Noches infinitas en el US Open: el dilema del tenis moderno
La imagen estaba pensada para ser perfecta. Venus Williams, wildcard en el US Open, de noche en el Arthur Ashe, domingo de estreno, público local entregado, quizá la última gran función en solitario de una leyenda. El guion marcaba horario estelar. La realidad la mandó a jugar pasadas las doce de la noche de un lunes, ante una grada medio vacía y con el cuerpo pidiendo descanso.
Sofia Kenin cerró el trámite en dos sets poco después de las 2 de la madrugada en Nueva York. Venus, 46 años, encadenando su decimoquinta derrota consecutiva en individuales, resumió el sentir de muchos: el horario “no era ideal” y “no fue bueno” ni para ella ni para su rival desde el punto de vista físico.
No es un caso aislado. Es el síntoma más visible de un problema que lleva tiempo enquistado en el circuito: partidos que terminan de madrugada, jugadores agotados, torneos que estiran el calendario al límite y un pulso cada vez más evidente entre la lógica deportiva y la lógica del negocio.
El porqué de las noches infinitas
Tres de los cuatro Grand Slams —Australian Open, Roland Garros y US Open— han abrazado un modelo de doble sesión: día y noche. En Nueva York, el formato es claro: dos partidos en el turno nocturno, uno masculino y uno femenino, a partir de las 19:00, cuando la mayor parte de la jornada ya se ha consumido bajo el sol.
La motivación es tan simple como poderosa: dinero.
Con esa estructura, una misma localidad se vende dos veces. Un aficionado paga por la sesión diurna; otro, por ocupar exactamente el mismo asiento por la noche. Y el segundo paga más. El horario es más cómodo para quien sale de la oficina, el cartel suele ser de mayor perfil y la etiqueta de “primetime” dispara el valor del producto.
Ahí entra en juego la televisión. El US Open se emite en Estados Unidos a través de ESPN, que en 2024 firmó un acuerdo de 2.040 millones de dólares para asegurar todos los partidos del torneo hasta 2037. Un promedio de 170 millones de dólares anuales. No es un detalle menor: la cadena vende espacios publicitarios más caros en horario de máxima audiencia, que en Estados Unidos se estira hacia la noche, con los late shows arrancando en torno a las 23:00.
Cada punto jugado bien entrada la noche alimenta esa maquinaria.
Wimbledon, la excepción que marca contraste
En Londres el libreto es distinto. Wimbledon no divide el día. El juego arranca a las 11:00 y termina, como muy tarde, a las 23:00. Si un partido no ha terminado, se congela y se reanuda al día siguiente.
Los jugadores a veces se desesperan cuando se les detiene a un par de juegos de la victoria. Pero las reglas son claras. Saben a qué atenerse. El público también: nadie se queda atrapado en la Central hasta las tres de la mañana, ni pierde el último tren.
El modelo británico tiene una ventaja estructural: el torneo lo emite la BBC, que no depende de ingresos publicitarios del mismo modo que una cadena privada. La presión para garantizar partidos nocturnos fijos, y exprimir cada minuto de televisión comercializable, no es la misma.
El contraste con Nueva York y Melbourne no es solo de estilo. Es de prioridades.
El argumento de los organizadores
Tras el duelo Venus–Kenin, el US Open no ha hecho declaraciones específicas, pero ya defendió su modelo hace un año. La directora del torneo, Stacey Allaster, explicó en 2023 que el formato de noche se revisó a fondo tras la edición de 2022, pero se decidió mantenerlo.
Se valoró adelantar el inicio de la sesión nocturna a las 18:00, pero se descartó: para muchos neoyorquinos, llegar siquiera a las 19:00 ya es una carrera contra el reloj. También se estudió reducir el turno a un solo partido, una idea que se tumbó con un argumento clave: se consideró “injusto” para los aficionados que pagan por un paquete completo.
Hay un punto que Allaster subrayó y que explica buena parte del caos: el tenis no tiene un tiempo cerrado. Un duelo puede durar una hora o cinco. Un partido a cinco sets puede irse con facilidad más allá de las cuatro horas; uno femenino al máximo de mangas supera sin problema las tres. Dos encuentros encadenados en Arthur Ashe con un descanso mínimo entre ellos pueden llevar al segundo turno a terminar cerca de las tres de la mañana.
Eso fue exactamente lo que ocurrió con Venus y Kenin. Antes, Novak Djokovic había caído ante Mariano Navone en cinco sets, en un pulso que superó las cuatro horas. Cuando por fin las estadounidenses pisaron la pista, el reloj ya rozaba la medianoche. Cuando se marcharon, el gigantesco estadio de 23.933 asientos mostraba amplias zonas vacías.
El espectáculo seguía, pero casi nadie lo estaba viendo en directo.
Un conflicto que va más allá del reloj
El horario es solo una pieza de un tablero más grande. Desde hace años, los jugadores mantienen un pulso con los Grand Slams por el reparto de ingresos y las condiciones de trabajo.
En el centro del debate: la proporción de los beneficios que llega a los tenistas, la acumulación de compromisos mediáticos, el tiempo de recuperación entre partidos… y esas noches interminables que alteran rutinas, descanso y preparación.
En Roland Garros y en Wimbledon, figuras como Coco Gauff, Aryna Sabalenka y Jannik Sinner han limitado sus comparecencias ante la prensa como gesto de protesta ante lo que consideran un entorno desequilibrado. No es una revuelta estridente, pero sí sostenida.
El mensaje ha surtido efecto en parte. Wimbledon y el US Open han anunciado aumentos de premios para 2026. Además, tras la edición actual en Nueva York nacerá un consejo asesor de jugadores específico para los Grand Slams, con el objetivo de darles más peso en las decisiones clave sobre el funcionamiento de los grandes.
Queda por ver hasta dónde querrán —y podrán— llegar. ¿Se atreverá ese nuevo órgano a plantar cara a los horarios extremos? La impopularidad de los finales a horas intempestivas entre la mayoría de tenistas es evidente. La solución, mucho menos.
Si se fuerza un cambio y se recortan las sesiones nocturnas, es probable que los grandes operadores televisivos no estén dispuestos a pagar lo mismo por unos derechos con menos “primetime”. Menos dinero en la caja del torneo significa, casi seguro, menos margen para aumentar premios. El círculo se cierra sobre los propios jugadores.
Por ahora, el pulso sigue en el aire. De un lado, las hojas de cálculo y contratos millonarios. Del otro, cuerpos que se acuestan al amanecer, carreras que se alargan al límite y una pregunta incómoda: ¿cuánto está dispuesto el tenis a sacrificar del juego por mantener encendidas las luces del negocio hasta las dos de la mañana?






