Roger Federer: El genio que llora y conquista el Hall of Fame
La primera vez que Roger Federer lloró después de una gran victoria, ni siquiera entendió qué le estaba pasando. Año 2001, Wimbledon, estreno en la Pista Central y al otro lado de la red nada menos que Pete Sampras, el dueño del césped, el ídolo de la infancia. Lo derrota. Se arrodilla. Le da la mano a su héroe. Y se rompe.
“¿Qué está pasando?”, se preguntaba entonces. No era el Federer que él mismo creía conocer.
Aquella tarde en Londres fue el inicio de una carrera que cambiaría la historia del tenis y, de paso, convertiría al suizo en algo insólito: quizá el llorón más famoso del deporte de élite. Dos décadas después, el círculo se cierra. Este fin de semana entra en el International Tennis Hall of Fame, en Newport, y todo indica que las lágrimas volverán a escena.
El hombre que lo ganó (casi) todo
Para muchos, su ingreso en el Hall of Fame llevaba escrito su nombre desde 2004. Ese año capturó tres de los cuatro títulos de Grand Slam en individuales y se instaló en el número uno del mundo para quedarse: 237 semanas consecutivas en la cima, un récord que aún resiste.
En 2005 ganó más del 95% de sus partidos. Y, sin embargo, fue 2006 el año que quedó marcado como su apogeo absoluto: otros tres grandes, 12 títulos en total y un balance brutal de 92 victorias y solo 5 derrotas. Traducido: un 94,8% de partidos ganados. Casi nadie compitió alguna vez a ese nivel durante tanto tiempo.
Durante años se pensó que los 14 Grand Slams de Sampras eran una montaña imposible. Federer no solo la escaló: la superó y la dejó atrás en Wimbledon 2009. Desde ahí ya no miró por el retrovisor.
Su tenis enamoró por algo más que las cifras. Elegancia, fluidez, una manera de moverse que hacía parecer que el juego pesaba menos en su raqueta que en la de los demás. Dentro de la pista, pura armonía. Fuera, una naturalidad desarmante, sin estridencias, que multiplicó su impacto más allá del marcador.
El precio de que todo parezca fácil
Federer asegura que no vive con grandes arrepentimientos. Si acaso, uno: haber dado la sensación de que todo le salía sin esfuerzo.
De joven, muchos miraban su juego y pensaban que no golpeaba tan fuerte, que aquello era suave, casi ligero. La pelota, sin embargo, salía despedida con una potencia que no encajaba con esa estética elástica. “Es tan simple para ti”, escuchaba. Lo que no veían era el trabajo, la repetición, el desgaste silencioso.
Cuando perdía, le reprochaban que no se esforzara lo suficiente. Cuando ganaba, le decían que todo le resultaba demasiado fácil. En ese contraste se esconde parte del enigma de sus lágrimas. Detrás de la imagen de jugador ingrávido, la realidad: “El sacrificio fue enorme y estaba acumulando muchísima presión”.
Quizá por eso su adiós, en 2022, fue tan emotivo. El jugador que parecía flotar sobre la pista confesaba, sin palabras, el peso de todo lo vivido.
Un campeón en paz con el retiro
Hoy, Federer habla desde otro lugar. Sin urgencias. Sin necesidad de llenar ningún vacío competitivo. No echa de menos la tensión diaria del circuito, ni la obligación constante de ganar.
“Estoy realmente feliz viviendo el día a día a un ritmo más bajo”, admite. Y se nota. Vida de padre de cuatro hijos, filántropo, inversor, hombre de negocios. Agenda llena, pero con otro tipo de presión. Todavía viaja —“siempre he sido un tipo al que le encanta estar en la carretera”—, pero ya no necesita una raqueta para justificar cada desplazamiento.
La ceremonia de Newport, eso sí, le devuelve inevitablemente al pasado. Es la ocasión perfecta para revisar una carrera que lo ha llevado ahora a sentarse, de manera simbólica, junto a las grandes leyendas del juego.
Soñar partidos imposibles
Federer se ha permitido incluso jugar con la imaginación. Si los dioses del tenis le concedieran un último capricho, ya tiene su lista preparada. Rod Laver, Bjorn Borg, John McEnroe, Stefan Edberg, Boris Becker, Sampras de nuevo. Nombres que marcaron la historia antes de que él la reescribiera.
No son solo rivales hipotéticos para un partido de exhibición soñado. Son las figuras que dice haber admirado por su personalidad, por lo que lograron y por lo que representan dentro del deporte. Los mismos con los que ahora comparte espacio en el Hall of Fame.
Sus 20 Grand Slams ya han sido superados por Rafael Nadal y Novak Djokovic. La estadística se ha movido, la tabla de récords se ha reordenado. Para sus seguidores, sin embargo, Federer seguirá siendo el mejor de todos los tiempos. El número uno de otra clasificación: la de la belleza del juego.
El siguiente capítulo
Lejos de la pista, el suizo busca otras destrezas. Habla de golf, de la idea de mejorar en ese deporte. Menciona el piano, instrumento que tocó en el pasado y al que quiere volver cuando tenga más tiempo. En casa, su esposa y sus cuatro hijos ya lo tocan; no es difícil imaginar una escena familiar alrededor del teclado.
Más allá de los hobbies, Federer se define por algo menos medible. Aspira a ser un buen oyente, un buen tomador de decisiones. Alguien con quien la gente disfrute estando. Se describe como un hombre de familia, rodeado de amigos, con prioridades claras.
Este fin de semana, cuando suba al escenario en Newport con sus padres, su esposa, sus cuatro hijos y el equipo que lo acompañó durante años, es probable que la voz se le quiebre. Si las lágrimas vuelven, no será debilidad. Será la confirmación de lo que siempre hubo detrás de aquella facilidad aparente: un sacrificio gigantesco, una carrera irrepetible y un hombre que, por fin, puede permitirse sentirlo todo sin tener que ganar el siguiente punto.






