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Novak Djokovic derrotado en el US Open: Mariano Navone brilla en Nueva York

Novak Djokovic salió a Arthur Ashe con gesto sombrío y cuerpo pesado. Desde los primeros peloteos ante Mariano Navone quedó claro que algo no iba bien. El serbio, habitualmente eléctrico, casi no buscó a la grada, se movía con esfuerzo y, a los pocos juegos, empezó a vomitar en la pista. Tomó pastillas, usó un inhalador, intentó estirarse una y otra vez. Nada bastó.

Marcador brutal: 7-6(5), 5-7, 4-6, 6-2, 6-1 para Navone, número 49 del mundo, sin un solo título ATP en su palmarés.

Cuatro horas y 36 minutos después, el 24 veces campeón de Grand Slam se marchaba derrotado en primera ronda del US Open, algo que no le sucedía desde 2006. Con el techo cerrado por la lluvia, la noche terminó convertida en una de las sorpresas más grandes que ha visto el estadio Arthur Ashe.

Un gigante vulnerable

Djokovic, 39 años, llegaba arrastrando un problema físico del que ya había hablado tras su derrota en Cincinnati, un asunto de salud que, según él mismo, lleva “muchos años” arrastrando. En Nueva York, esa fragilidad dejó de ser un rumor para hacerse imagen: el número 4 del cuadro, doblado sobre la toalla, vomitando varias veces, buscando aire y alivio en cada cambio de lado.

En la grada, su esposa Jelena y sus hijos, Stefan y Tara, asistían en silencio a una escena inédita: el coloso que dominó una era, atrapado en un cuerpo que no respondía. Para completar el círculo, la derrota llegó exactamente 21 años después de su debut en el US Open, aquel 30 de agosto de 2005 ante Gael Monfils. De la irrupción del joven hambriento al veterano que se resiste a ceder, en la misma fecha y en el mismo torneo.

Djokovic se despidió como suele: saludó a las cuatro esquinas, hizo el gesto del corazón con las manos, firmó autógrafos. Pero la historia ya estaba escrita. John McEnroe, en la retransmisión de ESPN, lo resumió con crudeza y admiración: “Creo que esto le viene mejor de lo que parece, porque muestra que es humano. Te da todavía una idea mayor de lo increíbles que han sido sus logros”.

El dato que lo enmarca todo: es la primera vez desde Roland Garros 2003 que ninguno de los tres gigantes —Djokovic, Roger Federer y Rafael Nadal— alcanza la segunda semana de un Grand Slam. Un tiempo se acaba, y la estadística lo grita.

El día de Navone

Al otro lado de la red, Mariano Navone vivió el partido que todo niño que empuña una raqueta sueña alguna vez. Argentino, 49 del mundo, sin títulos, criado admirando precisamente a Djokovic. Y de pronto, ahí estaba: cinco sets en el estadio más grande del tenis, contra el jugador al que muchos consideran el mejor de la historia.

“Esta pista es increíble, es el mayor escenario”, dijo sobre la cancha, todavía con la adrenalina a flor de piel. “Es increíble la forma en que jugamos, cinco sets contra el GOAT no es algo de todos los días. Estoy muy feliz, ¿qué puedo decir?”. No necesitaba decir mucho más. Su cara lo contaba todo.

Navone insistió en lo que significaba enfrentar a su ídolo en ese escenario: “Novak significa mucho para mí. Fue muy duro porque estás jugando contra el GOAT en esta pista, donde él está todos los días cuando juega el US Open. Esto significa mucho, es un sueño hecho realidad. Ahora tengo que recuperarme, creo que son casi las 12, tenemos que ir a dormir”. La frase, sencilla y desarmante, ponía la escena en su sitio: la noche de su vida terminaba como cualquier jornada agotadora, con la necesidad urgente de descanso.

Un partido que cambió de dueño

El arranque ya fue una advertencia. Djokovic se adelantó 4-2 en el primer set, pero el cuerpo comenzó a pasarle factura. El parcial se le escapó en el ‘tie-break’, mientras su lenguaje corporal se apagaba. No había gritos a su banquillo, casi no había miradas a la grada. McEnroe lo subrayó: “Casi ningún reconocimiento al público, excepto cuando entró”.

En el segundo set, el guion pareció girar. Navone se puso 5-4 con un ace a 100 millas por hora. El argentino servía para ponerse dos sets arriba, pero entonces apareció el competidor feroz de siempre. Djokovic le rompió en blanco para el 6-5 y confirmó el quiebre también en blanco. Un set iguales. McEnroe lo dijo al instante: “Y de repente, empieza a parecer Novak Djokovic”.

El tercer set trajo el contraste más duro. Las cámaras captaron al serbio vomitando en el cubo de las toallas, escena que desató bromas de “Boot and rally” de James Blake y el equipo de ESPN. Pese a eso, Djokovic no concedió ni una sola bola de ‘break’ en todo el set. Rompió para 5-4 con un error de derecha de Navone y, por primera vez, llevó la mano a la oreja para encender al estadio. Cerró 6-4. Parecía que la máquina, aunque renqueante, volvía a funcionar.

Pero el cuerpo dijo basta.

En el cuarto set, Djokovic volvió a vomitar. Empezó a estirarse sin parar, buscando alivio en piernas y espalda, amenazado por los calambres. Chris Fowler lo resumió desde la cabina: “Esta noche no está siendo nada divertida para él”. Navone olió la sangre. Le rompió el servicio para 4-2 cuando el serbio mandó ancha una derecha. El set se le fue de las manos al diez veces finalista del US Open, que ya caminaba más que corría.

El derrumbe final

El quinto set fue la caída de un gigante. Con 0-1 y al servicio, Djokovic se vio 0-40. Resistió un par de puntos, pero Navone terminó quebrando para 2-0 con un passing que el serbio no pudo alcanzar tras subir a la red. El argentino consolidó la ventaja, Djokovic sostuvo para 1-3 y el estadio rugió, tratando de empujarle una vez más. El serbio, al borde de las lágrimas, peleaba tanto contra su rival como contra su propio cuerpo.

No hubo remontada esta vez. Navone, valiente y ordenado, jugó con la serenidad de quien no tiene nada que perder y el hambre de quien sabe que está ante una oportunidad irrepetible. El 6-1 del último set no fue solo un marcador, fue la constatación de que Djokovic ya no tenía más gasolina.

El serbio, campeón en Nueva York por última vez en 2023 y diez veces finalista del torneo —con seis derrotas en esa instancia—, sigue persiguiendo un 25º Grand Slam que se resiste. Este año ya había derrotado al número 1 del mundo, Jannik Sinner, para alcanzar la final del Abierto de Australia, y el curso pasado pisó las semifinales en los cuatro grandes. La élite sigue siendo su hábitat natural.

Pero la imagen de Arthur Ashe en esta noche lluviosa deja una pregunta flotando sobre Flushing Meadows: ¿cuánto tiempo más podrá Djokovic seguir desafiando no solo a sus rivales, sino al reloj y a su propio cuerpo?