamente enorme”. Zverev olió la sangre y no soltó la presa.
El alemán, primer cabeza de serie de un Grand Slam en su carrera, venía con casi 20 horas acumuladas en pista durante el torneo. Lejos de pesarle, ese desgaste pareció afinar su instinto competitivo. Dominó el primer set con una limpieza quirúrgica: apenas un error no forzado, saque pesado y una sensación constante de control.
Un segundo set al límite y un tiebreak demoledor
Shelton, que había aterrizado en Nueva York sin haber ganado jamás a Stefanos Tsitsipas ni a Carlos Alcaraz y se marchará con victorias ante ambos, se aferró a esa trayectoria para no derrumbarse. El público le empujó, él se sostuvo con su potencia y su desparpajo, pero chocó una y otra vez contra el muro del servicio de Zverev.
Durante los dos primeros sets, el estadounidense ni siquiera dispuso de una bola de break. Cada pequeño intento de rebelión se estrellaba contra un primer saque que le negaba cualquier opción de entrar en los intercambios con ventaja.
El segundo parcial desembocó en un desempate que destapó la nueva versión de Zverev de la que hablaba Tim Henman: un jugador más agresivo, más decidido a mandar. El alemán se adueñó del tiebreak por 7-2 y se colocó a un set del título. La etiqueta de “mejor jugador sin Grand Slam”, que le persiguió durante años, ya no existe. Y eso se nota en la forma en la que camina por la pista.
El orgullo de Shelton alarga la noche
Con dos sets abajo y la presión histórica sobre los hombros, Shelton eligió el único camino posible: atacar. Subió líneas, arriesgó más con la devolución, se soltó al resto y por primera vez empezó a incomodar de verdad el servicio de Zverev.
El alemán, tan sólido hasta entonces, titubeó. De pronto, tres bolas de set para Shelton. El estadio rugió como si se hubiese marcado un gol en el tiempo añadido. El estadounidense aprovechó la segunda y se llevó el tercer parcial. El partido, por fin, parecía un combate abierto.
Pero la ilusión duró poco.
Perder el servicio en el primer juego del cuarto set resultó letal para Shelton. Henman lo explicó con precisión: ese break temprano calmó a Zverev, le devolvió la energía y, en realidad, sentenció la final. Desde ahí, el número uno del cuadro volvió a su patrón: saque demoledor, ritmo controlado, cero concesiones.
Un campeón que ni sabía que ya lo era
El tramo final dejó una de esas escenas que se recordarán cada vez que se hable de este título. Con punto de campeonato a su favor, Zverev forzó el error de Shelton. La devolución del estadounidense se marchó larga. Partido, torneo, historia.
Solo que Zverev no se enteró.
El alemán devolvió las pelotas al otro lado de la red, se colocó para seguir jugando, como si el marcador fuese 5-1. Tardó unos segundos en mirar al videomarcador. Entonces, y solo entonces, entendió que ya era campeón del US Open. Sonrió, se llevó las manos a la cabeza y comenzó por fin a celebrar.
Después lo explicó con una mezcla de alivio y humor: estaba convencido de que solo había roto una vez el servicio de Shelton en el set, no dos. “Los profesores de tenis siempre dicen que juegues cada punto y te olvides del marcador. Yo me olvidé del marcador… y me ayudó”, confesó.
El dato que acompañó su viaje en Nueva York también habla de un jugador obsesivo con el detalle: de las más de 23 horas que pasó en pista durante el torneo, cerca de tres se fueron solo en botes de pelota entre servicios. En la final, esa rutina interminable le costó una violación de tiempo. No le movió un milímetro.
Tres horas y 33 minutos después del primer punto, Zverev cerró el círculo: segundo Grand Slam, primero en Flushing Meadows, y una sensación de plenitud que él mismo resumió con una frase clara: “Todo está yendo perfectamente. Estoy increíblemente feliz”.
La cicatriz de la diabetes y el papel de una madre
Cuando tomó el micrófono, Zverev reservó su mensaje más emotivo para su madre, Irina, exjugadora profesional. Volvió a una escena de hace décadas, cuando con cuatro años le diagnosticaron diabetes tipo 1 y los médicos le pintaron un futuro lleno de limitaciones.
Ella se negó.
“Hace falta una madre muy fuerte para decir: ‘mi hijo será lo que quiera ser’”, recordó Zverev. Tenis, otra cosa, lo que fuera, pero nunca dejar que la enfermedad definiera su vida. Hoy, con dos Grand Slams en el palmarés, el alemán no duda: “Es la persona más importante y más fuerte que conozco”.
Ese relato, en medio de la euforia del título, explicó mejor que cualquier estadística el peso emocional de la noche.
Respeto al derrotado y una promesa al futuro
Zverev no se olvidó de Shelton. Le miró, le llamó “jugador increíble” y “persona increíble” y se atrevió con una predicción directa: si tuviera que apostar todo su dinero, lo haría a que el estadounidense levantará algún día este trofeo en Nueva York.
Shelton, que ni siquiera había cumplido un año cuando Roddick ganó el US Open en 2003, devolvió el elogio. Felicitó a “Sascha” por su segundo grande del año, alabó su forma de sacar, de moverse, su ética de trabajo y la de su equipo. Y lanzó un mensaje al público que le había empujado durante todo el torneo: “Me habéis llevado hasta aquí hoy. Solo estoy empezando y volveré”.
No sonó a tópico. Sonó a advertencia.
El nuevo Zverev
Hace apenas un año, Henman repasaba los resultados de Zverev en Grand Slams y veía a un jugador que iba hacia atrás. Hoy, el análisis es otro: se ha transformado en un competidor más agresivo, más claro en sus decisiones, más dispuesto a asumir el riesgo en lugar de esperar el fallo ajeno.
En esta final, la estadística que resume esa metamorfosis es simple: seis victorias en seis enfrentamientos ante Shelton. El estadounidense necesitaba cambiar el relato. Nunca lo consiguió del todo. Ganó un set, sí, pero cada vez que asomó la posibilidad de una remontada, el alemán subió una marcha.
Bartoli lo sintetizó con crudeza: cuando Zverev juega así, no hay vergüenza posible en perder contra él.
El tenis masculino buscaba nuevas jerarquías en un año marcado por los problemas físicos y las ausencias puntuales de nombres como Carlos Alcaraz o Jannik Sinner. Zverev ha aprovechado el hueco. Ya no es el aspirante eterno. Es un doble campeón de Grand Slam, con un título en tierra batida y otro en pista dura, y la sensación de que su techo todavía no está a la vista.
La pregunta, a partir de ahora, ya no es si Zverev será capaz de ganar un grande. Es cuántos más añadirá a esta colección que, en 2024, ha dejado de ser un sueño para convertirse en una realidad contundente.






