Alexander Zverev avanza a la final del US Open 2023
Alexander Zverev ya no llama a la puerta del club de los grandes. Ha entrado, se ha sentado en la mesa principal y no parece dispuesto a levantarse.
El alemán firmó una actuación sólida y sin estridencias para derrotar a Karen Khachanov por 6-3, 7-6 (9-7), 7-6 (8-6) y meterse en su tercera final de Grand Slam consecutiva, la segunda del año en pista dura en el US Open. Un marcador seco, pero lleno de matices: dos ‘tie-breaks’ salvados al límite, un rival que se negó a desaparecer y un número uno del cuadro que jugó como tal cuando el partido ardía.
El favorito que ya no se esconde
Zverev llega a Nueva York con un peso nuevo sobre los hombros: el del favorito. Se lo ha ganado. Campeón de Roland Garros en junio, finalista en Wimbledon en julio —donde cedió en cuatro sets ante Jannik Sinner—, el jugador de 29 años ha encontrado por fin esa continuidad que durante años se le reclamaba.
Con Sinner y el vigente campeón Carlos Alcaraz mermados por las lesiones esta temporada, el alemán ha ocupado el hueco con una regularidad implacable: ha alcanzado las semifinales en los cuatro Grand Slams del año y ya suma seis finales de ‘major’ en su carrera. En Nueva York, después de un inicio titubeante con dos partidos a cinco sets, no ha vuelto a conceder una sola manga.
Él mismo lo resumió con ironía. Recordó aquella madrugada tras la segunda ronda, sentado en el vestuario con su equipo, riéndose “de lo mal” que estaba jugando. Ese desahogo, esa capacidad para reírse de sí mismo, ha dado paso a un tenista mucho más afinado. “Obviamente he mejorado un poco, si no, no estaría en la final del US Open”, admitió.
Un inicio autoritario
Ante Khachanov, número 50 del mundo, Zverev marcó territorio desde el primer set. Dominó con el saque y se adueñó de la red: ganó 13 de 15 puntos con su primer servicio y los nueve que jugó en la cinta. Con esa base, el ‘break’ para ponerse 5-3 arriba pareció casi inevitable. Cerró el parcial con autoridad, sin mirar atrás.
Khachanov, sin embargo, no viajó a Nueva York para hacer de comparsa. En el segundo set, cuando el alemán volvió a golpear pronto con un quiebre, el ruso reaccionó. Ajustó la devolución, se agarró a la línea de fondo y recuperó la ruptura. El partido, por primera vez, se jugó a su ritmo.
El set se fue al ‘tie-break’ y ahí emergió uno de los puntos de la noche: 22 golpes, un peloteo durísimo, y Khachanov salvando una bola de set con un revés ganador impecable. Parecía el tipo de golpe que cambia un partido. Parecía.
El punto que lo cambió todo
La presión, sin embargo, terminó por inclinarse hacia el lado del número uno del cuadro. En un momento clave del desempate, Zverev dio un paso adelante, tomó la iniciativa y volvió a fabricarse otra bola de set. Esta vez no la dejó escapar: aguantó un intercambio largo, defendió desde el fondo con una solidez casi obstinada y acabó forzando el error de Khachanov. Dos sets arriba, y la sensación de que el ruso necesitaba algo extraordinario para darle la vuelta.
El tercer parcial se convirtió en una batalla de servicio. Ni uno ni otro concedieron una sola bola de ‘break’. Saques potentes, primeros muy fiables, puntos cortos. El guion empujaba inevitablemente hacia otro ‘tie-break’, y ahí Khachanov se lanzó a por el todo o nada.
Entró mejor en el desempate, abrió ventaja y se generó dos bolas de set. El partido se asomó al cuarto parcial. Pero Zverev, otra vez, respondió como un jugador que ha aprendido a sufrir sin descomponerse. Salvó las dos oportunidades, encadenó puntos con una frialdad quirúrgica y ya no permitió que el ruso volviera a respirar.
El desenlace llegó casi en silencio: un derechazo de Khachanov que se marchó largo. Partido cerrado, brazos abiertos del alemán hacia su equipo, celebración contenida pero cargada de significado. Después, el protocolo: apretón de manos en la red, mirada de respeto, y la certeza de que el ruso se había topado con una versión muy seria del primer cabeza de serie.
Una segunda oportunidad en Nueva York
Para Zverev, esta final del US Open tiene un eco especial. Vuelve al escenario de una de las derrotas más dolorosas de su carrera, aquella final de 2020 perdida en cinco sets ante Dominic Thiem tras ir dos mangas arriba. Entonces se marchó de la pista con la sensación de haber dejado escapar algo irrepetible.
Esta vez llega distinto. Llega campeón de Grand Slam, con un título grande reciente en la maleta y un año que lo ha visto disputar las finales de Roland Garros, Wimbledon y ahora el US Open. Llega, sobre todo, con la convicción que dan los partidos ganados al límite, como el de esta noche, en los que el rival tiene bolas de set y el favorito se niega a soltar la cuerda.
El domingo le espera un ambiente eléctrico: al otro lado de la red estará un estadounidense, Ben Shelton (octavo cabeza de serie) o Frances Tiafoe (undécimo), que se medirán en la sesión nocturna del viernes. Dos ídolos locales, dos jugadores explosivos, dos historias que seducen al público de Nueva York.
Zverev lo sabe y no se engaña: “Será increíblemente especial, estos dos chicos son favoritos de la grada y todo el mundo los quiere”. Y dejó una frase que retrata bien su ambición: confía en “no hacer realidad el sueño americano” de ninguno de los dos.
La cita ya está marcada. El alemán vuelve a una final en Flushing Meadows con más cicatrices, más experiencia y, por primera vez, con la etiqueta de campeón de Grand Slam. La pregunta es sencilla y brutal: ¿esta vez cerrará la puerta que en 2020 dejó entreabierta?






