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Red Bull y el dilema de la potencia del motor en Fórmula 1

Red Bull ha sido de nuevo señalada por la FIA como la marca con el motor de combustión más potente de la parrilla de Fórmula 1. El último ranking del organismo rector repite, punto por punto, las conclusiones publicadas hace tres meses. Nada ha cambiado en los números. Sí en el estado de ánimo del equipo.

Porque este veredicto no es un elogio. Es un freno. Red Bull esperaba que la nueva evaluación abriera la puerta a recibir permiso para mejorar su unidad de potencia dentro del marco regulatorio. Esa esperanza se desvanece con este segundo dictamen consecutivo: si la FIA considera que ya tienen el motor más fuerte en potencia térmica, no hay “déficit” que justificar ni vía de desarrollo extra que autorizar.

Un sistema nuevo… y polémico

El contexto es clave. Este año se ha estrenado un procedimiento específico dentro de las normas que rigen las nuevas unidades híbridas. La idea es sencilla sobre el papel: si un fabricante se queda claramente por detrás en rendimiento, se le concede margen adicional para desarrollar y actualizar su motor, con el objetivo de estrechar el pelotón y evitar campeonatos desequilibrados por la mecánica.

Ese mecanismo, bautizado por la FIA como programa de oportunidades adicionales de desarrollo y actualización (Aduo), fue acordado con todos los fabricantes de unidades de potencia. Sobre el documento, hay consenso. En el paddock, no tanto.

El motivo de la controversia es evidente. En el ambiente del campeonato se da por hecho que Mercedes cuenta con el mejor rendimiento global de motor, un paquete muy afinado en la suma de combustión interna y parte eléctrica. Sin embargo, bajo el método de medición de la FIA, quien figura arriba en potencia de motor térmico es Red Bull.

La clave está en lo que se mide… y en lo que no

El programa Aduo se centra exclusivamente en la potencia del motor de combustión interna. Nada más. La parte eléctrica de la unidad de potencia —el complejo sistema híbrido que hoy aporta casi la mitad del rendimiento total— queda fuera de la ecuación.

Y ahí está el nudo del debate. Casi el 50% de la prestación de un F1 moderno procede de los componentes eléctricos: recuperación de energía, despliegue de potencia, gestión de baterías. Todo eso no entra en la tabla que decide quién tiene derecho a desarrollar más.

El resultado es un escenario paradójico. Red Bull aparece oficialmente como referencia en potencia térmica y, por tanto, queda prácticamente bloqueada en su capacidad de mejora bajo este programa. Mientras tanto, la percepción generalizada de que Mercedes disfruta del mejor conjunto global alimenta la sensación de agravio comparativo.

La FIA defiende un criterio técnico claro: medir y comparar un elemento concreto, el motor de combustión. Los equipos, en cambio, compiten con una unidad de potencia que es mucho más que eso. Y en esa grieta entre el reglamento y la realidad de pista se cuela el malestar.

La fotografía actual deja a Red Bull atrapada en un curioso papel: líder en los papeles, limitada en el desarrollo, y mirando de reojo a unos rivales que, según muchos en el paddock, gestionan mejor el equilibrio total de sus motores híbridos. La pregunta es cuánto tiempo aguantará este modelo antes de que alguien pida reescribir las reglas del juego.