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Varun Aaron: De jugador a entrenador en el cricket

Cuando sonó el teléfono, Varun Aaron no estaba buscando trabajo. Mucho menos un trabajo de entrenador.

Había colgado las botas a principios de 2025, con 35 años, después de una carrera atravesada por lesiones y destellos de velocidad pura, y se estaba divirtiendo frente a la cámara como comentarista. El plan era sencillo: disfrutar al fin del cricket sin que le doliera la espalda al día siguiente. Nada de pizarras, nada de conos, nada de sesiones de vídeo interminables.

Entonces llamó Daniel Vettori.

De las cicatrices al pizarrón

Lo curioso es que Aaron llevaba años entrenando sin llamarlo “entrenar”. En Jharkhand, compañeros y amigos se le acercaban para preguntarle por su acción, por su carrera de impulso, por cómo sacar un par de kilómetros más al radar sin romperse. Él respondía desde la experiencia, pero sobre todo desde el dolor.

“Creo que me he entrenado a mí mismo bastante por la cantidad de lesiones que he tenido”, reconoce. Tres fracturas por estrés en la espalda, un parón de casi tres años entre su primer Test en 2011 y el segundo en 2014… Para sobrevivir, tuvo que diseccionar su propio cuerpo y su propia acción. Entender cada engranaje.

Ese aprendizaje terminó tomando forma de proyecto. El nuevo MRF Pace Foundation High Performance Center nació de su cabeza: diseño del centro, protocolos, programa, renovación del campo y del gimnasio. Una manera muy concreta de devolver algo a la academia donde se formó. Después llegó el rol de consultor de bolos con la Jharkhand State Cricket Association. Sin grandes titulares, sin anunciar “ahora soy entrenador”. Simplemente, trabajo.

Por eso, cuando Vettori le preguntó si quería unirse a Sunrisers como entrenador de bolos, Aaron no tenía un plan maestro trazado. No había listas de objetivos, ni un “siguiente paso” de manual para exjugadores.

“Después de retirarme, no me estaba marcando metas. No pensaba: ‘quiero entrenar, quiero comentar’. Tras un viaje tan golpeado por las lesiones, lo único que quería era disfrutar. Y que lo que viniera, viniera solo. Y un día, Dan me llamó y me preguntó si estaba interesado en entrenar a Sunrisers”.

Aceptó.

Construir un grupo desde cero

El encargo para su primera temporada fue claro: ayudar a armar el grupo de bolos y preparar a los jóvenes. No era simplemente ajustar detalles, era participar en la estrategia de subasta. Tener voz en quién entraba al vestuario.

Ahí aparecieron dos nombres que, a ojos de muchos, eran apuestas. Para Aaron, eran oportunidades: Praful Hinge y Sakib Hussain.

“Lo que vi no fue lo que estaban haciendo, sino lo que podían hacer”, explica. No le interesaba tanto el presente como la proyección. Tenía una imagen en la cabeza de en qué podían convertirse, y confiaba en que el trabajo conjunto los llevara hasta ahí.

El impacto fue inmediato. Ante Rajasthan Royals, en su primer partido de IPL, Hinge y Sakib se repartieron sendos cuatro wickets cada uno. De la nada al foco. Para entonces, Aaron ya llevaba tiempo puliéndolos para el torneo. Pero había un detalle: lo hacía mientras seguía con su otro trabajo.

Durante el T20 World Cup, Aaron comentaba partidos por la mañana y entrenaba por la tarde. O al revés. Llevaba a Sakib a Mumbai, entraba al estudio, analizaba jugadas en directo y después se iba al campo con el mismo jugador al que horas antes había mencionado en la transmisión.

Cuando el calendario del Mundial se apretó y los viajes se multiplicaron, tuvo que delegar. Envió a Hinge y a Sakib a la Rao Cricket Academy. No a cualquiera: a la academia de SS Rao, su antiguo capitán en Jharkhand y alguien en quien confiaba a ciegas.

“Con SS Rao tengo una relación de hermanos”, cuenta Aaron. “Quería que fueran con alguien en quien confío, y que si le digo lo que hay que hacer, haga exactamente eso y nada distinto”. Les mandó con un plan detallado. Rao lo siguió al pie de la letra, y sumó su propia experiencia y energía. El resultado se vio en el campo.

Hinge y Sakib fueron la punta del iceberg. Aaron también se quedó con el nombre de Shivang Kumar —“increíble”, dice— y con el potencial de Onkar Tarmale, otro rápido capaz de tocar los 145 km/h que una lesión dejó fuera de escena en el momento menos oportuno. “Tuvimos elecciones muy interesantes”, resume.

