Novak Djokovic eliminado por Mariano Navone en el US Open
Novak Djokovic abandonó Arthur Ashe Stadium con la mirada perdida y los ojos vidriosos. No era solo una derrota. Era una escena que pocas veces se ha visto en la carrera del serbio: lágrimas, vómitos, un cuerpo que ya no responde como antes y un joven argentino, Mariano Navone, firmando el partido de su vida.
El número 49 del mundo derribó al 24 veces campeón de Grand Slam en un maratón dramático: 7-6 (7-5), 5-7, 4-6, 6-2 y 6-1, en la primera ronda del US Open. Una frase que hasta hoy parecía ciencia ficción: Djokovic eliminado a las primeras de cambio en Nueva York. No ocurría en un grande desde 2006.
Un inicio engañoso
El guion, al principio, parecía el de siempre. Djokovic, cuarto cabeza de serie, rompió el servicio de Navone a la primera oportunidad y se adelantó 2-0. Control, autoridad, rutina. Pero el espejismo duró poco.
En el séptimo juego, con la humedad pegada a la pista y los peloteos alargándose, algo se quebró. Un intercambio extenuante dejó a Djokovic sin aire, casi vacío. A partir de ahí, el servicio perdió mordiente, los golpes se acortaron y el lenguaje corporal empezó a gritar lo que el marcador aún no decía.
Pidió al médico tras el noveno juego, tomó pastillas, buscó respuestas en el banquillo. No las encontró en la pista. En el tie-break del primer set, mientras Navone mantenía la calma, Djokovic se doblaba entre puntos, la cabeza baja, respiración pesada. El argentino aprovechó la ocasión y se llevó la manga tras 1 hora y 13 minutos. El murmullo en Arthur Ashe se transformó en un silencio denso, casi de preocupación.
El orgullo del campeón
Djokovic ha construido su leyenda sobre noches imposibles. Sobre remontadas que parecían prohibidas para el resto. La pregunta flotaba en el estadio: ¿iba a ser otra más?
La respuesta, durante un rato, pareció afirmativa. Con el techo cerrado y la temperatura algo más amable, el serbio empezó a encontrar algo de vida en sus piernas. El segundo set fue parejo, pero solo Djokovic generó bolas de break. Perdió las primeras oportunidades, en el tercer y quinto juego, pero se agarró al partido con uñas y dientes.
Con 5-5, atacó de nuevo al resto, consiguió el quiebre y cerró el set en blanco con el servicio. Gesto serio, puño apretado, una chispa de su viejo yo. Partido igualado. Sensación de déjà vu: el grande despertaba.
El tercer set pareció confirmarlo. Djokovic se volvió más expresivo, se animaba, gritaba puntos, miraba a su box con rabia competitiva. Con 3-3, volvió a tambalearse físicamente, pero cuando Navone ofreció un juego flojo al saque, el serbio olió sangre. Rompió para 5-4 y aseguró el set con el servicio. 2-1 arriba. Territorio conocido. Esas son las posiciones desde las que, durante más de una década, Djokovic ha cerrado partidos casi por inercia.
Esta vez, no.
El giro brutal
Lo que vino después fue un golpe de realidad. El cuerpo dijo basta.
En el cuarto set, la energía se evaporó. Navone, lejos de encogerse ante el escenario, aceleró. El argentino olió la debilidad y jugó con valentía, soltando el brazo, manteniendo la concentración mientras el favorito se desmoronaba. El 6-2 cayó como una losa sobre Djokovic y sobre un estadio que empezaba a entender que aquella noche no iba a haber milagro.
El quinto set fue casi cruel. Djokovic, exhausto, terminó vomitando en una papelera con toallas, imagen cruda de un campeón atrapado en un cuerpo que ya no acompaña como antes. Navone, imperturbable, siguió ejecutando su plan. El 6-1 final no solo cerró el partido; certificó una de las mayores sorpresas recientes en Flushing Meadows.
Lágrimas, respeto y un récord que se aleja
Al final, Djokovic aún encontró fuerza para sonreír y felicitar a Navone en la red. El argentino, 25 años, vivía la victoria más grande de su carrera. El serbio, 39, veía cómo se apagaba, al menos por ahora, otro intento de alcanzar en solitario los 25 títulos de Grand Slam y dejar atrás definitivamente a Margaret Court.
Camino al vestuario, la coraza se rompió. Djokovic, que durante años se ha alimentado de la adversidad, caminó cabizbajo, al borde de las lágrimas, sin poder sostener ya el gesto de campeón imperturbable.
No es solo una derrota en primera ronda. Es una señal incómoda. Ante un rival que nunca había pasado de la segunda ronda en Nueva York, Djokovic no encontró la salida habitual del laberinto. Esta vez no hubo remontada, no hubo épica, no hubo vuelta de tuerca final.
La noche en Arthur Ashe terminó en silencio, casi con respeto reverencial. No todos los días se asiste, quizá, al inicio del último capítulo de una era. La pregunta ya no es si Djokovic puede seguir compitiendo. La verdadera incógnita es cuántas noches grandes le quedan.






