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Novak Djokovic y el fin de una racha histórica en el US Open

Nueva York — La noche en que Novak Djokovic miró de frente algo que siempre había conseguido esquivar: el principio del final.

En Arthur Ashe Stadium, donde tantas veces se sintió invencible bajo techo y con focos, el serbio cayó en una primera ronda de Grand Slam por primera vez en 18 años. Lo hizo ante Mariano Navone, argentino, top-50, fajador de circuito, acostumbrado a incomodar a buenos jugadores, pero nunca a tumbar a un mito. Hasta ahora.

El marcador, brutal en su frialdad: 7-6(5), 5-7, 4-6, 6-2, 6-1 para Navone, en 4 horas y 36 minutos. El contexto, aún más demoledor: Djokovic arrastrándose entre vómitos, calambres, una espalda bloqueada, un hombro que no respondía y un cuerpo que pareció envejecer una década en una sola noche.

El fin de una racha imposible

Djokovic no perdía en primera ronda de un Grand Slam desde el Abierto de Australia de 2006, cuando era el número 76 del mundo. Desde entonces había convertido los estrenos en los grandes en un trámite casi rutinario. Setenta y siete victorias seguidas en primeras rondas. Un muro estadístico que parecía intocable.

Hasta este domingo.

Nada encajaba. No con un jugador que llegó a semifinales de Wimbledon hace apenas siete semanas, con un triunfo clásico a cinco sets ante Félix Auger-Aliassime. No con el mejor tenista sobre pista dura de la era moderna. No en sesión nocturna, bajo techo, en su territorio favorito.

Solo había un dato que explicaba algo: Djokovic tiene 39 años. Y casi todos los grandes antes que él dejaron de ser realmente competitivos mucho antes.

Un cuerpo que dice basta

El inicio fue engañoso. Tres saques directos en sus dos primeros juegos al servicio, un 3-0 rápido, la sensación de otra noche de control absoluto. Pero Navone empezó a morder en los peloteos, a alargar puntos, a obligar al serbio a golpear una y otra vez en una humedad densa, pegajosa, aunque no extrema.

La lluvia cambió el decorado. Se cerró el techo, se encendió el aire acondicionado y el clima dejó de importar. El problema ya estaba dentro de la pista. Y dentro del cuerpo de Djokovic.

Devolvió el break inicial, empezó a gesticular, a mirar al box. En el séptimo juego del tercer set, se inclinó sobre un cubo en el lateral y vomitó en pleno juego. Cada intercambio largo le dejaba doblado sobre las rodillas antes del siguiente punto. En los puntos de hasta cuatro golpes mandaba Djokovic. En todo lo que se iba más allá, el dueño era Navone. Y el precio físico, altísimo.

“Una sensación horrible en la pista”, admitió después, exhausto, junto al vestuario. Habló de vómitos, de un problema serio que, según él, arrastra prácticamente en todos sus partidos del año. “Luego todo el cuerpo empieza a colapsar. Calambres, dolor. La espalda se rindió al final, y el hombro, y no pude cerrarlo”. Dijo que llevaba sufriendo desde el cuarto juego. Que está intentando encontrar una solución médica, sin saber si la hay. “Lo intento, tío, lo intento. Vamos a ver”.

Navone no se aparta

Djokovic sabía que solo tenía una vía: ser agresivo, acortar puntos, vivir del saque y del primer golpe. Más aún tras un verano casi vacío de competición: solo un partido desde la derrota en semifinales de Wimbledon ante Jannik Sinner. Aquella caída en tres sets ante quien fue su protegido le dejó tocado. Cuando un aficionado le animó diciendo que podía competir con el número uno del mundo, la respuesta fue un susurro cargado de resignación: “Quizá hace 10 años”.

Después se desconectó. Vacaciones, familia, peloteos suaves con su mujer Jelena y sus hijos Stefan y Tara. Nada que se pareciera a una preparación feroz para la gira de pista dura.

