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Naomi Osaka se recupera y avanza a la tercera ronda en Nueva York

Durante un buen rato, el guion parecía sencillo. Por segundo partido consecutivo en el US Open, Naomi Osaka mandaba con autoridad, marcaba el ritmo y caminaba hacia la victoria sin grandes sobresaltos. Un set arriba, un break de ventaja ante Katerina Siniakova y la sensación de que el regreso a la tercera ronda iba a ser casi un trámite.

No lo fue.

La tensión apareció sin avisar en los juegos finales del segundo set. El brazo se encogió, las decisiones se nublaron y la checa, que hasta entonces sobrevivía más que mandaba, se agarró al partido. Osaka perdió su servicio, perdió el control y, en un suspiro, perdió el set. De la comodidad al abismo: de 6-2 y 5-4 con todo a favor a un 5-7 que la obligaba a jugarse el pase en un tercer parcial.

Ahí emergió otra Osaka. Más fría. Más adulta. Más campeona. Ajustó miradas con su banquillo, respiró hondo y volvió a empezar. En el set decisivo impuso jerarquía, pegó con limpieza, leyó mejor los intercambios largos y no dejó espacio a otra remontada: 6-2, 5-7, 6-1 para sellar el billete a la tercera ronda.

No fue un paseo. Fue un examen de nervios. Y lo aprobó.

Una aspirante que vuelve a parecerlo

Osaka llega a esta gira norteamericana con algo que llevaba tiempo sin tener: resultados sólidos en todas las superficies. Durante años, la tierra batida y la hierba fueron casi estaciones de paso, un puente incómodo hacia el cemento donde siempre se ha sentido en casa. Esta temporada cambió el relato.

Cuarta ronda en Roland Garros. Cuartos de final en Wimbledon. Y, sobre todo, una actuación en Londres que reescribió su relación con la hierba. En el All England Club derrotó en octavos a la número 1 del mundo, Aryna Sabalenka, en uno de los partidos más completos que se le recuerdan en esa superficie. Pagó el esfuerzo después, agotada tras haber alcanzado la final en Bad Homburg la semana anterior, pero el nivel fue el de una jugadora que vuelve a mirar de frente a los grandes títulos.

Desde entonces, Osaka se mueve con una confianza distinta. Y esa confianza trae consigo otra carga: la de la expectativa.

Sus dos primeros partidos en Nueva York lo cuentan bien. En el debut, ante Anastasia Zakharova, ganó por 7-6(6), 7-6(3), pero dejó escapar un break de ventaja en ambos sets y tuvo que cerrar cada manga en el desempate, con nervios a flor de piel. Esta vez, ante Siniakova, el peaje fue mayor: perdió un set entero.

La diferencia es que ahora tiene memoria de campeona para apoyarse cuando el pulso se acelera. Ella misma lo explicaba al hablar de esos terceros sets que parecen precipicios: cuando necesita reagruparse, viaja mentalmente a la final del Australian Open 2019 ante Petra Kvitova, otro partido a tres sets que terminó con el trofeo en sus manos. De ahí tira. De ahí se alimenta. Es la ventaja de quien ya ha estado en casi todos los escenarios posibles.

En Nueva York, donde ya ha levantado el título en 2018 y 2020, esas imágenes pesan a su favor.

Más que tenis: la figura que incomoda

Hablar hoy de Osaka solo en términos de tenis es quedarse corto. Cada aparición en un Grand Slam se ha convertido en un fenómeno que trasciende la pista. Este US Open no es la excepción.

Su indumentaria, esta vez, rinde homenaje a Allen Iverson, icono de la NBA y figura de ruptura cultural. El desfile de atuendos, las presentaciones, el cuidado estético… todo eso genera titulares paralelos al resultado del marcador. Y, con ellos, llegan también las críticas.

Llama la atención porque Osaka, en esencia, es una persona reservada, de perfil bajo en su trato cotidiano. Sin estridencias fuera de la pista. Sin declaraciones incendiarias. Sin embargo, su sola presencia parece encender a un sector de detractores que la acusa de buscar atención, de dispersarse, de no centrarse en el tenis.

Sus problemas de salud mental en 2021, cuando el escrutinio público la golpeó con fuerza, se utilizan a menudo de manera torticera para atacarla por sus elecciones actuales de vestuario, como si fueran incompatibles con su evolución personal en estos años. Como si no pudiera crecer, cambiar, probar, jugar con su imagen.

Buena parte de ese ruido nace de un punto claro: hay quienes no le perdonan su activismo antirracista a principios de la década de 2020. Desde entonces, cualquier gesto suyo se mira con lupa y se juzga con una dureza que rara vez reciben otras jugadoras.

Osaka, en cambio, ha encontrado en la moda un lenguaje propio. Para alguien introvertida, la ropa es una vía de expresión menos invasiva que el micrófono. Habla con colores, cortes y referencias culturales. Y, al final, no deja de ser lo que ella misma recuerda con frecuencia: una deportista que corre detrás de una pelota para entretener a un público. No hay tragedia en un vestido llamativo. Hay espectáculo.

Un cuadro sin concesiones

El tenis, sin embargo, no espera. Y el cuadro de Osaka en este US Open tampoco regala nada. Entre las candidatas al título, pocas tienen un camino tan exigente. En el horizonte asoma un posible cruce en octavos de final con Elena Rybakina, segunda cabeza de serie, una de las pegadoras más temibles del circuito.

Para llegar a ese duelo, primero debe sostener esta mezcla de tenis agresivo y resistencia mental que ha mostrado en sus dos primeras rondas. Ganar mientras aún busca su mejor versión. Sobrevivir a los días irregulares. Ese es el trabajo silencioso de las campeonas en la primera semana de un grande.

Swiatek acelera, Bouzkova castiga y Auger-Aliassime se desploma

En paralelo, el cuadro femenino vio otro paso firme de una campeona del torneo. Iga Swiatek, octava cabeza de serie y ganadora en Nueva York en 2022, avanzó con autoridad a la segunda ronda tras imponerse 6-3, 6-2 a Nadia Podoroska. Partido serio, sin adornos, con la polaca marcando el ritmo desde el resto y dejando la sensación de que su tenis crece a medida que avanza la semana.

La británica Harriet Dart, procedente de la fase previa, no tuvo la misma suerte. Se topó con la solidez de la 25ª cabeza de serie, Marie Bouzkova, y apenas encontró resquicios: 6-2, 6-2 en un duelo controlado de principio a fin por la checa, que castigó cada segundo servicio y desarmó a la británica en los intercambios largos.

En el cuadro masculino, la sorpresa llegó cargada de preocupación. Félix Auger-Aliassime, tercer cabeza de serie y semifinalista el año pasado, se despidió en la segunda ronda, superado por Karen Khachanov por 6-7(5), 6-3, 6-2, 6-2. El canadiense, visiblemente afectado por mareos y malestar físico, vio cómo su tenis se desmoronaba después de un primer set muy competido. Khachanov olió la debilidad, apretó desde el fondo y no soltó el control hasta cerrar el triunfo.

Mientras el torneo avanza, Osaka sigue en pie, con un tenis aún por pulir pero con algo que no se entrena: la memoria de quien ya ha ganado aquí. La pregunta es cuánto podrá estirarla cuando el cuadro empiece a llenarse de nombres grandes y los partidos dejen de permitir errores.