logo

Pierre Sage y el reto en Crystal Palace: entre éxitos y desafíos

Pierre Sage aterrizó en Crystal Palace sabiendo perfectamente dónde se metía. Había hecho los deberes. No es lo mismo suceder a cualquiera que ocupar el lugar de Oliver Glasner, el técnico que firmó la etapa más brillante en la historia reciente del club. Dos derrotas de inicio, ante Everton y Manchester City, han recordado rápido al francés que la resaca del éxito suele ser áspera, más aún con medio vestuario en el escaparate tras conquistar la Conference League.

El mercado, en Selhurst Park, volvió a ser una montaña rusa. Ismaïla Sarr y Jean-Philippe Mateta se quedaron pese al interés serio de Liverpool y Aston Villa. Cuestión de resistencia y de músculo negociador. Al mismo tiempo, el club cerró cuatro incorporaciones después de perder en el último suspiro a Malick Fofana, arrebatado por Sunderland en uno de los episodios más intensos del cierre de ventana.

Sage, lejos de dramatizar, ha optado por la calma. Por el control. “Sabía cómo funciona el club y tenía que adaptarme”, explicó al ser preguntado por esa costumbre de apurar hasta el límite, una dinámica que ha llevado a Palace a firmar diez jugadores en el último día de los tres últimos veranos. Para él, el ruido del mercado solo importa si al final llega el perfil adecuado. Y, según su lectura, el club ha cumplido lo básico: encajar las piezas con lo que “se necesita”.

La comparación con Glasner es inevitable. El austríaco, ahora en Nottingham Forest junto a Daniel Muñoz, nunca escondió su enfado por tener que esperar hasta el final para recibir refuerzos, incluso en aquel primer verano de 2024 en el que llegaron cuatro fichajes. Sage no va por ahí. No monta escenas, aunque dentro del club se asume que no quedó satisfecho con la búsqueda de un sustituto de nivel para Maxence Lacroix, vendido a Chelsea en julio.

Su prioridad estaba clara: Ismaëlo Ganiou, central de Lens, uno de los pilares del equipo que, bajo su mando, ganó la Coupe de France y acabó segundo en la Ligue 1 la temporada pasada. El problema fue que Lens no quería saber nada de vender a una de sus joyas. Ganiou firmó renovación a principios de agosto y obligó a Palace a girar el timón.

El casting en defensa fue largo y frustrante. El acuerdo con Joel Ordóñez, de Club Brugge, se cayó porque el ecuatoriano aún se recupera de una fractura en el pie. Los intentos por Chrislain Matsima, de Augsburg, y Raphaël Le Guen, de Brest, tampoco llegaron a puerto. Al final, Axel Disasi y el joven Honest Ahanor, cedido, deberán tapar el agujero que deja Lacroix. Nadie en el club se engaña: la duda no es solo de nivel, sino de liderazgo. El francés mandaba atrás, y eso no se reemplaza con facilidad.

En el centro del campo, la historia fue parecida. Mamadou Sangaré, también de Lens, era otro objetivo prioritario. El maliense eligió Brentford. Y ahí Sage volvió a tirar de sus contactos, esta vez mirando a Lyon, otro de sus antiguos clubes. El elegido: Malick Fofana. Hubo llamadas, insistencia, presión directa del técnico. Todo, para nada. El belga optó por Sunderland en el último día de mercado. “Estoy muy orgulloso de lo que hizo el club”, defendió Sage. “Luchamos mucho y a veces no puedes hacer más. Al final, el jugador decide”.

La gran incógnita es si la llegada de Dario Osorio desde Midtjylland, primero cedido y con obligación de compra el próximo verano por 26 millones de libras, compensará ese golpe. El chileno se mueve sobre todo por la derecha, zona donde Palace ya acumula recursos.

Porque arriba, precisamente, sobran piezas. Dwight McNeil y Evann Guessand se suman a un frente ofensivo en el que también sigue Sarr. Guessand, eso sí, se ha quedado fuera de la lista para la Europa League, un detalle que deja claro el nivel de competencia. En la sala de máquinas, el regreso de Ben Chilwell y la incorporación de Quinten Timber añaden profundidad. Dos movimientos que han ayudado a rebajar la tensión del técnico, igual que la firmeza del club al rechazar ofertas por Adam Wharton. No trascendieron nombres, pero en el entorno se señala a Manchester City y Chelsea como los más interesados. “El club fue fuerte en esa situación y el jugador está totalmente alineado con eso”, apuntó Sage.

Los números del mercado, vistos en frío, dibujan un escenario peculiar. Después de romper su récord de gasto dos veces en enero, por Jørgen Strand Larsen y Brennan Johnson —luego intercambiado por McNeil con Everton—, Palace ha cerrado el verano con casi 40 millones de libras de beneficio neto, la segunda cifra más baja de inversión de la liga, solo por detrás de Aston Villa. En los últimos cinco años, clubes como Hull y Coventry han gastado más que los 90 millones invertidos por Palace, pese a vivir en la Championship.

Sage, sin embargo, no compra el discurso de la queja permanente. Para explicarlo, se va lejos del césped, a su infancia en Belley, en la región de Ain, al este de Francia. Allí vio a sus padres pelear cada día en una brasserie familiar. “No estoy frustrado, no somos un banco”, lanzó. “Hacemos lo que podemos con lo que tenemos. Mis padres tenían un restaurante y yo preferiría que cada día estuviera lleno, pero no siempre era así. Había que lidiar con eso. En el fútbol es lo mismo”.

El problema inmediato no está en el balance contable, sino en la enfermería. Sarr y Mateta no estarán ante Fulham. El segundo vio cómo una lesión en el isquiotibial le cerraba de golpe la puerta de salida y, de paso, lo deja fuera otras tres semanas. Sarr, tocado en la ingle, apunta al duelo ante Ipswich del próximo sábado, aunque Sage admite que el senegalés “necesita tiempo” tras el ruido generado por el interés de Liverpool, que incluso llevó a su agente a emitir un comunicado criticando el trato recibido por el jugador.

Entre la resaca del mercado, las dudas en defensa y las bajas en ataque, el estreno de Sage en Selhurst Park se parece más a la cocina de aquella brasserie familiar que a un laboratorio de alto rendimiento: mucho humo, presión constante, ingredientes que no siempre son los que uno pide. La cuestión, para Palace, es si con esta carta le alcanzará para seguir comiendo en la mesa de los que aspiran a Europa.