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Naomi Osaka redefine la moda en el US Open

En cada Grand Slam, Naomi Osaka se reserva una entrada que nadie más se atreve a imaginar. En Melbourne desfiló con un traje de medusa espectacular. En París, un vestido dorado, brillante, inspirado en la Torre Eiffel. En Londres, un kimono japonés blanco, sobrio y majestuoso, que encajaba con la tradición de Wimbledon.

Nueva York pedía algo distinto. Y Osaka volvió a subir el listón.

Un manto de titulares para volver a escena

En su regreso al US Open, la cuatro veces campeona de Grand Slam apareció envuelta en una túnica blanca con capucha, casi ceremonial, que parecía pensada para una alfombra roja tanto como para un túnel de vestuarios. No era un simple abrigo: sobre la tela, cosidos como si fueran parches de guerra, aparecían recortes de periódicos con los grandes hitos de su carrera.

Cada paso hacia la pista Arthur Ashe fue un recordatorio visual de todo lo que ya ha hecho… y de lo que todavía puede hacer.

Debajo de ese manto de memoria y titulares, esperaba un contraste absoluto: un conjunto completamente negro, de corte baloncestista, con líneas limpias y aire callejero. Con ese uniforme, Osaka se puso a trabajar.

Y el partido no fue precisamente un paseo.

Dos ‘tie-breaks’, una declaración

Frente a la rusa Anastasia Zakharova, número 101 del mundo, Osaka tuvo que rascar cada punto. El marcador final, 7-6 (8-6), 7-6 (7-3), habla de un duelo apretado, de pequeños márgenes, de la necesidad de mantener la cabeza fría cuando el set se decide en un suspiro.

En los momentos de máxima tensión, la imagen era potente: una Osaka vestida como una escolta de la NBA, clavada en la línea de fondo, soltando golpes pesados bajo las luces de Nueva York. Estética urbana, tenis de élite.

La victoria fue trabajada, casi tozuda. Pero el mensaje fue claro: su tenis sigue ahí, su presencia también.

El eco de Allen Iverson

Al terminar, Osaka explicó el origen de ese look. No venía de una pasarela, sino de un icono: Allen Iverson.

Para ella, el exjugador de la NBA no es solo una estrella del pasado, sino un punto de inflexión en cómo se entiende la moda en el deporte. Osaka lo definió como un pionero, alguien a quien admira profundamente por su impacto en la forma de vestir de los jugadores, por haber empujado la conversación sobre la ropa, el estilo y la expresión personal dentro de la competición.

Iverson cambió el código de vestimenta de toda una liga. Osaka, a su manera, está haciendo lo mismo en el tenis.

En un circuito históricamente encorsetado, donde el blanco de Wimbledon o la sobriedad de ciertos torneos marcaban la norma, la japonesa se ha convertido en un lienzo andante: cada torneo, una idea; cada aparición, un guiño cultural distinto. Esta vez, el puente fue directo entre la pista dura de Flushing Meadows y el asfalto de la NBA.

Más que un outfit, una postura

Osaka no se limita a “vestirse bien”. Utiliza la ropa como relato: de su carrera, de sus referentes, de su manera de entender el deporte. El abrigo con titulares cosidos no es un simple recurso estético, es una declaración de identidad. El uniforme negro tipo baloncesto, una reverencia explícita a una figura que rompió moldes.

En una noche de primera ronda, con un partido en el que tuvo que pelear cada juego, Osaka recordó que su influencia va más allá de la línea de fondo. Gana, sufre, avanza. Y, mientras lo hace, sigue redefiniendo cómo se ve —y cómo se siente— una estrella del tenis moderno.