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El Vélodrome estalla: la ira contra McCourt y el golpe del PSG

El Stade Vélodrome rugió mucho antes del primer silbato. No fue por un gol, ni por una entrada dura. Fue por las pancartas. Grandes, agresivas, dirigidas a un solo hombre: Frank McCourt.

En la previa del enésimo duelo cargado de electricidad ante el PSG, la grada de Marsella decidió que ya había tenido suficiente. Los cánticos habituales del “Le Classique” dejaron paso a un mensaje político, casi desesperado, contra el propietario estadounidense. Y no se quedaron ahí: durante el partido, el estadio siguió siendo un juicio público a su gestión.

La noche terminó como el ambiente prometía: envenenada. Derrota por 2-1 ante el eterno rival, quinta caída consecutiva en todas las competiciones y una estadística que duele casi más que el marcador. Por primera vez en su historia en la élite, el Olympique de Marseille ha perdido cuatro de sus cinco primeros partidos de una temporada de liga. Un hito, pero del tipo que nadie quiere recordar.

Del “Champions Project” al miedo a la Ligue 2

El origen de la rabia es claro. Cuando McCourt compró el club en 2016, aterrizó con un eslogan seductor: el “Champions Project”. El antiguo propietario de Los Angeles Dodgers prometió devolver al OM a la cima de Francia y a la aristocracia europea. Sobre la mesa, un compromiso inicial de 200 millones de euros en cuatro años.

El dinero llegó. También los fichajes, en cantidad y con cierto impacto mediático. Lo que nunca apareció fue la estabilidad. Ni un proyecto sostenido, ni una identidad deportiva reconocible, ni una continuidad en los resultados que justificara aquel discurso de grandeza.

El domingo, la grada redujo todo ese desencanto a una sola pancarta, tan cruel como precisa: “2016: Champions Project. 2026: Ligue 2 Project? McCourt Out.”

No hacía falta nada más. Una década que debía ser de reconstrucción se ha convertido en una cuenta atrás hacia el abismo, al menos en la mente de unos aficionados que se sienten traicionados.

De reyes de Francia a comparsa en su propio clásico

Durante los años finales de los 80 y principios de los 90, Marsella mandaba. Dominaba la liga, imponía respeto en Europa y levantó en 1993 la que sigue siendo la única Champions League ganada por un club francés. Ese recuerdo todavía sostiene el orgullo del sur.

Hoy, el espejo devuelve otra imagen. Mientras el OM se enreda en crisis deportivas, económicas e institucionales, el PSG se ha convertido en el símbolo del nuevo poder. Desde la llegada de la inversión catarí en 2011, los parisinos han estirado la brecha con su rival histórico hasta convertirla en un abismo competitivo. El texto oficial les presenta incluso como bicampeones de Europa, una etiqueta que subraya esa distancia que ya no es solo económica, sino también simbólica.

Marsella, en cambio, no toca el título de Ligue 1 desde 2010. Su último trofeo, la ya desaparecida Coupe de la Ligue en 2012, parece pertenecer a otra era. Cada clásico refuerza la sensación de que el duelo ha perdido equilibrio, que uno juega por confirmar su poder y el otro por no hundirse aún más.

El 2-1 del domingo encaja exactamente en ese relato: un Marsella valiente por momentos, pero frágil, sin recursos ni fondo de armario; un PSG más hecho, más frío, más acostumbrado a ganar este tipo de noches.

Un verano vacío y un banquillo sin herramientas

La situación deportiva actual no se entiende sin el último verano. El fracaso en la clasificación para la Champions League golpeó directamente las cuentas del club. Millones perdidos, margen de maniobra reducido al mínimo y una ventana de fichajes convertida en un ejercicio de resignación.

El resultado fue demoledor: ningún refuerzo. Ni una sola cara nueva para reactivar el vestuario, para ilusionar a la grada o para ofrecer variantes al nuevo entrenador, Bruno Genesio. El técnico ha heredado un grupo corto, castigado y sin competencia interna. Un escenario casi imposible para revertir una dinámica tan negativa.

Cada derrota agranda el problema. Cinco seguidas, récords negativos que se acumulan, un inicio de temporada que ya entra en los libros por las razones equivocadas. En el banquillo, Genesio intenta mover piezas, ajustar sistemas, exprimir lo poco que tiene. En la grada, la paciencia se evapora y el foco ya no está en el entrenador, sino más arriba.

Un club al límite de su paciencia

El Vélodrome es un termómetro implacable. Cuando el equipo compite, empuja como pocos estadios en Europa. Cuando huele a fracaso estructural, se convierte en un volcán contra sus propios dirigentes. El domingo, el mensaje fue inequívoco: la batalla ya no es solo deportiva, es política. Es contra McCourt.

La presión se acumula en todas las direcciones. Sobre el propietario, señalado en cada pancarta. Sobre una directiva que no ha podido —o no ha sabido— invertir en el equipo. Y sobre un Genesio que, sin apenas margen de maniobra, tiene que detener una caída que ya empieza a parecer una espiral.

Marsella necesita un resultado, casi cualquiera, que sirva de freno. Un punto de apoyo mínimo para que la temporada no se convierta en una larga manifestación contra su dueño. Porque si algo quedó claro en esta última noche de clásico es que el Vélodrome no piensa callarse. Y la pregunta ya no es si el equipo reaccionará, sino cuánto tiempo más aguantará esta ciudad antes de romper definitivamente con su propio proyecto.