Alexander Zverev: del trauma de 2020 a campeón en Nueva York
Alexander Zverev caminó hacia la línea de fondo del Arthur Ashe con un viejo fantasma pegado a la raqueta. Seis años antes, en este mismo torneo, había servido para ganar su primer título de Grand Slam y terminó derrumbándose ante Dominic Thiem tras ir dos sets arriba. Aquella final dejó una herida que parecía no cerrarse nunca.
Esta vez, el escenario era parecido, pero el protagonista ya no. Zverev, número dos del mundo y campeón de Roland Garros en junio, se plantó a servir por el título del US Open ante Ben Shelton y contra la inmensa mayoría de las 24.000 personas que rugían por el estadounidense. No se movió. No tembló. Ni siquiera se dio cuenta de que había ganado.
El alemán cerró el partido por 6-3, 7-6 (7-2), 5-7 y 6-2 con otro saque inalcanzable. Y, como si nada, volvió a caminar hacia la línea de fondo, listo para jugar el siguiente punto. Tuvo que ser su propio equipo quien le avisara: el título ya era suyo.
“En ese momento estaba muy en la zona. No escuchaba nada de ruido”, explicó después. “Es gracioso: los profesores de tenis siempre te dicen que juegues el siguiente punto y te olvides del marcador. En ese momento me olvidé del marcador y me ayudó”.
La imagen fue poderosa. Zverev, 29 años, tarda un par de segundos en procesar lo que acaba de pasar. Luego, una sonrisa amplia, casi incrédula, le cruza la cara. Levanta los brazos. El contraste con 2020 no pudo ser más brutal. Entonces, entre lágrimas, había confesado en la ceremonia de trofeos: “Deseo que algún día pueda llevarme el trofeo a casa”.
Ese día llegó.
“Estuvimos 30 años sin ganar un título de Grand Slam y ahora hemos ganado dos en tres meses”, recordó el alemán, que ha devuelto a su país a la primera línea del tenis masculino. “2026 es el resultado de todos los años que pasaron antes”.
La frase sonó a resumen de una vida entera comprimida en una temporada. Porque este año Zverev ha firmado el curso más sólido de su carrera: semifinales en el Abierto de Australia, final en Wimbledon y ahora la doble corona Roland Garros–US Open. Un salto que no se explica solo por las lesiones de Jannik Sinner y Carlos Alcaraz, dominadores de los dos años previos, sino por un cambio evidente de mentalidad y de cuerpo.
“Físicamente no hay nadie como Zverev, está ahí arriba”, analizó Marion Bartoli en la radio británica. “Se puede discutir con Alcaraz y Sinner, y con Novak Djokovic y Rafa Nadal cuando estaban en su mejor momento físico, pero Zverev está ahí arriba como uno de los mejores atletas que ha tenido este deporte”.
Su recorrido en Nueva York lo confirma. Cinco sets en sus dos primeros partidos, ambos acabados de madrugada. Estuvo a dos puntos de la eliminación en la primera ronda. Resistió, se agarró al torneo y, desde la tercera ronda hasta la final, no volvió a ceder un solo set. Llegó curtido, con el cuerpo exprimido y la cabeza afilada.
Ante Shelton, con un público abiertamente volcado con el local, Zverev eligió otra estrategia: contención absoluta. Nada de gestos grandilocuentes, nada de discusiones, nada de alimentar al ambiente. Ganó el primer set con autoridad, sostuvo el segundo en un ‘tie-break’ impecable, perdió el tercero, pero jamás soltó el control del partido. Ni siquiera cuando el estadio empujaba cada error suyo como si fuera un punto de partido para Shelton.
“Admiro muchísimo su fortaleza de carácter y el estado casi zen en el que ha estado desde el principio del partido”, apuntó Annabel Croft, ex número uno británica. Lo que más le impresionó llegó al final: “Lo más extraordinario fue –y no creo haberlo visto nunca– que no se diera cuenta de que había ganado. Fue muy extraño, era como si estuviera en un estado de trance mientras jugaba”.
Ese trance tiene raíces profundas. En las gradas, esta vez, estaba Alexander Zverev padre, su entrenador y figura clave en su carrera. En 2020 no pudo acompañarle en la final de Flushing Meadows. Ahora sí, en primera línea, viendo cómo su hijo se sacudía el mayor trauma deportivo de su vida.
Zverev no se olvidó de nadie. Señaló a su padre, pero también, con especial énfasis, a su madre, pilar silencioso desde la infancia, cuando le diagnosticaron diabetes tipo 1.
“Cuando los médicos te dicen que la vida y el deporte estarán muy limitados para ese niño, hace falta una madre muy fuerte para decir: ‘mi hijo será lo que él quiera ser’”, recordó el campeón. “Mi madre es la persona más importante y más fuerte que conozco”.
La escena final en la pista central del US Open encapsuló todo: el niño al que dijeron que su vida sería limitada, el joven que se derrumbó en 2020, el hombre que ahora gana Grand Slams casi en automático, tan concentrado que ni percibe el punto de campeonato.
Zverev ya no es la eterna promesa ni el talento inacabado que se rompía en los grandes escenarios. Es un campeón múltiple de Grand Slam, el jugador más resistente del circuito y, por primera vez, el hombre que mira al futuro inmediato del tenis masculino sin complejos.
La pregunta ya no es si podrá levantar ese trofeo. La verdadera incógnita es cuántas veces más lo veremos repetir este mismo ritual en los próximos años.






