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Roger Federer y su emotivo homenaje en Newport

En Newport, las lágrimas de Roger Federer también hicieron historia. El “Swiss Maestro”, el hombre que convirtió el tenis en arte durante casi dos décadas, se quebró una y otra vez mientras era inmortalizado en el International Tennis Hall of Fame.

Atardecía sobre la pista de hierba en forma de herradura, a la entrada del recinto. Federer, 45 años, traje beige impecable, caminó hacia el escenario, besó y abrazó a su esposa Mirka —que acababa de presentarlo— y entendió de golpe lo difícil que iba a ser hablar.

“Oh man”, arrancó, consciente del peso del momento. “Esto es de muy alto nivel y difícil de seguir”.

Intentó refugiarse en el humor. Bromeó con Mirka: dijo que no sabía si había estado “practicando en secreto” su discurso, antes de elogiar la presentación de la que ya es, oficialmente, la persona que introdujo al miembro número 272 del salón de la fama.

Un maestro emocionado hasta el límite

La alfombra roja del Hall, desplegada sobre la pista central unos 90 minutos antes de la ceremonia, lo había bautizado como siempre: el “Swiss Maestro”. Pero esta vez no había raqueta, ni saque, ni volea. Había nervios. “Estaba un poco estresado, para ser honesto”, admitió ante el público.

Su discurso se estiró cerca de media hora. Un tiempo casi tan medido como aquellos puntos en los que dominaba la red con su desplazamiento fluido, su aproximación agresiva y ese revés a una mano que sostuvo 237 semanas consecutivas en la cima del ranking ATP. Esta vez, el control no fue total. La voz se le quebró varias veces.

El primer golpe emocional serio llegó hacia la mitad, cuando habló de su ídolo de infancia, Stefan Edberg. Federer se detuvo, tragó saliva y aclaró: eran “lágrimas felices”.

No sería la última vez.

Se volvió a romper al mencionar a su entrenador de siempre, Severin Lüthi. Y el muro definitivamente cedió cuando llegó el momento de hablar de Mirka.

“Ahora la parte de Mirka”, anunció, antes de detenerse y deshacerse en lágrimas. “Dios mío, esto es un desastre”.

Trató de salir del apuro con otra broma, pero el torrente ya era imparable, como un resto ganador directo a la línea. “Necesito pañuelos y gafas de sol, todo para protegerme ahora mismo”, confesó, luchando sin éxito por recomponer el gesto.

La carrera que lo llevó hasta Newport

Federer, que cumplió 45 años hace apenas tres semanas, llega a Newport con un palmarés que desafía el tiempo. Fue el primero en alcanzar los 20 títulos de Grand Slam en individuales. Ocho veces campeón en Wimbledon. Seis coronas en el Australian Open. Una en Roland Garros, en 2009, para completar el círculo perfecto: es uno de los ocho hombres con un Grand Slam de carrera.

Entre 2004 y 2008 encadenó cinco títulos consecutivos del US Open. Firmó diez finales de Grand Slam seguidas, de las que ganó ocho. Una tiranía elegante, sin estridencias, que definió una era.

Sobre el escenario, ya sin raqueta, terminó encontrando el pulso competitivo que siempre lo rescató en las grandes noches. Cerró su intervención como cerraba tantos partidos importantes: con precisión, agradeciendo incluso a quienes casi nunca aparecen en los titulares. Dio las gracias a los recogepelotas. Y lanzó un mensaje a las nuevas generaciones, invitándolas a seguir llevando el juego a “nuevos niveles”.

“Estoy encantado de haber hecho este viaje hasta aquí”, dijo. “Es increíble verte a ti mismo en un lugar como este. Sumergirte en la historia de este deporte significa mucho para mí”.

Mary Carillo, la otra voz que entra en la historia

Federer no fue el único protagonista en Newport. Mary Carillo también cruzó las puertas del International Tennis Hall of Fame, en su caso como contribuyente. Exjugadora y figura clave de la narración del tenis moderno, Carillo ya formaba parte del Sports Broadcasting Hall of Fame. Ahora suma otro reconocimiento mayor.

Su presentadora fue otra leyenda, Billie Jean King, que no escatimó elogios: “Se ha ganado su lugar en el periodismo deportivo y se ha ganado su lugar en Newport”, sentenció.

Carillo, de 69 años, se mostró visiblemente conmovida ante el grupo de miembros del Hall que la acompañaban. “Caminar por estas puertas aquí, en compañía de ustedes, estaba más allá de mis sueños”, confesó.

En una tarde de homenajes, datos y recuerdos, el tenis volvió a demostrar algo que no aparece en las estadísticas: incluso los más grandes, los que parecían intocables con una raqueta en la mano, también tiemblan cuando se ven frente al espejo de la eternidad. Y Federer, esta vez, ganó el partido más humano de todos.