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Alexander Zverev conquista el US Open y frustra a Ben Shelton

Alexander Zverev prolonga su mejor año y alarga la sequía del tenis masculino estadounidense. En Nueva York, en una Arthur Ashe encendida y hambrienta de héroe local, el alemán conquistó su segundo título de Grand Slam al derrotar a Ben Shelton por 6-3, 7-6(2), 5-7, 6-2 en la final del US Open.

La noche estaba hecha para Shelton. O eso creía el público. Dos décadas largas sin un campeón estadounidense, desde Andy Roddick en 2003, y la posibilidad de ver al primer jugador negro levantar el trofeo masculino desde Arthur Ashe en 1968. El guion era perfecto. Hasta que empezó el partido.

Shelton salió al estadio entre gritos y banderas, pero dejó la euforia en el túnel. En su primer juego de saque perdió los dos primeros puntos, se metió en un lío del que no supo salir y regaló el break inicial con una doble falta. Una señal temprana de nervios en su primera final de un grande.

Zverev olió sangre y no soltó la presa. Administró la ventaja con frialdad, mandó con su servicio y cerró el primer set, otra vez, con una doble falta de Shelton. El rugido del público se convirtió en un murmullo inquieto. La final se le estaba escapando demasiado pronto a su favorito.

El alemán, por primera vez cabeza de serie número 1 en un Grand Slam, jugó como tal. Venía de romper por fin la barrera grande en Roland Garros y de rozar la gloria en Wimbledon, donde cayó en la final ante Jannik Sinner. En Nueva York heredó el primer puesto del cuadro tras la baja del número 1 del mundo, también Sinner, por una lesión de rodilla. Y se comportó como el dueño del torneo.

Shelton, octavo cabeza de serie, llegaba con el aura del hombre que había incendiado el torneo: había eliminado al campeón defensor Carlos Alcaraz en un maratón de cinco sets que terminó a las 3:33 de la madrugada, el final más tardío en la historia del US Open. Pero la magia no se repite a demanda.

En el segundo set, el estadounidense por fin encontró algo de ritmo. Ajustó el saque, soltó el brazo con la derecha y se agarró al partido con la ayuda de un estadio que rugía a cada punto ganado. Llegó el desempate. Y ahí Zverev fue implacable.

El alemán arrancó el tiebreak con tres golpes de autoridad: un resto largo de Shelton, un passing shot perfecto y la victoria en un peloteo de 16 golpes que silenció a media grada. 3-0. Después, un cañonazo de 147 millas por hora, otro servicio a 124, y Shelton sin respuestas. Solo pudo poner un resto en juego en todo el desempate. Demasiado poco. Zverev cerró el parcial con otro saque a 139 millas por hora. Un martillo.

La puesta en escena de Zverev también jugó su partido. Su ritual al servicio —botes eternos de la pelota, a veces diez, doce, otras cerca de veinte— congeló el ambiente una y otra vez. En tenis, el público debe callar antes del saque y mantenerse en silencio hasta el final del punto. Con Zverev, eso significó largos tramos de tensión muda, una especie de pausa forzada que desactivó el impulso de la grada.

Algunos aficionados intentaron romper ese guion celebrando los fallos de primer saque del alemán, una falta de respeto que obligó al juez de silla a intervenir. No sirvió de nada. Zverev ya había avisado antes del partido de que le gustaban los ambientes hostiles. Y lo demostró: no se inmutó.

El encuentro, sin embargo, no fue un paseo lineal. El tercer set cambió el tono. Shelton, con 23 años y un físico eléctrico, se negó a entregar la noche. Apretó en los restos, arriesgó más con el segundo saque y, por primera vez, empezó a poner en duda la autoridad del número 1 del cuadro. Logró llevarse el parcial por 7-5 y encendió de nuevo la Arthur Ashe. El sueño americano respiraba.

Pero duró poco. Los fantasmas, esta vez, no eran los de Shelton, sino los de Zverev. El alemán había dejado escapar este mismo título en 2020, cuando se puso dos sets arriba ante Dominic Thiem y terminó convirtiéndose en el primer jugador desde 1949 en perder una final del US Open tras mandar por dos sets a cero. Aquel golpe marcó su carrera. Esa herida, sin embargo, ya no sangra.

En lugar de temblar, Zverev respondió al empuje de Shelton con un cuarto set casi quirúrgico. Recuperó el control del saque, ajustó las líneas, manejó los intercambios largos y cortó de raíz cualquier atisbo de remontada. El marcador del parcial, 6-2, reflejó la diferencia real del tramo decisivo.

Shelton, que intentaba convertirse en el primer jugador en tumbar al número 1 y al número 2 del cuadro camino del título desde 1975, se quedó sin gasolina y sin soluciones. También sin la estadística que más duele: su balance frente a Zverev cae ahora a 0-6, con solo dos sets ganados en todos esos duelos, uno de ellos el de esta final.

Para el público estadounidense, la espera continúa. Son ya más de veinte años sin un campeón masculino de casa en un grande, y la última oportunidad, la de Shelton, se esfumó en cuatro sets. El consuelo es que, con 23 años, su historia en estas noches de Nueva York apenas comienza.

Zverev, en cambio, ya escribe la suya en mayúsculas: campeón en Roland Garros, finalista en Wimbledon, ahora rey en Flushing Meadows. El año que soñó en 2020 ha llegado por fin. Y plantea una pregunta incómoda para el resto del circuito: ¿es este solo el punto de partida de algo mucho más grande?