Alexander Zverev: De niño prodigio a campeón de Grand Slam
El dique de los Grand Slams se ha roto para Alexander Zverev. El alemán, durante años atrapado entre expectativas desmesuradas, lesiones crueles y una sombra extradeportiva persistente, ya no llama a la puerta: la ha derribado. Su título en el US Open, el segundo grande en menos de cuatro meses, lo instala de forma definitiva en la élite que durante tanto tiempo parecía rozar sin llegar a tocar.
En junio, en Roland Garros, había encontrado por fin su “final feliz”. Ese primer grande, perseguido durante más de una década, cambió el tono de su carrera. El triunfo en París no fue un destello aislado, sino el inicio de una racha que ahora se confirma en Nueva York.
El domingo, en Flushing Meadows, disputó su tercera final de Grand Slam consecutiva. Tras quedarse a un paso en Wimbledon, esta vez sí cerró el círculo ante el emergente ídolo local Ben Shelton. En un escenario que siempre exige algo más, Zverev respondió como un veterano de guerra, no como el talento frágil que se desmoronó en 2020.
De niño prodigio a campeón tardío
A sus 29 años, el jugador de 1,98 metros cumple la profecía que le acompañaba desde la adolescencia. Nacido en el seno de una familia de tenis —padre y madre, ambos jugadores de alto nivel en la antigua Unión Soviética—, creció rodeado de raquetas, pelotas y expectativas. El camino, sin embargo, nunca fue lineal.
“Para mí, mi familia lo es todo y les debo mucho por ayudarme a convertirme en el tenista que soy hoy”, ha dicho en más de una ocasión. La frase suena a tópico, pero en su caso sostiene una historia de resistencia: un jugador señalado para dominar, obligado a convivir con la diabetes y a recomponer su carrera tras una lesión que pudo ser definitiva.
En 2022, en las semifinales de Roland Garros ante Rafael Nadal, se rompió los ligamentos del tobillo. Cayó entre gritos de dolor, abandonó la pista en silla de ruedas y se marchó a quirófano con la incógnita de si volvería a ser el mismo. Durante meses, la imagen de aquel tobillo destrozado pareció un símbolo de su trayectoria: prometedora, sí, pero siempre interrumpida.
La sombra fuera de la pista
Su ascenso deportivo ha convivido con una realidad mucho más incómoda. Zverev juega bajo la sombra de acusaciones de violencia doméstica formuladas por dos exparejas, Olga Sharypova y Brenda Patea, que él ha negado con contundencia.
El circuito ATP investigó una de las denuncias y concluyó que no había pruebas suficientes para sancionarlo. El caso relacionado con Patea, madre de su hija, derivó en 2023 en una orden penal y una multa por parte de un tribunal alemán. Zverev recurrió y, en junio de 2024, alcanzó un acuerdo con ella, apenas unas horas antes de disputar las semifinales de Roland Garros.
La coexistencia entre gloria deportiva y polémica judicial ha marcado la percepción pública del alemán. Mientras su tenis ganaba peso en la pista, el debate sobre su figura seguía abierto fuera de ella.
El golpe que cambió su relación con los grandes
Su primer gran examen en un escenario mayor llegó en la final del US Open 2020. Aquella tarde, Zverev se puso dos sets arriba ante Dominic Thiem y acarició el trofeo. Terminó derrumbándose en cinco mangas. No sólo perdió un título; quedó expuesta una fragilidad que le perseguiría durante años.
“Fue exactamente la época en la que tenía problemas reales con mi saque y con mi segundo saque”, recordó sobre aquel partido. “Sabía que mi saque podía venirse abajo en cualquier momento. Esa es una de las diferencias que sí siento ahora, por suerte para mí”.
La frase retrata la transformación. Donde antes había duda, hoy hay convicción. Donde antes temía el momento grande, ahora lo reclama.
Su progresión, sin embargo, volvió a frenarse con la lesión de tobillo en París. La cirugía lo dejó fuera de combate y, con él, la sensación de que quizá el tren definitivo se le escapaba. Regresó en enero de 2023, aún lejos de su mejor versión, pero no tardó en enviar una señal: título número 20 de su carrera en Hamburgo y una nueva escalada silenciosa hacia la cima.
La temporada 2024 terminó de reconfigurar su estatus. Final en Roland Garros, irrupción en el número dos del mundo y, sobre todo, la impresión de que aquella vieja etiqueta de “frágil mentalmente” se había quedado anticuamente pegada a otro jugador.
“En la vida de un deportista profesional tendrás los puntos más altos y los más bajos”, reflexionó. “Quedarte atrapado en los bajos es el mayor error que puedes cometer. No deberías intentar evaluarlo todo cuando las cosas van mal, deberías buscar formas de mejorar cuando estás arriba”. Una declaración de principios que hoy encaja con su realidad.
Tropiezos, oro olímpico y una generación implacable
El camino hasta este doblete de Grand Slams no ha sido una línea ascendente. En el Australian Open 2025, ya instalado de nuevo entre los favoritos, cayó en su tercera final grande, esta vez sin paliativos, en tres sets ante Jannik Sinner. Otro golpe en un escenario que parecía negársele.
Entre tanto, hubo éxitos de peso. El más sonoro, el oro olímpico en Tokyo 2021, donde tumbó a Novak Djokovic y remató el torneo venciendo a Karen Khachanov en la final. Aquel título pareció, por momentos, el techo de su carrera, la gran medalla que compensaba la ausencia de un grande.
Mientras tanto, el circuito masculino entraba en una nueva era. Jannik Sinner y Carlos Alcaraz se repartieron nueve majors consecutivos, una dictadura a dos que reavivó las dudas sobre si Zverev llegaría alguna vez a levantar uno. El alemán veía cómo los más jóvenes hacían lo que a él se le había escapado tantas veces.
Él asegura que nunca dejó de creer.
“Creía en ello. Creía que era posible”, dijo a los periodistas en Nueva York, antes de soltar una carcajada: “Creo que muchos de vosotros no lo hacíais”.
Hoy, con un Roland Garros y un US Open en el bolsillo y tres finales de Grand Slam seguidas a sus espaldas, la pregunta ya no es si Alexander Zverev será campeón de un grande. La cuestión es cuántos más puede ganar ahora que, por fin, juega como si el tiempo —y sus viejos fantasmas— ya no fueran sus enemigos.