Regresó en Cincinnati. Perdió en su debut ante Thiago Tirante, fundido por el calor y la humedad. Entonces habló de una condición médica que lleva gestionando un par de años, sin detalles. En Nueva York, en la rueda de prensa previa al torneo, aseguró que esa derrota le había dado dos semanas limpias para entrenar, para poner cuerpo y mente en su sitio. Admitió que los estrenos en Grand Slam se le estaban haciendo cada vez más duros. Quería “superar el primer obstáculo y construir desde ahí”.

El primer obstáculo lo atropelló.

Navone no se deshizo ni cuando el guion pedía que lo hiciera. Ganó el primer set en el desempate, algo que durante años fue casi imposible ante Djokovic. Aguantó en el inicio del tercer set, salvando dos bolas de break. El serbio, en el cambio de lado, se aplicó dos bolsas de hielo en la cabeza. Era una imagen: el hombre que siempre parecía controlar el caos, buscando alivio a la desesperada.

En el cuarto set, Djokovic pareció encontrar una rendija. Le rompió el saque, forzó errores, vio la meta. Navone respondió con un contraataque inmediato: break, y otro más en el juego siguiente, con el cuerpo del serbio desmoronándose a la vista de todos.

El golpe definitivo

Antes del quinto set, Djokovic pidió tiempo médico. Masaje en la zona lumbar, un intento de reconstruir algo que se estaba deshaciendo. Pero la historia ya había cambiado.

En el segundo juego del set definitivo llegó la puñalada. Navone le movió de lado a lado, lo atrajo a la red y soltó un revés paralelo que Djokovic no pudo levantar en media volea. El serbio dio unos pasos tambaleantes, cojeó, hizo muecas de dolor. El estadio, lleno, pasó de la excitación al silencio pesado de un velatorio deportivo.

En la grada, Jelena, Stefan y Tara se iban apagando punto a punto, con el gesto cada vez más sombrío.

Djokovic siguió, pero el marcador ya no era un tanteo: era una cuenta atrás. 6-2, 6-1 en los dos últimos sets. Por el camino, lágrimas en el quinto juego del parcial final. Lágrimas de alguien que se sabe lejos de su estándar, en el mismo escenario donde hace cinco años, a un partido del Grand Slam de calendario, jugó uno de sus peores encuentros del año y terminó llorando mientras el público neoyorquino, por primera vez, se volcaba con él.

Esta vez, al irse, giró sobre sí mismo y, hacia cada lado del estadio, dibujó un corazón con los dedos. Un gesto de despedida de la noche, quizá de algo más.

El lobo en invierno

Djokovic llegó a este verano con un documental recién estrenado, “The Wolf in Winter”, una declaración pública de rebeldía ante el invierno de su carrera. El mensaje era claro: no se rinde, no acepta el final.

En Flushing Meadows, la realidad le obligó a mirar ese invierno a los ojos. Lleva tiempo hablando de lo duro que se le hace ya el formato al mejor de cinco sets, de que sus reservas de energía parecen limitadas. Si gasta demasiado en la primera semana, no llega con gasolina a la segunda, cuando el nivel sube de verdad.

Incluso si hubiera ganado a Navone, el partido ya dejaba la sensación de un torneo hipotecado, condenado a un desenlace prematuro. Pero no lo ganó. Lo perdió de la forma más humana posible: con el cuerpo roto y la mente intentando sostener algo que se desmoronaba.

Navone, jugador de tierra batida, con un único título ATP en esa superficie, debutante en la Arthur Ashe, con solo una victoria previa en el cuadro principal del US Open, se marchó con el triunfo más grande de su vida. Djokovic, con 101 títulos en la mochila, tercero en la lista histórica tras Jimmy Connors y Roger Federer, se fue con una pregunta que ya no puede evitar:

¿Hasta cuándo podrá seguir luchando contra el invierno?