Nikola Jokic: Un Jugador Único en la NBA
Mirando todo lo que Nikola Jokic ha conseguido en sus 12 años de carrera, ya no es una discusión: estamos ante uno de los jugadores más grandes que haya pisado una cancha de la NBA.
El pívot serbio acumula premios que avalan su impacto, pero su verdadero valor se entiende mejor desde la butaca. Si solo eres un aficionado que se sienta a verlo jugar, ya puedes considerarte afortunado. Sus pases poco ortodoxos, su lectura del juego, su juego de pies y ese dominio de espaldas al aro tienen la capacidad de levantarte del asiento cada vez que aparece en pantalla.
A su lado, casi en la sombra, ha estado siempre Ognjen Ogi Stojakovic, asistente de los Denver Nuggets y uno de los arquitectos silenciosos de esta versión pulida hasta el extremo. En una entrevista exclusiva, el técnico serbio recordó que, desde el primer día, supo exactamente el tipo de talento que tenía delante.
“Lo primero que pensé al verlo fue que era una mezcla de talento, y siempre lo dije. Dije Pau Gasol, Steve Nash y Dirk Nowitzki cuando lo vi”, contó Stojakovic a “Basketball Network”.
Para él, las comparaciones no eran un capricho. Steve Nash no era rápido, pero corría sin parar. No era un atleta explosivo, pero anotaba, tenía una variedad enorme de tiros y una visión de juego privilegiada. Pau Gasol, un interior grande y muy técnico, capaz de hacer un poco de todo. Dirk Nowitzki, de nuevo, no un portento físico, pero sí una máquina de anotar. “Estoy orgulloso de haberlo reconocido. Orgulloso de haber tenido el enfoque correcto”, añadió.
Un base atrapado en el cuerpo de un gigante
Con la perspectiva actual, es fácil encontrar rastros de cada uno de esos nombres legendarios en el juego del tres veces MVP. Lo difícil fue verlo cuando Jokic no era más que un chico regordete, lento y poco atlético que llegaba de Europa.
Que ambos sean compatriotas ayudó a crear un vínculo inmediato, pero Jokic se encargó de demostrar que aquello no era solo patriotismo. Tenía madera de histórico. Su visión de cancha y esos pases imposibles recuerdan al Nash de hace dos décadas. Su repertorio ofensivo, los ángulos inverosímiles desde los que anota, evocan a Nowitzki. Su juego de pies, pulcro y paciente, remite al mejor Gasol. Esa mezcla, en un solo jugador, no se había visto.
Un base atrapado en el cuerpo de un pívot, capaz de tirar, rebotear, pasar, botar, jugar al poste y dirigir la ofensiva a un nivel de élite. En más de 80 años de liga, muy pocos pueden entrar en esa conversación.
Stojakovic vio pronto un futuro miembro del Salón de la Fama
En una era en la que la velocidad y la explosión física parecen requisitos indispensables, Jokic decidió subir peldaños a su manera. A contracorriente. Y desde la penumbra del banquillo, Stojakovic entendió rápido lo que Denver tenía entre manos.
Vio destellos de los más grandes en el juego del serbio y reconoció un patrón: todos ellos habían convertido sus aparentes debilidades en fortalezas. Jokic podía hacer lo mismo. Pero el talento, por sí solo, no bastaba.
Ahí entró en escena el trabajo silencioso. Ogi se empeñó en limar defectos, en rellenar huecos, en pulir cada detalle hasta que el juego del “Joker” dejó de tener grietas visibles. No se trataba solo de moldear a un jugador, sino de acompañar la evolución de un fenómeno.
Con el enfoque adecuado, ayudó a transformar a un chico hiperdotado en algo mucho más grande: un futuro miembro del Hall of Fame. Y todo empezó el día en que, ante un joven pívot serbio aparentemente común, Stojakovic se atrevió a ver a Gasol, Nash y Nowitzki dentro del mismo cuerpo.






