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La selección irlandesa y el dilema moral ante Israel

La convocatoria de la selección irlandesa rara vez había llegado envuelta en tanta tensión. Este jueves, cuando Heimir Hallgrímsson anuncie la lista para los partidos contra Israel, cada nombre será revisado con lupa, pero no tanto por quién entra, sino por quién decide no estar sin tener una lesión que lo explique.

Ser llamado por tu país sigue siendo, para la mayoría, el techo emocional de una carrera. Esta vez, ese orgullo llega contaminado por un dilema que nunca debería haber caído sobre los jugadores. La renuncia de la FAI a asumir una posición firme ha trasladado a cada futbolista la carga de decidir si quiere o no disputar un partido contra un Estado acusado de cometer un genocidio. Es una responsabilidad desmedida. E injusta.

El fútbol, atrapado en el centro del huracán

Quienes repiten que “la política no tiene cabida en el deporte” viven de espaldas a la realidad. La política atraviesa la vida diaria, las instituciones, las decisiones económicas y, por supuesto, el deporte. Fingir lo contrario es una coartada cómoda para no tomar postura.

Tampoco se sostiene el argumento de que “ya ha habido precedentes” similares. El contexto actual es distinto. En toda una vida, el autor del texto original no recuerda un genocidio impulsado y sostenido por potencias occidentales como el que se denuncia en la ofensiva de Israel sobre Palestina. La discusión jurídica llevará años, pero el debate no va de plazos judiciales, sino de hechos visibles: la campaña de terror contra la población palestina alimenta, con fuerza, la acusación de genocidio.

Cuando una organización se enfrenta a decisiones de este calibre, sus dirigentes están obligados a informarse a fondo y a actuar en consecuencia. Si el crimen más grave del derecho internacional entra en juego, la reacción lógica, casi instintiva, debería ser negarse de plano a competir contra el Estado señalado. La sola idea de disputar un partido contra Israel tendría que resultar moralmente insoportable.

En noviembre pasado, la propia FAI pareció entenderlo. El consejo directivo pidió formalmente a la UEFA que expulsara a Israel de sus competiciones. Aquel gesto fue recibido con aplausos: por una vez, el principio se imponía al cálculo deportivo y económico. El mensaje era claro: ningún país, ningún grupo de jugadores, debía ser obligado a medirse a Israel mientras continuara la barbarie respaldada por su Estado.

Pero todo cambió en el momento en que el sorteo emparejó a Irlanda con Israel. El principio se guardó en un cajón.

Del aplauso a la claudicación

La decisión de la FAI de seguir adelante con los partidos no se puede aislar del clima institucional del país. El retraso del Gobierno en avanzar con la llamada Occupied Territories Bill lanzó una señal de tibieza que otros organismos han seguido. En el deporte, la FAI no está sola en su renuncia ética. La GAA ha quedado marcada por su negativa a romper su vínculo comercial con Allianz, señalada en el debate público por su relación con el contexto del conflicto, algo que la propia compañía ha rechazado.

Pero es el fútbol irlandés el que, con estos encuentros, ofrece a Israel un respaldo simbólico de enorme valor. Los partidos se jugarán. Eso ya está claro. Y ahí reside el golpe más duro. El resultado del 27 de septiembre y del 4 de octubre será irrelevante: una vez que el balón ruede, solo habrá un ganador, y no será Irlanda.

Las protestas han agotado su margen de maniobra. La calle habló, las campañas presionaron, las voces críticas se multiplicaron. El consejo de la FAI, sin embargo, impuso su decisión. En el tablero moral, Israel se lleva el triunfo que necesitaba: el de la normalización.

El Gobierno tampoco sale indemne. Ha fallado, según el texto original, en varias de sus obligaciones desde el inicio de la ofensiva, dejando en segundo plano la defensa de los derechos humanos frente a otros intereses. Esa ambigüedad le ha dado cobertura a la FAI, que ha encontrado en la posición gubernamental un cómodo escudo.

El propio Taoiseach, Micheál Martin, respaldó que los partidos se disputaran y lo hizo, además, con declaraciones que sonaron desconectadas del drama de fondo. En febrero, habló de “rejuvenecimiento” y de “viaje por delante” para la selección, felicitando al equipo por su rendimiento reciente y deseándole suerte, como si se tratara de una ventana internacional cualquiera, sin carga política ni moral.

Puntos, dinero… y 25.000 niños muertos

Ahora, con los partidos a la vuelta de la esquina, la ecuación se ha desnudo por completo: puntos en la clasificación y dinero generado por los encuentros frente a las vidas de decenas de miles de civiles, incluidos más de 25.000 niños, según las cifras citadas en el texto original.

Ese es el peso real del balón en esta ocasión. No es una eliminatoria más, no es una prueba más para un seleccionador nuevo ni una oportunidad para consolidar un proyecto. Es un examen de conciencia para todo un ecosistema: federación, Gobierno, jugadores, afición.

La sensación final es devastadora. El principio, en Irlanda, ha demostrado ser un bien barato. Se proclama con fuerza cuando no tiene coste. Se guarda en silencio cuando la factura amenaza con llegar. Y el fútbol, de nuevo, queda atrapado en el lugar donde más duele: entre el marcador y la moral.