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Rio y su oro en Jiu-Jitsu: un homenaje en el tatami

En un tatami japonés, lejos de casa y tras la preparación más dura que recuerda, Rio encontró la forma más personal posible de colgarse el oro al cuello.

En la modalidad con gi, los competidores se enfundan la clásica chaqueta y pantalón de algodón grueso, con el cinturón marcando el grado. Esa tela es arma y escudo: se agarra, se tracciona, se usa para controlar, proyectar o estrangular. En no-gi, el paisaje cambia. Camisetas ajustadas sintéticas, board shorts, nada que agarrar salvo el cuerpo del rival. Todo se decide con underhooks, controles de muñeca, body locks y presión constante.

Las categorías se dividen por sexo, cinturón, edad y peso. Dentro de ese laberinto de cuadros, Rio fue abriéndose camino.

Derrotó primero a un rival de Mongolia. No le dio tiempo ni a asentarse: victoria por Aoki lock, un footlock fulminante en el primer minuto. Aviso claro de intenciones. En la segunda pelea, ante un oponente de México, el cierre fue aún más simbólico: triángulo de piernas, estrangulación limpia y sumisión para asegurar el oro.

Desde fuera, una campaña perfecta. Desde dentro, otra historia.

Rio arrastraba una fuerte enfermedad invernal en la preparación, la peor antes de un torneo, según confesó. El cuerpo no respondía, el cansancio se pegaba a los entrenamientos. A eso se sumó un golpe mucho más difícil de gestionar: la pérdida de su entrenador apenas un mes antes de la competición. El vacío en la esquina pesaba tanto como cualquier rival.

Por eso, cuando por fin pisó el tatami, todo se redujo a algo sencillo: pelear.

“Se sintió como cualquier otro torneo una vez que estuve en el tatami”, explicó. “Se sintió bien salir ahí y simplemente ir a tope”. Sin adornos. Solo lucha.

El oro, además, llegó con un detalle que para él vale más que la propia medalla. El triángulo de la final no fue un recurso cualquiera. Fue un guiño directo a la memoria de su entrenador, Damian Smith, especialista precisamente en esa técnica.

“Mi entrenador Damian Smith era un especialista en triángulos y me enseñó todo lo que sé sobre ellos, así que cuando sentí la apertura para uno, estaba pensando en él y en todas las veces que me había entrenado en torneos, la forma perfecta de terminar el campeonato”, contó. Más que un movimiento, un homenaje.

Era su primera medalla internacional como cinturón negro. Aun así, insistió en que las medallas no significan tanto para él como la manera de conseguirlas. Lo que le llenó fue cerrar el torneo con la técnica que mejor representaba la huella de su maestro.

Rio no se olvidó de quienes le empujan cada día. Agradeció a su equipo en Gracie Allegiance Ahuriri y Gracie Allegiance Team New Zealand, además de a sus amigos y compañeros de entrenamiento en los gimnasios de Brazilian Jiu-Jitsu de Hawke’s Bay.

“En las artes marciales no llegas a ningún lado sin buenos compañeros de equipo y de entrenamiento”, subrayó. En Hawke’s Bay, la comunidad de BJJ se mantiene unida, casi familiar. “La comunidad de BJJ en la bahía es bastante unida, así que si entrenas el tiempo suficiente acabarás conociendo la mayoría de los gimnasios y a la buena gente que hay en ellos”.

El viaje no termina con el podio. Rio y su pareja, la también entrenadora Yukako Mori, decidieron quedarse unas semanas más en Japón. Tiempo para visitar amigos, absorber más horas de tatami, mezclar Brazilian Jiu-Jitsu con Judo y seguir puliendo detalles lejos de casa.

Cuando regresen a Hawke’s Bay, el plan de Rio es sencillo y coherente con todo lo que le ha traído hasta aquí: seguir entrenando en Ahuriri y “seguir divirtiéndose con el Jiu-Jitsu”. Nada de grandes discursos, solo constancia y pasión.

Para él, este deporte es muchas cosas a la vez: una herramienta útil de autodefensa, una forma de mantenerse activo sin que el ejercicio se sienta como una obligación y, sobre todo, una fábrica de amistades duraderas. “Cualquiera es bienvenido”, insiste.

El oro ya está ganado. El verdadero reto, el que Rio parece tener claro, es seguir encontrando motivos para atarse el cinturón cada día y entrar al tatami como si fuera la primera vez.