Alexander Zverev busca su segundo Grand Slam en el US Open
Alexander Zverev sabe mejor que nadie lo que significa esperar. Años de golpes, finales perdidas, etiquetas pesadas: “el mejor sin Grand Slam”. Esa frase ya es pasado. Ahora, con un grande en el bolsillo y otro al alcance de la mano, el alemán se ha propuesto prolongar la sequía del tenis masculino estadounidense.
En Flushing Meadows, Zverev derrotó a Karen Khachanov por 6-3, 7-6 (9-7) y 7-6 (8-6) para meterse en la final del US Open, donde buscará su segundo título de Grand Slam de la temporada. Del otro lado le espera el ganador del duelo entre Ben Shelton y Frances Tiafoe, dos ídolos locales que persiguen el mismo sueño: convertirse en el primer campeón estadounidense de un grande desde Andy Roddick en 2003.
Zverev, sin embargo, no está para cuentos patrióticos.
“Espero poder no hacer realidad el sueño americano”, lanzó, con una sonrisa que decía más que la frase.
El año en que todo encaja
Durante años, Zverev cargó con el estigma. Ganaba Masters 1000, dominaba semanas en el circuito, pero en los grandes siempre le faltaba un paso. Este 2024, la historia cambió de guion.
Se estrenó como campeón de Grand Slam en Roland Garros. Después alcanzó la final de Wimbledon, donde cayó ante Jannik Sinner. Y llega a la final del US Open con un demoledor 24-2 en partidos de Grand Slam esta temporada. Una racha que habla de algo más que confianza: habla de autoridad.
“A veces las cosas simplemente se te ponen de cara. He tenido muchas dificultades en los grandes, estuve muy cerca muchas veces y quizá este año Dios ha dicho que este va a ser tu año, que disfrutes el tiempo en la pista”, explicó el alemán.
Disfrutar. Una palabra que contrasta con el recuerdo que todavía le escuece: la final de 2020. Aquella vez, Zverev ganaba dos sets a cero a Dominic Thiem y terminó perdiendo en un desempate del quinto parcial. Thiem se convirtió entonces en el primer jugador en remontar dos sets en contra para ganar el US Open desde 1949. Zverev, en cambio, se marchó con una herida abierta.
Cuatro años después, regresa al mismo escenario con otra piel. Más maduro, más frío en los momentos decisivos, más campeón.
Un número uno que aprendió a sufrir
La ruta de Zverev en este US Open no fue la del clásico número uno que arrasa desde el primer día. De hecho, hizo historia por un motivo incómodo: se convirtió en el primer cabeza de serie número uno que necesita cinco sets en cada uno de sus dos primeros partidos de un Grand Slam, ante Lorenzo Sonego y Quentin Halys. Casi nueve horas y media en pista para sobrevivir a la primera semana.
Él mismo reconoce que su nivel era preocupante.
Contó que, tras el segundo partido, en su equipo se lo tomaron con ironía. Se rieron de lo mal que estaba jugando. Ese humor, dice, le liberó.
“Ese tipo de sentido del humor me ayudó. A partir de ahí empecé a jugar mucho mejor tenis. Obviamente he mejorado un poco. Si no, no estaría en la final del US Open”, resumió.
Desde entonces, su torneo cambió de tono. Zverev encadena ya 13 sets consecutivos ganados. Ante Khachanov, una vez se vio con dos mangas de ventaja, no hubo concesiones. No quería revivir fantasmas.
Khachanov aprieta, Zverev resiste
Khachanov llegaba a Nueva York con un balance negativo en la temporada. Nadie lo tenía en las quinielas. Y, sin embargo, se plantó en su tercera semifinal de Grand Slam, la segunda en este torneo. Otra carrera a contracorriente que lo dejó a un paso de su primera final grande.
El ruso arrancó flojo. Perdió el primer set y pronto se vio 2-0 abajo en el segundo. Ahí cambió el partido. Empezó a golpear más profundo, a encontrar ángulos, a incomodar el servicio del alemán. Logró romper por primera vez a Zverev y equilibró el marcador hasta forzar el tie-break.
En el desempate, Khachanov levantó los dos primeros puntos de set de Zverev. Parecía que el ruso iba a alargar la batalla. Entonces llegó el punto que marcó la noche: un peloteo de 34 golpes, un intercambio agotador que Zverev terminó cerrando con nervios de acero. Set al bolsillo. Golpe anímico demoledor.
En el tercer set, Khachanov se negó a bajar la cabeza. Forzó otro tie-break y esta vez se adelantó 3-0 y luego 5-2. Tenía el desempate en la mano. Zverev, sin embargo, volvió a mostrar la versión que le faltó en 2020: calma, lectura del momento y un tenis valiente bajo presión. Encadenó puntos, borró la desventaja y se llevó el partido con una remontada seca en el desempate.
La sensación es clara: el nivel que mostró Khachanov en los dos últimos sets habría bastado para tumbar a Zverev en la primera semana del torneo. Pero este no era el mismo Zverev de entonces.
El contexto, el ruido… y la final
La otra semifinal del día, el duelo entre Ben Shelton y Frances Tiafoe, se robó los focos desde el calendario. Dos favoritos del público, en el 25º aniversario de los atentados del 11 de septiembre, con todo el peso simbólico que eso conlleva. Las entradas para el Zverev–Khachanov, en cambio, se movían a precios sorprendentemente bajos para una semifinal de Grand Slam. El ruso, además, aspiraba a convertirse en el finalista de US Open con el ranking más bajo desde que existen las clasificaciones ATP, en 1973.
El ruido del día iba por otro lado. Zverev y Khachanov jugaron casi en un segundo plano mediático. Pero el alemán, discretamente, salió con el billete a la final en la mano. Y con una misión clara.
El lunes por la mañana (hora AEST), Zverev se medirá a Shelton o Tiafoe, dos jugadores que ya han sido semifinalistas en Nueva York pero que nunca han pisado una final de Grand Slam. Uno de ellos tendrá la responsabilidad de intentar romper una sequía que ya dura desde 2003. Estados Unidos entero mirará hacia la Arthur Ashe Stadium soñando con un nuevo campeón local.
Zverev, que ya sabe lo que es vivir demasiado tiempo a la sombra de un título, llega dispuesto a negarles ese final feliz. Porque, si este es de verdad su año, no piensa compartir el escenario con nadie.






