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Stan Wawrinka: Despedida de un Campeón en Nueva York

Stan Wawrinka tendrá en el US Open 2026 la despedida que merece. Será el adiós, una década después de aquel título de 2016 que lo consagró en Flushing Meadows y cerró su trilogía de Grand Slams.

Para muchos, Wawrinka fue “el otro suizo”. Para una generación entera, fue mucho más que eso. Durante 18 años, Stanislas Wawrinka ha estado ahí, constante, casi silencioso, acompañando la vida deportiva de millones de aficionados. Un fondo de pantalla permanente en la era de los gigantes.

La primera vez que apareció en el radar de muchos no fue en una final, ni levantando un trofeo. Fue en Indian Wells, en el entonces Pacific Life Open de 2008, hoy BNP Paribas Open, el torneo más grande fuera de los cuatro grandes. Un joven estudiante de instituto, junto a su padre, viaja hasta el desierto californiano y se sienta en la grada para ver su primer partido de tenis masculino profesional. En pista, Stanislas Wawrinka frente a un aspirante que venía a desafiar el dominio de Roger Federer y Rafael Nadal. Se llamaba Novak Djokovic y acababa de ganar el Abierto de Australia de 2008.

Djokovic se llevó aquel duelo de cuartos de final por 7-6 y 6-2. Fue solo un capítulo inicial. No sería, ni de lejos, el último asalto entre ambos.

El retador de los intocables

Con el tiempo, Wawrinka se convirtió en algo insólito: el rival recurrente, incómodo y temible de la llamada “Big Four”. Juan Martín del Potro irrumpió con el título del US Open 2009, pero fue el suizo quien logró sostenerse en la élite y sumar tres grandes: Abierto de Australia 2014, Roland Garros 2015 y US Open 2016.

En su apogeo, verlo jugar era un privilegio. Había otros reveses a una mano en el circuito, elegantes, plásticos. Ninguno combinaba belleza y violencia como el de Wawrinka. Ese latigazo cruzado, esa paralela demoledora. Golpes que arrancaban exclamaciones, no análisis. Aún hoy, muchos aficionados conservan como reliquia la Yonex con la que conquistó Melbourne en 2014.

Su impacto fue más allá de sus propios títulos. Fue pieza clave del oro olímpico de Roger Federer en los Juegos de Pekín 2008, en dobles, y motor de la histórica conquista de la Copa Davis para Suiza en 2014. En una era dominada por leyendas, Wawrinka nunca aceptó el papel de figurante.

El día que dejó de ser “un accidente”

El punto de inflexión llegó en ese Abierto de Australia 2014. Un estudiante universitario, esta vez en Leeds, en el barrio de Kirkstall, ajusta el despertador —o decide no dormir— para ver a Wawrinka enfrentarse a un Rafael Nadal lesionado en la final. El suizo gana en cuatro sets y levanta su primer grande. Para muchos, sonó a excepción, a accidente estadístico en medio del monopolio de siempre.

No duró mucho esa etiqueta. Un año después, Wawrinka derrota a Djokovic en la final de Roland Garros 2015. Un año más tarde, vuelve a golpear al serbio en la final del US Open 2016. Tres grandes, tres escenarios distintos, tres demostraciones de que no se trataba de un intruso ocasional, sino del gran disruptor de la hegemonía.

Ahora, en 2026, el círculo se cierra donde vivió una de sus noches más grandes: Nueva York.

Un último baile en Flushing Meadows

Wawrinka se medirá a Matteo Berrettini en su estreno, un ex finalista de Wimbledon castigado por las lesiones, pero aún dueño de un tenis que engancha. Es un duelo con aroma de partido especial, de esos que se marcan en rojo en el cuadro antes de que empiece el torneo.

Si Wawrinka gana —y el propio contexto recuerda que es un “si” mayúsculo a estas alturas de su carrera— lo más probable es que le espere Novak Djokovic en segunda ronda. El mismo al que derribó en la final de Roland Garros 2015. El mismo al que superó en aquella noche mágica del US Open 2016. Historia pura, condensada en un posible cruce temprano.

La idea de verlo marcharse provoca una sensación extraña. Una parte enorme de la vida tenística de muchos se ha construido con Wawrinka en el cuadro, en televisión, en horarios intempestivos, en alertas de móvil. Dentro de unos días, el circuito seguirá girando, pero lo hará sin él. Un universo post-Wawrinka que aún cuesta imaginar.

En el fútbol, los clubes permanecen. Tottenham Hotspur sigue ahí, da igual cuántos Harry Kane o Moussa Dembélé pasen por el césped. Llegan otros nombres, como Savio, Sandro Tonali o Flavio Cobolli en el fútbol y el tenis, y el aficionado se reajusta. En el tenis, en cambio, el vínculo es con la persona, con el jugador. Cuando se retira, se corta el hilo. Sí, puede aparecer en una grada, en una esquina del box de otro tenista, pero no es lo mismo. Ni siquiera Juan Carlos Ferrero, referencia de otra generación, es eterno en ese rol.

Cuando un tenista cuelga la raqueta, se acaba. No hay escudo que lo sobreviva. El circuito continúa, implacable, y obliga a elegir: adaptarse a la nueva ola o quedarse atrapado en la nostalgia.

En el US Open 2026, Stanislas Wawrinka saldrá a pista sabiendo que el reloj ya no se detiene por él. La grada lo despedirá como lo que ha sido: un campeón incómodo, un artista del revés, un hombre que se atrevió a desafiar a los dioses de su tiempo.

La pregunta, cuando abandone la escena, no será qué fue Wawrinka, sino quién se atreverá a ocupar ese espacio de irreverencia en una era que vuelve a buscar nuevos héroes.