US Open: El Torneo Nocturno que Lleva al Límite a los Jugadores
En Nueva York siempre hay luces encendidas. Este año, el US Open ha decidido ir un paso más allá y convertir la noche en su horario de máxima audiencia… y de máximo desgaste. Partidos que empiezan tarde, puntos decisivos ya con el metro lleno de gente camino al trabajo y tenistas que se acuestan cuando Manhattan empieza a desperezarse.
El espectáculo es innegable. La cuestión es si también es justo.
Zverev, número uno… y rehén del calendario
Alexander Zverev, primer cabeza de serie, se ha convertido en el rostro de este desajuste horario. Tres de sus cinco partidos en las últimas dos semanas han terminado pasada la 1 de la madrugada. Más que un torneo, su cuerpo está viviendo un cambio horario permanente.
“He llegado a acostarme a las 6:45 de la mañana en la última semana, estoy como un poco con jet lag”, confesó el alemán. “Siento que estoy jugando el Australian Open en Nueva York ahora mismo”.
El dato lo explica todo: su semifinal del viernes ante Karen Khachanov (no antes de las 15:00 hora local / 20:00 BST) será la primera vez en todo el torneo que Zverev salte a la pista de día. Hasta ahora, su US Open ha sido un turno de noche continuo.
En el otro lado, Khachanov llega con un guion muy distinto. No ha pisado la pista más allá de medianoche y cerró su duelo de cuartos ante Alexander Blockx poco antes de las 19:00 del miércoles. Más descanso, más rutina, menos sobresaltos para el reloj biológico.
Shelton y Tiafoe, dos caminos hacia la misma noche
El otro cuadro masculino cuenta una historia parecida. Ben Shelton, octavo cabeza de serie y uno de los grandes reclamos del público local, terminó su victoria de cuartos ante Carlos Alcaraz a las 3:34 de la madrugada del miércoles. Récord absoluto: el final más tardío en la historia del US Open.
Su rival, Frances Tiafoe, llega desde un mundo paralelo. El undécimo cabeza de serie cerró su maratoniano triunfo en cinco sets frente a Alex Michelsen el martes, alrededor de las 19:00. Tiempo para cenar, descansar y dormir como una persona normal. Shelton, en cambio, tuvo que gestionar una madrugada extrema antes de pensar en la siguiente ronda.
El estadounidense, que se mide a Tiafoe en la sesión nocturna del viernes (19:00 hora local / 00:00 BST del sábado), aseguró que llegará “bien” tras dos días sin competir. Pero el cuerpo tiene memoria.
Matt Little, histórico preparador físico de Andy Murray, no duda en señalar dónde está la ventaja: “El rival que ha jugado antes en el día tendrá una gran ventaja: ha tenido toda esa tarde de descanso y una buena noche de sueño”, explicó a BBC Sport. “Todos podemos identificarnos con eso: si tienes una noche realmente mala de sueño, sientes el efecto arrastre durante los días siguientes”.
El cuerpo protesta: del 4:00 de Murray al 6:45 de Zverev
Little habla con conocimiento de causa. Vio de cerca lo que sucede cuando el tenis ignora el reloj. En el Australian Open de 2023, Murray terminó su épica victoria ante Thanasi Kokkinakis a las 4 de la mañana, en el segundo final más tardío de la historia de un Grand Slam. Durmió apenas tres horas antes de volver a Melbourne Park sobre las 11:00.
En Nueva York, Zverev ha seguido una ruta parecida. No se fue a la cama hasta después de las 5 de la mañana tras cada una de sus tres primeras victorias en Flushing Meadows. En una de sus noches libres, ni siquiera aprovechó para recuperar: se quedó despierto viendo a Shelton derrotar a Alcaraz.
El margen para el cuerpo es mínimo. Little detalla la carrera contrarreloj que se abre tras una madrugada así: “Tendrá que echar siestas para recuperar algo de sueño. En el plano nutricional, se asegurará de ingerir tantos carbohidratos y tanta proteína como pueda para el siguiente partido, e intentar volver a una rutina. Se trata de optimizar la hidratación y conseguir tanto sueño como sea posible sin caer en un letargo total”.
Murray fue tajante al describir lo que vivió en Melbourne: lo llamó “un disparate”. Pocos le llevaron la contraria.
Pequeños cambios, un gran problema
Aquel escándalo en Australia provocó ajustes. El Australian Open redujo de tres a dos los partidos de la sesión diurna en las pistas principales para evitar que la noche se encadenara sin control.
En 2024, ATP y WTA dieron otro paso: nuevas reglas impiden que los partidos del circuito —al mejor de tres sets— comiencen después de las 23:00. Pero hay una trampa evidente: esas normas no se aplican en los Grand Slams, donde se mantiene la libertad total de programación.
El resultado se ha visto en Flushing Meadows. La semana pasada, el duelo de primera ronda entre Venus Williams y Sofia Kenin comenzó a las 00:13, la hora de inicio más tardía en la historia del US Open. Fue solo una pieza de un patrón más amplio: en las primeras siete noches, tres partidos terminaron después de las 2 de la mañana y otros tres más allá de la 1. Y el Shelton–Alcaraz se llevó el récord definitivo con ese 3:34 de la madrugada.
“Algo tiene que cambiar”, lanzó Martina Navratilova, 18 veces campeona de Grand Slam en individuales. “Esto no está bien y no es normal”.
El embrujo de la noche… y sus consecuencias
Hay quien defiende que estas madrugadas forman parte del ADN del US Open. Que son la traducción deportiva de una ciudad que no apaga nunca el neón. Arthur Ashe Stadium lleno, ambiente eléctrico, puntos imposibles bajo las luces. La postal es poderosa.
Este año, el volumen de partidos que se han ido a la madrugada en Flushing Meadows ha crecido. La jornada que terminó a las 3:34 del miércoles tuvo, eso sí, un contexto particular: los tres cuartos de final previos en Arthur Ashe —las victorias de Aryna Sabalenka ante Linda Noskova, de Jessica Pegula sobre Emma Navarro y, en medio, el triunfo de Tiafoe— se fueron al máximo de sets. La noche se alargó porque nadie quiso ceder.
Pero la pregunta ya no es si el espectáculo merece la pena. Es cuánto está dispuesto a pagar el jugador por sostenerlo. Entre el ruido, la épica nocturna y la televisión, los cuerpos de Zverev, Shelton y compañía se han convertido en el precio invisible del show.
El US Open presume de ser el torneo que nunca duerme. Quizá ha llegado el momento de preguntarse cuánto tiempo más podrán hacerlo sus protagonistas.






