US Open 2026: Un torneo entre caos y grandes actuaciones
En otra madrugada grotescamente tardía en Flushing Meadows, cuando los últimos aficionados ya enfilaban la salida arrastrando los pies, la escena que quedaba en el recinto del US Open no era la de un gran torneo del calendario, sino la de una obra chapucera a punto de venirse abajo. Bajo un boquete en el techo de una de las tiendas oficiales, un puñado de operarios se afanaba en contener una fuga de agua que amenazaba con arruinar mercancía valorada en miles de libras. Cubos, trapos, resignación. Y nada de sorpresa.
Quien cruzaba este año las puertas del Arthur Ashe Stadium recibía un mensaje inquietante antes incluso de ver una pelota en juego: “Pardon our appearance while we write the next chapter of Arthur Ashe Stadium”. La disculpa era necesaria. El aspecto del torneo rozaba lo grotesco. En los pasillos y estancias del edificio principal de uno de los mayores eventos deportivos del planeta se respiraba decadencia, como si la estructura estuviera cediendo por dentro.
Las goteras se convirtieron en rutina. Un día sí y otro también, un nuevo chorro de agua se abría paso en el centro de prensa, obligado a convivir con largas láminas de plástico colgando del techo hasta desembocar en cubos repartidos por la sala. A pocos metros, el restaurante del personal tuvo que cerrar un día entero después de que un reventón en el techo lo anegara de forma espectacular. Un compañero bromeaba durante el torneo: ningún ser humano sensato volvería cada mañana a trabajar bajo un techo que parece dispuesto a desplomarse en cualquier momento. En la fosa de fotógrafos, varios profesionales denunciaron mareos y malestar tras inhalar los efluvios nauseabundos que ascendían de los desagües.
No fue solo una cuestión estética o de comodidad. Este US Open se ganó a pulso el título oficioso de peor Grand Slam de los últimos tiempos por un cúmulo de razones. Cuando se mire atrás, 2026 quedará marcado como el año de los influencers, una fauna entregada a convertir cada punto en un decorado para su propio show. Hacía falta una temeridad especial para plantarse en la grada con aros de luz, grabar vídeos para TikTok a pleno pulmón en mitad de los juegos y levantarse una y otra vez para hacerse selfies durante los puntos. El mantra de “hacer crecer el juego” a cualquier precio se ha instalado en el discurso del tenis. Pero hay días en los que cerrar la puerta no es elitismo, es simple sentido común. El ruido de fondo en la pista principal alcanzó tal volumen que, por momentos, ni siquiera los gritos de Aryna Sabalenka conseguían imponerse al murmullo constante.
Mientras tanto, el calendario seguía triturando cuerpos y horarios. Entre las 11.30 de la mañana del martes y las 3.33 de la madrugada del miércoles se encadenaron 16 horas de tenis que regalaron una de las jornadas de cuartos de final más espectaculares que se recuerdan, con cuatro partidos decididos en un cuarto set vibrante. Pero el brillo deportivo no tapa la evidencia: que un Grand Slam siga normalizando finales a esas horas es un síntoma claro de un deporte que se resiste a solucionar un problema que ya roza lo irresponsable.
En medio del caos, el juego resistió. Y lo hizo, sobre todo, con rostro femenino. El cuadro WTA volvió a adueñarse del foco: las seis primeras cabezas de serie alcanzaron los cuartos y, por primera vez en 51 años, el top 4 copó en exclusiva las semifinales. Un dominio que habla de jerarquía, pero también de una generación que empieza a madurar sin complejos.
La remontada de Sabalenka ante Linda Noskova, campeona de Wimbledon con apenas 21 años, fue uno de los partidos del año: intensidad, giros de guion, nervios a flor de piel. Teniendo en cuenta el verano de pesadilla que arrastraba, la bielorrusa acabará valorando aún más la capacidad que mostró para recomponerse y plantarse en la final.
Elena Rybakina, mientras tanto, firmó un torneo que rozó lo heroico. Soportó el peso del número 1, convivió con molestias en el tendón de Aquiles y superó uno de los cuadros más duros posibles hasta alzar el título. Su tenis en pista dura en los últimos doce meses ha sido de una solidez asombrosa. Su carácter, discreto y reservado, funciona como contrapunto perfecto a la energía desbordante de Sabalenka. Dos maneras opuestas de habitar la cima, igual de legítimas, igual de competitivas.
Zheng Qinwen dejó dos de las gestas más salvajes del torneo: dos remontadas consecutivas desde 0-5 a 7-5 en el tercer set de su duelo de tercera ronda ante Madison Keys, y de nuevo desde 0-5 a 7-5 en el primer set de su partido de cuarta ronda ante Iga Swiatek. Una tenacidad casi obstinada que la devolvió por la puerta grande al primer plano. En paralelo, Iva Jovic y Alexandra Eala demostraron que la competitividad feroz no está reñida con una amistad sólida, peleando punto a punto hasta bien entrada la noche.
Doce meses después de romper a llorar en la pista por el estado lamentable de su servicio, Coco Gauff regresó a las semifinales como símbolo de su propia evolución. El saque ya no es una tortura, sino una herramienta. El gesto ya no es de frustración, sino de convicción. No hay redención más nítida que esa.
En el otro lado del cuadro, el relato fue mucho más sombrío. El 2026 del tenis masculino se ha convertido en un catálogo de lesiones preocupante, sobre todo entre los jugadores llamados a liderar la próxima década. Los problemas de Carlos Alcaraz y Jannik Sinner son solo la punta del iceberg. Jack Draper, Holger Rune, Lorenzo Musetti, Arthur Fils y João Fonseca han pasado largos periodos fuera de combate en el último año. Incluso los que lograron competir en Nueva York arrastran las consecuencias de tanto tiempo sin ritmo, sin continuidad, sin certezas físicas.
Pese a todo, el cuadro masculino regaló uno de los momentos deportivos del año, obra de un campeón especial. A las 3.40 de la madrugada del miércoles, tras la monumental victoria de Ben Shelton ante Alcaraz, el español abandonaba por fin la pista central. Se había exprimido durante 4 horas y 28 minutos, vomitando en repetidas ocasiones, para acabar cayendo por detalles en un desempate del quinto set. No hubo premio en el marcador. Sí lo hubo en algo más profundo.
Después de cuatro meses y medio fuera por una lesión de muñeca y sin saber cómo respondería su cuerpo en la vuelta al máximo nivel, Alcaraz pudo, por fin, volver a competir en el escenario que ama. Y, sobre todo, volver a sentirse él mismo. Mientras recorría el túnel hacia el vestuario, ese pasillo que tantas veces ha sido testigo de lágrimas y frustración, su rostro se abrió en una sonrisa amplia, luminosa. En un US Open que se deshacía por los techos y se perdía en el ruido, ese gesto silencioso dijo más del futuro del tenis que cualquier discurso.






