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Novak Djokovic y su derrota histórica en el US Open

Había lágrimas en los ojos de Novak Djokovic mientras sostenía el saque, ya muy tarde, en el quinto set de su estreno en el US Open. Hace cuatro años, ese habría sido exactamente el momento en el que el serbio activaba el modo asedio: arsenal completo, mente de acero, rival sometido.

Esta vez, las lágrimas contaban otra historia. La de un cuerpo que ya no obedece siempre a la voluntad.

Djokovic cayó 7-6 (5), 5-7, 4-6, 6-2 y 6-1 ante Mariano Navone, en la que es su primera derrota en una primera ronda de Grand Slam desde 2006. Un dato que por sí solo explica el calibre del golpe. Con 39 años y 24 títulos de Grand Slam a sus espaldas, el serbio se asoma a una encrucijada: saldrá del Top 10 y, por primera vez en mucho tiempo, su futuro inmediato en los grandes ya no se da por hecho.

Un cuerpo que dijo basta

La noche neoyorquina parecía, en teoría, un aliado. Sin el sol abrasador típico de la sesión diurna, el escenario apuntaba a una batalla larga, pero manejable para alguien con su historial en partidos a cinco sets.

Sin embargo, menos de una hora después del inicio, todo empezó a torcerse. Djokovic mandaba 3-0 en el primer set y tenía el partido donde quería. De pronto, náuseas, malestar, la energía cayendo en picado. El arranque dominante se esfumó.

En el tercer set llegó a vomitar. En el cuarto y el quinto, los calambres se apoderaron de su cuerpo. Ya no pudo sacar a plena potencia. Cada servicio era un recordatorio de que algo no iba bien. El duelo se extendió hasta las cuatro horas y 36 minutos y le vació por completo, física y mentalmente.

Hubo destellos de siempre: golpes ganadores brillantes, pasantes marca de la casa, ráfagas de tenis de campeón. Pero el balance final fue implacable: 70 errores no forzados. Demasiados, incluso para alguien con su capacidad de rehacerse.

“Creo que era obvio que fue una sensación horrible en la pista para mí”, reconoció después del partido, según recogió The Associated Press. “Esto es algo que, por desgracia, he venido arrastrando prácticamente en cada partido este año”.

Djokovic evitó la rueda de prensa tradicional y se dirigió solo a un pequeño grupo de periodistas, según informó Ben Rothenberg, de Bounces. Allí detalló el derrumbe físico: “Entonces todo mi cuerpo empieza a colapsar, básicamente calambres y dolor”, explicó, añadiendo que su espalda y su hombro “se rindieron”.

El día de Navone, el aviso para Djokovic

Enfrente estaba Mariano Navone, 25 años, primer título ATP Tour en 2026 y una resistencia mental que no se inmutó ante el escenario ni ante el nombre del rival. El argentino jugó profundo, castigó cada bola corta, ganó más del 70% de los puntos con su primer servicio y aprovechó las bolas de break cuando se presentaron.

El partido, sin embargo, giró siempre alrededor de Djokovic. De lo que fue, de lo que todavía es y de lo que puede dejar de ser.

En 2025, el serbio había alcanzado la segunda semana del US Open y cedido en semifinales ante Carlos Alcaraz en sets corridos. Una derrota lógica ante el campeón final, pero que aún confirmaba su vigencia al máximo nivel. Aun así, ya entonces se escribía que, como todos los deportistas, tarde o temprano se encuentra a un rival invencible: el tiempo.

Un año después, las alarmas suenan más fuerte. Djokovic no está acostumbrado a desmoronarse físicamente tan pronto en un torneo grande. Y no es un episodio aislado.

En agosto, en condiciones también durísimas, se despidió a las primeras de cambio en el Masters 1000 de Cincinnati, derrotado 2-6, 6-4 y 6-4 por Thiago Agustin Tirante. En Nueva York llegó a calificar aquel tropiezo como una bendición disfrazada: menos desgaste, más margen para preparar el US Open.

Su plan de los últimos años ha sido claro: priorizar los Grand Slams. Pero a los 39, dosificar el calendario y a la vez llegar con ritmo y cuerpo afinado a partidos al mejor de cinco sets se vuelve una ecuación mucho más compleja. Se necesitan partidos previos, rodaje competitivo, tensión real. Jugar cuatro horas seguidas es un desafío brutal con 19 años; con 39, es una prueba de resistencia extrema.

Y si el sufrimiento aparece a los 30 minutos de un partido largo, el mensaje que envía el cuerpo es inquietante. La temporada ha sido larga en sensaciones, no tanto en volumen: Djokovic solo ha disputado siete torneos en 2026. Eso no ha bastado para blindarle.

¿Y ahora qué?

El interrogante ya flota sobre Flushing Meadows: ¿volverá el año que viene? ¿O hemos visto el principio del final de Djokovic en Nueva York? Durante las próximas dos semanas, el murmullo será constante entre comentaristas, periodistas y aficionados.

La decisión, sin embargo, solo le pertenece a él. Puede seguir en el circuito ATP, quizá alrededor del puesto 20 del ranking, por puro amor al juego. El público lo celebraría, y él podría disfrutar de una versión distinta de su carrera, menos centrada en la tiranía de los grandes títulos.

También puede que el listón que él mismo se ha impuesto —ser candidato real a cada Grand Slam que disputa— le resulte ya demasiado alto si el físico no acompaña. En ese caso, no sería descabellado imaginarle colgando la raqueta antes de lo previsto. Por ahora, hay una pista: este lunes se confirmó su presencia en la lista de inscritos del ATP 500 de Beijing.

Su derrota ante Navone deja una sensación clara: hoy, ser aspirante serio a un Grand Slam depende más que nunca de la fuerza física. Durante años, la mente de Djokovic, su temple en los momentos límite y su capacidad para “cerrar la puerta” a sus rivales le ganaron partidos que parecían perdidos. Puede que esa sola arma ya no alcance.

Al despedirse de Nueva York, dejó un mensaje breve en redes sociales: “Forever grateful, New York”. Dos palabras en inglés, millones de recuerdos y una duda que sobrevuela el circuito: ¿cuántas noches más de Novak Djokovic bajo las luces de Arthur Ashe le quedan al tenis?