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Roger Federer emociona en su inducción al Hall of Fame

En Newport, al caer la tarde, Roger Federer volvió a emocionar a todo el tenis. Esta vez no con una derecha paralela ni con una volea imposible, sino con lágrimas. Muchas lágrimas.

En el césped en herradura del International Tennis Hall of Fame, el suizo de 45 años avanzó con paso pausado hacia el escenario, impecable con un traje color arena. Acababa de abrazar y besar a Mirka, su esposa, quien lo había presentado ante el público como el nuevo inmortal del templo de Newport. Bastaron unos segundos para que entendiera que aquel discurso sería un reto distinto a cualquier final de Grand Slam.

“Oh man”, arrancó, consciente del peso del momento. “Esto es de altísimo nivel y difícil de seguir”. Miró a Mirka, sonrió y bromeó: no sabía si ella había estado “practicando en secreto” su intervención. El humor le sirvió de refugio fugaz. La emoción, en cambio, no le dio tregua.

Un maestro con lágrimas en los ojos

El “Swiss Maestro”, como lo presentó la organización en la primera alfombra roja de la historia del Hall, confesó ante la grada que estaba “un poco estresado, para ser honesto”. No lo parecía cuando dominaba el circuito con su revés a una mano y su movimiento fluido que lo llevó a encadenar 237 semanas seguidas como número 1 del mundo en el ranking ATP. Pero Newport no era un partido más. Era la consagración definitiva.

Durante casi 30 minutos, Federer navegó entre recuerdos, agradecimientos y silencios ahogados. Se quebró varias veces. La primera gran oleada llegó hacia la mitad del discurso, cuando habló de su ídolo de la infancia, Stefan Edberg. Entonces aclaró que eran “lágrimas felices”. Lo eran, pero no por ello menos intensas.

El nudo en la garganta regresó cuando mencionó a su entrenador de toda la vida, Severin Lüthi. Y se transformó en desbordamiento cuando tocó el turno de agradecer a Mirka. “Ahora viene la parte de Mirka”, anunció, antes de detenerse, incapaz de seguir durante unos segundos. “Dios mío, esto es un desastre”, alcanzó a decir entre sollozos.

Intentó refugiarse otra vez en la broma. No funcionó. “Necesito pañuelos y gafas de sol, todo para protegerme ahora mismo”, le dijo al público, mientras peleaba con una emoción que esta vez no podía controlar con un saque abierto ni con una dejada milimétrica.

Un palmarés que ya es historia

Cuando por fin logró encadenar frases completas, el hombre que ganó 20 títulos de Grand Slam —el primero en alcanzar esa cifra en la historia— volvió a hacer lo que siempre hizo en los momentos grandes: cerrar el punto. Como en sus cinco coronas consecutivas en el US Open entre 2004 y 2008. Como en aquellas 10 finales de Grand Slam seguidas, de las que se llevó ocho.

A sus 45 años recién cumplidos, Federer entra en Newport con un currículum que intimida incluso entre leyendas: ocho títulos de Wimbledon, seis coronas en el Australian Open, un Roland Garros conquistado en 2009 para completar el codiciado Grand Slam de carrera. Solo otros siete hombres en la historia pueden decir lo mismo.

En su tramo final, el discurso miró hacia abajo, hacia quienes suelen pasar desapercibidos. Agradeció a los recogepelotas, una figura que siempre valoró en cada torneo, y lanzó un mensaje directo a las nuevas generaciones de jugadores: sigan llevando el juego a nuevos niveles. No sonaba a frase hecha. Sonaba a legado.

“Estoy encantado de haber hecho el viaje hasta aquí”, dijo, ya más sereno. “Es increíble verte a ti mismo en un lugar como este. Sumergirte en la historia de este deporte significa mucho para mí”. No era falsa modestia. Era la constatación de que incluso alguien de su tamaño se siente pequeño ante la historia.

Mary Carillo, la otra voz que entra en Newport

La ceremonia no fue solo de Federer. Mary Carillo, exjugadora y una de las grandes voces del tenis en televisión, también fue inducida al Hall of Fame, en la categoría de contribuyente. Una figura clave en la narrativa del deporte, miembro del Sports Broadcasting Hall of Fame, ahora también tiene su placa en Newport.

Su presentadora fue otra gigante: Billie Jean King. Directa, como siempre, la pionera resumió el recorrido de Carillo con una frase que pesó tanto como cualquier estadística: “Se ha ganado su lugar en el periodismo deportivo y se ha ganado su lugar en Newport”.

Carillo, de 69 años, se paró frente a un grupo selecto de miembros del Hall of Fame. No necesitó adornos: “Caminar por estas puertas en compañía de ustedes estaba más allá de mis sueños”, confesó. Otra voz quebrada, otro tipo de grandeza.

Mientras el sol terminaba de esconderse sobre el césped de Newport, la escena quedaba fijada en la memoria del tenis: Federer, el artista que convirtió la precisión en poesía, llorando sin pudor ante una grada entregada; Carillo, la narradora que ayudó a contar su historia, entrando en el mismo panteón.

El deporte, a veces, sabe cerrar sus círculos con una elegancia que ni el mejor guion podría mejorar. Y en Newport, el tenis escribió uno de esos capítulos que se recordarán cuando ya no queden números por romper, solo nombres por pronunciar en voz baja. Roger Federer ya está, para siempre, en esa lista.