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Serena y Venus Williams: un regreso histórico en el US Open

En el Arthur Ashe Stadium no se jugó un simple dobles de primera ronda. Se asistió a un reencuentro con la historia.

Serena y Venus Williams, 44 y 46 años, una edad combinada que en cualquier otra pareja sonaría a despedida, volvieron a compartir lado de la red en el US Open y encendieron una noche que se sintió a medio camino entre un partido y un homenaje. Perdieron. Pero el marcador apenas cuenta una parte del relato: 6-3, 6-7 (6-8), 7-6 (10-7) para las 14ª cabezas de serie, Hao-Ching Chan y la joven australiana Maya Joint.

Un regreso que sonó a ovación de toda una era

Cuatro años después de su última aparición conjunta en la pista central de Flushing Meadows, las hermanas cruzaron el túnel hacia el Ashe como si el tiempo se hubiera detenido. El estadio, lleno hasta el último asiento, se levantó para recibir a las dos mujeres que han levantado allí ocho títulos individuales y dos de dobles.

Durante el primer set, el ruido no encontró respuesta en la pista. Chan y Joint se adueñaron del ritmo, castigaron con precisión y se llevaron la manga inicial sin que el público terminara de meterse en el partido. El murmullo habitual del Ashe, esa mezcla de charla, selfies y paseos constantes por los pasillos, fue dejando paso a algo poco común: silencio atento.

La duda flotaba en el ambiente: ¿podrían las Williams volver a encontrar chispa competitiva o aquello sería un último guiño al pasado?

El giro: Serena sube el volumen, el estadio despierta

La respuesta llegó en el segundo set. Primero, con resistencia. Después, con rebelión. Venus sostuvo el tipo desde el fondo, Serena empezó a soltar el brazo y, de pronto, los peloteos dejaron de ser protocolarios para convertirse en intercambios de alto voltaje.

Chan y Joint dispusieron de cuatro bolas de rotura en el quinto y el séptimo juego. Las estadounidenses las borraron una a una, a base de primeros servicios bien colocados y restos agresivos. La grada, que hasta entonces miraba, empezó a rugir. El tiebreak fue una condensación perfecta de lo que habían sido sus carreras: riesgo, potencia, cero concesiones a la prudencia.

Esta vez, el desenlace cayó del lado de las hermanas. 7-6 y partido a un tercer set que ya no era un trámite de primera ronda, sino un espectáculo a la altura de dos leyendas que se negaban a irse en silencio.

“Fue increíble lo competitivo que fue”, resumió Chanda Rubin, finalista de dobles ante las Williams en el US Open de 1999 y hoy comentarista, al terminar el encuentro. “Después del primer set te preguntabas si Serena y Venus encontrarían su mojo… pero vaya si lo hicieron”.

Del abismo al sueño… y de vuelta al filo

El set decisivo pareció escapárseles demasiado pronto. Chan y Joint se adelantaron 4-1, más sólidas, más frescas, aprovechando cada pequeña duda al servicio de las estadounidenses. El ambiente se apagó unos minutos. Hubo quien pensó que la historia se cerraría sin giro final.

Se equivocó.

La reacción llegó con la familiar mezcla de orgullo y terquedad que ha marcado la carrera de las dos hermanas. Ajustaron las devoluciones, atacaron la red con más decisión y volvieron a arrastrar al público a su lado. Punto a punto, juego a juego, forzaron el superdesempate a 10 que decidiría la noche.

Allí, el guion se volvió casi cruel. Serena y Venus arrancaron como en sus mejores días: 5-0 arriba, el estadio convertido en un estruendo continuo, la sensación de que la segunda ronda ya estaba a un paso. Cada volea ganada, cada resto profundo, sonaba a regreso definitivo.

Pero el deporte no entiende de nostalgia. Chan y Joint aguantaron el vendaval, se aferraron a cada punto, se beneficiaron de una doble falta de cada hermana en momentos clave y empezaron a recortar. Primero 5-3. Luego 6-6. Y, finalmente, un 10-7 que cayó del lado de las cabezas de serie y dejó al Ashe helado por un instante.

Maya Joint, de apenas 20 años, lo explicó después con una mezcla de asombro y satisfacción: “La atmósfera fue surrealista. Nunca habíamos vivido algo así, y jugar contra leyendas de este calibre fue súper especial”.

Respeto absoluto, preguntas abiertas

Cuando la última bola se marchó, el murmullo de decepción se transformó en una ovación larga, sostenida. No era por el resultado. Era por todo lo demás.

Durante los puntos, más de 20.000 personas guardaron un respeto casi reverencial. Entre ellos, generaciones que crecieron viendo a las Williams cambiar las reglas del juego desde finales de los 90, y otros tantos que solo habían oído hablar de ellas como mito. Tres décadas después de su irrupción, el deporte sigue mirándolas con fascinación.

Serena, dueña de 23 títulos de Grand Slam individuales, reactivó este verano la ilusión de un nuevo capítulo al salir de su retiro competitivo. Venus, siete veces campeona de majors, nunca se fue del todo: ha prolongado su carrera a golpe de invitaciones, una decisión que levantó debates, pero que en Nueva York apenas encontró oposición. Nadie quiso discutir que las dos tuvieran una nueva oportunidad juntas en Flushing Meadows.

El plan original pasaba por regresar antes, en Wimbledon, pero una lesión de rodilla de Serena en su partido individual —precisamente ante Joint— retrasó la cita. Volvieron primero en Cincinnati, donde también cayeron en un match tie-break ante Marta Kostyuk y Peyton Stearns. En el Ashe, el desenlace fue el mismo, aunque el escenario y el peso emocional multiplicaron todo.

En 2020, su anterior aparición como pareja en esta pista había terminado con una derrota en sets corridos ante Lucie Hradecka y Linda Noskova. Esta vez, el nivel fue muy distinto. Golpes sólidos desde el fondo, movimientos más vivos de lo que muchos esperaban y, sobre todo, esa actitud de no rendirse que tantas veces convirtió partidos imposibles en victorias históricas.

Un adiós sin palabras… ¿o un simple paréntesis?

Al terminar, no hubo discursos ni grandes anuncios. Serena, que días antes había dejado caer en una entrevista que le gustaría volver a jugar individuales, se limitó a saludar y marcharse. Venus, que tras su derrota en singles el lunes aseguró que no debería “tener que” pensar todavía en su futuro más allá del dobles, tampoco dio pistas.

Las dos decidieron no atender a los medios tras el encuentro, según informaron los organizadores del US Open. El silencio alimenta la intriga.

¿Fue esta la última vez que el Ashe vio a las hermanas Williams compartir lado de la red? Nadie lo sabe. Lo único cierto es que, incluso en una noche que terminó con derrota, volvieron a demostrar por qué el tenis lleva treinta años girando, en parte, alrededor de sus raquetas. Y por qué, aunque el marcador ya esté cerrado, su historia todavía no parece lista para el punto final.