Todo eso, con una franquicia que le abrió la puerta de par en par. “Cuando el head coach y el dueño del equipo te empoderan así, el trabajo se vuelve mucho más fácil”, admite. En su primer año, tuvo casi mano libre. Pudo “expresarse creativamente” en el día a día. Y se notó.

La velocidad, sin misterio

Pocas cosas seducen tanto a un joven rápido como el radar. Aaron lo sabe bien. Su nombre saltó a los titulares cuando marcó 153 km/h en la final de la Vijay Hazare Trophy 2010/11, en una India donde los verdaderos velocistas eran rareza.

A día de hoy, cuando un chico se le acerca, la conversación suele empezar igual: “¿Cómo puedo ser más rápido?”. Su respuesta rompe un mito.

“Fast bowling es muy simple, pero como jugador lo complicas mucho”, explica. El concepto que repite es uno: tiempo. No kilómetros por hora, no musculatura, no magia.

“Fast bowling es cuestión de timing. Como al batear: quieres que tu movimiento inicial esté bien sincronizado para estar equilibrado, con la cabeza estable y tiempo para acceder a la bola. Al lanzar, tu timing tiene que ser perfecto antes de soltar la pelota. Si la secuencia de tu acción es la correcta, has ganado la batalla. Vas a lanzar tan rápido como puedas, no te vas a lesionar y vas a poner la bola donde quieres. Y solo puedes lanzar tan rápido como tu cuerpo te permite. No más”.

Lo dice alguien que pasó media carrera negociando con su propio cuerpo. Quería ir más rápido, pero la espalda marcaba el límite. Esa tensión entre ambición y supervivencia ahora la gestiona desde el otro lado de la línea.

Un jugador, una solución

Aaron insiste en algo que choca con la tentación de las recetas universales: no hay un método estándar.

“Cada individuo llega con ciertas habilidades. Lo primero es identificar qué tiene de único el lanzador. Y amplificarlo. Luego, si hay carencias, hacerle más eficiente”. Hay acciones “bonitas”, limpias, que permiten ejecutar casi cualquier cosa. Otras vienen acompañadas de historiales de lesiones, de biomecánicas complejas. Ahí empieza el trabajo fino.

Para él, el futuro del entrenamiento de rápidos pasa por esa personalización extrema: entender musculatura, mente, coordinación, biomecánica de cada uno. No moldear clones.

También mira distinto el rendimiento. No se queda en el número de wickets o en la economía. “No puedes mirar una actuación y decir: ‘fue mala’ o ‘fue buena’ y ya. Hay que encontrar el porqué”. Si fue buena, el jugador debe recordar qué hizo bien. Si fue mala, qué debe aprender. Lo que no acepta es el piloto automático: lanzar, irse a casa, volver al día siguiente y repetir sin más. Eso, dice, “no suma nada”.

El doble rol que se alimenta

El calendario de Aaron es un rompecabezas. Entre la franquicia, las academias y las transmisiones, el tiempo en casa se ha vuelto un lujo. Él mismo se ríe cuando le preguntan cómo equilibra todo: “Esa pregunta se la tienes que hacer a mi novia, porque no está muy contenta: casi no estoy en casa”. Intenta compensar cuando puede. No siempre lo logra.

Lo curioso es cómo un rol alimenta al otro. Entrenar le abre la puerta a la mente de los jugadores. Entiende sus rutinas bajo presión, su bola de seguridad, los campos que eligen para cada tipo de entrega. Esa información convierte al comentarista en alguien más preciso, más cercano a la realidad del vestuario.

Y la televisión también le devuelve algo al entrenador. Viendo competiciones de todo el mundo, tiene una panorámica constante de tendencias, patrones y evoluciones técnicas. Lleva ese banco de imágenes al césped cuando vuelve a ponerse la gorra de coach.

La alegría inesperada

Para alguien que nunca se vio como entrenador a largo plazo, el giro es profundo. Lo que empezó como una llamada inesperada se ha convertido en vocación.

“Lo que me ha enseñado sobre mí mismo es que entrenar me da una felicidad inmensa”, admite. No habla de trofeos ni de estadísticas. Habla de algo mucho más concreto: esa conversación al final de una sesión, cuando un lanzador le dice que logró todo lo que se había propuesto ese día.

En un deporte que glorifica la velocidad pura, Aaron ha encontrado otra métrica para medir el éxito: el momento en que un joven rápido entiende por fin su propio cuerpo, su propio ritmo, su propio límite. Y decide que, esta vez, va a ir más lejos sin romperse.