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Navone sorprende y elimina a Djokovic en el US Open

NUEVA YORK — En la pista donde tantas veces se sintió invencible, Novak Djokovic se arrastró. Literalmente.

En el Arthur Ashe Stadium, el hombre de los 24 Grand Slams, cuatro veces campeón del US Open y último ganador grande en 2023, apareció con 39 años y una misión clara: volver a dominar Nueva York y atrapar ese ansiado 25º major. Se fue en primera ronda, abatido por Mariano Navone, 7-6(5), 5-7, 4-6, 6-2, 6-1, con el cuerpo al límite y una racha histórica rota de manera brutal.

Setenta y ocho estrenos consecutivos ganados en Grand Slams. Fin.

Primera derrota en sus dos primeras rondas en el US Open tras 37 victorias seguidas. Fin.

Primera caída en un debut de Grand Slam desde el Australian Open de 2006. Fin.

Y, sobre todo, una pregunta flotando en el aire neoyorquino: ¿cuánto le queda realmente a Djokovic?

Un gigante desdibujado

La escena fue desconcertante. Djokovic, el competidor feroz, se mostró apático, lento hacia la silla, tomando pastillas, vomitando, mirando al vacío por momentos. Por tramos pareció más un veterano exhausto que el depredador que ha gobernado el circuito durante casi dos décadas.

Lo pagó ante un Navone valiente, número 49 del mundo, uno de los 11 argentinos en el cuadro masculino, que no se dejó intimidar ni por el escenario ni por el nombre al otro lado de la red.

“Fue muy duro para mí porque estás jugando con el ‘GOAT’ en esta pista”, confesó Navone después, aún con la adrenalina a flor de piel. “Es lo mejor que he vivido en una pista. Esta pista es increíble y el escenario más grande. Jugar cinco sets aquí… estoy muy feliz. No sé, ¿qué puedo decir?”.

El argentino no solo sobrevivió. Se adueñó del momento.

Del 4-1 al derrumbe

Durante media hora, todo parecía escrito. Djokovic salió como tantas otras noches en Nueva York: dominante, agresivo, rápido. Se puso 3-0 y luego 4-1 en el primer set. El guion de siempre. El favorito encaminado hacia una victoria rutinaria ante un debutante en este escenario.

Y de pronto, el partido se rompió.

El serbio empezó a acumular errores no forzados, uno tras otro, casi en cada intercambio importante. El ritmo se volvió espeso. Navone olió la sangre. Le rompió el saque dos veces, igualó 4-4 con un ace cargado de rabia y confianza, y se sentó a cambiar de lado con otra mirada: la de quien ya cree.

En el ‘tie-break’, el argentino mantuvo la calma. Djokovic no. El serbio cerró el set con otro error, una devolución a la red que dejó el estadio en un murmullo incrédulo. Primer golpe.

Orgullo, remontada… y desplome

El segundo set se convirtió en una batalla de nervios. Diez juegos sin un solo break. Ambos sosteniendo el saque, midiendo riesgos, alargando peloteos. Hasta que Djokovic, herido en el orgullo, encadenó ocho puntos seguidos y se llevó el parcial. El Ashe rugió. El campeón aún respiraba.

El tercer set pareció confirmar esa reacción. Djokovic se agarró al partido, encontró una rotura clave, ganó los dos últimos juegos y pidió más ruido a la grada. El gesto de siempre: el puño, la mirada desafiante, la sensación de que el gigante había despertado.

Pero el cuerpo decía otra cosa.

Navone seguía obligándole a trabajar cada punto, con rallies interminables, varios por encima de los 20 golpes. Cada intercambio era una factura más para un físico castigado. Djokovic terminó el partido con 70 errores no forzados. Navone dispuso de 17 bolas de break, aunque solo aprovechó seis. Le bastaron.

En el cuarto set, el argentino dio el zarpazo que cambió el partido para siempre. Logró un break enorme, tomó el mando del marcador y, esta vez, Djokovic no encontró respuesta. El serbio, que llegó a ir un break arriba en ese mismo set, vio cómo su cuerpo empezaba a desconectarse.

Un cuerpo al límite

La imagen más cruda llegó en el tercer set: Djokovic vomitando en la pista. No era un episodio aislado. Ya había sufrido vómitos en su derrota de segunda ronda en el Cincinnati Open ante Thiago Agustín Tirante. Lo que en aquel momento pareció un mal día se ha convertido en un patrón preocupante.

“Creo que fue obvio que fue una sensación horrible para mí en la pista. Es algo que he venido arrastrando, por desgracia, prácticamente en cada partido este año”, admitió Djokovic. “Vómitos, arcadas, un problema serio ahí. Luego todo mi cuerpo empieza a colapsar, básicamente calambres y dolor. La espalda se rindió al final, el hombro también, y no pude cerrarlo.”

La frase que duele más, quizá, es la que resume su impotencia: “Estaba un break arriba en el cuarto, pero sufrí desde el cuarto juego del partido. No quiero quitarle mérito a su victoria. Felicidades para él, es un buen tipo, un luchador. Pero yo no disfruté nada.”

En el quinto set, ya casi no hubo partido. Navone se mantuvo firme, lúcido, agresivo cuando tocaba. Djokovic apenas podía sostenerse. El 6-1 final fue la constatación de una noche que se había torcido mucho antes del último punto.

El encuentro se cerró tras cuatro horas y 36 minutos, con un resto flojo de Djokovic que Navone devolvió sin oposición. No hubo reacción. No hubo último rugido. Solo silencio.

El argentino que se gana la noche

Navone no solo tumbó a una leyenda. Confirmó que su irrupción no es un accidente. En 2024 ya había hecho historia al convertirse en el primer hombre de la Era Open en ser cabeza de serie en su debut en un cuadro principal de Grand Slam, en Roland Garros. Ahora, su nombre se instala en el escaparate grande del tenis mundial.

Su premio inmediato: un duelo de segunda ronda, el 2 de septiembre, ante el ganador del cruce entre Matteo Berrettini y Stan Wawrinka. Otro escenario grande. Otra oportunidad para comprobar si esta noche fue un destello aislado o el principio de algo más serio.

Djokovic abandona Nueva York con más dudas que nunca sobre su cuerpo y su futuro inmediato. Navone, en cambio, se marcha del Arthur Ashe con algo que no se compra ni se entrena: la certeza de que, en la noche en que el ‘GOAT’ se desmoronó, él estuvo listo para ocupar el centro del escenario.