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MMA irrumpe en los Juegos Asiáticos: del ‘human cockfighting’ al sueño olímpico

En una modesta sala de deportes en Nagoya, lejos de los focos cegadores de Las Vegas, el rugido es distinto pero igual de intenso. Sobre un tatami blanco y gris, sin jaula, sin rejas, el Mixed Martial Arts da un paso que puede cambiar su historia: su debut en los Juegos Asiáticos.

Para un deporte que en los años 90 fue demonizado en gran parte de Estados Unidos y tachado de “human cockfighting” por un influyente senador, la escena roza lo impensable. Hoy, esa misma disciplina pelea por algo que hace apenas unas décadas sonaba a ciencia ficción: un lugar en el programa olímpico.

Un tatami en lugar de jaula

El contraste con el espectáculo habitual que ofrece Ultimate Fighting Championship es evidente a primera vista. No hay octágono metálico, no hay malla que frene a los peleadores. Solo el tatami, líneas sobrias y un público reducido pero entregado.

Ese detalle no es menor. Para Galastein Tan, director general de la Federación Internacional de Mixed Martial Arts, la ausencia de jaula conecta con algo más profundo que una simple cuestión estética: encajar en el universo olímpico.

Una valla, admite, “no se alinea realmente con los valores olímpicos”. La adaptación para quienes están acostumbrados a la jaula es real, tanto física como mentalmente. Ya no existe el recurso de apoyarse en la malla para defender un derribo o para castigar en el clinch. El espacio es más abierto, más expuesto. Más olímpico, según la visión de los organizadores.

El paso clave: entrar en el mapa continental

Para Tan, estar en los Juegos Asiáticos es mucho más que una foto de familia con otras disciplinas emergentes. Es una prueba de madurez.

“Incluirse en unos juegos continentales es crítico”, subraya. Significa que el deporte ha demostrado tener una estructura de gobernanza sólida, suficientes federaciones nacionales, un número considerable de atletas, un reglamento definido y oficiales preparados. En otras palabras, que ya no es un espectáculo marginal, sino una disciplina organizada.

En Nagoya, los combates se reparten por categorías masculinas y femeninas. En el tatami se cruzan peleadores de países con tradición pugilística profunda: Tailandia, Kazajistán, Filipinas, Japón como anfitrión. No es casualidad. El MMA bebe de artes marciales que en Asia son casi patrimonio cultural, y ahora regresa a su cuna en formato multideportivo.

Inspirar a los que vienen

Para quienes ya están dentro de la jaula —o del tatami— el impacto va más allá de una medalla. Es una puerta que se abre para las próximas generaciones.

La singapurense Teo Hui Hoon, asegurada ya al menos la plata, lo ve con claridad. El sello de unos Juegos continentales y, en el horizonte, el olímpico, cambia la percepción social del deporte. Lo hace aspiracional.

“Va a ampliar muchísimo la base de talento”, explica. Visualiza a niños y adolescentes viendo el MMA no solo como entretenimiento de fin de semana, sino como un camino deportivo serio. Un itinerario claro: selección nacional, grandes eventos, y, algún día, Juegos Olímpicos.

Ese “camino” es precisamente lo que el MMA nunca tuvo en su versión primigenia, cuando era un producto de nicho, casi clandestino, lejos de las estructuras federativas clásicas que acompañan a deportes como el judo, la lucha o el taekwondo.

Un ring abarrotado de aspirantes olímpicos

El MMA no está solo en esta carrera. Comparte estreno en los Juegos Asiáticos con teqball —una mezcla afilada entre fútbol y tenis de mesa— y con el padel, que se ha disparado en popularidad en medio mundo.

La pugna por entrar en el programa olímpico se ha convertido en una especie de “clasificatorio” político y deportivo permanente. Cada disciplina emergente busca diferenciarse, demostrar impacto global, audiencia joven, viabilidad logística. No hay espacio para todas.

Para el MMA, el camino se antoja empinado. No basta con el espectáculo. Hace falta convencer a quienes deciden en los despachos.

Tan lo asume. Reconoce que ya han iniciado conversaciones con el Comité Olímpico Internacional y con otros actores influyentes en el proceso de reconocimiento. Es diplomacia deportiva en estado puro, con el tatami como argumento principal.

Violencia, percepciones y el fantasma del pasado

El gran obstáculo sigue siendo el mismo que persigue al MMA desde su nacimiento: su imagen. Para muchos, continúa siendo un deporte “demasiado violento”.

La paradoja es evidente. Mientras el UFC se ha convertido en un fenómeno global, con eventos en escenarios icónicos —llegó a instalar su jaula incluso en el South Lawn de la Casa Blanca en junio—, el debate moral no se ha apagado del todo. El recuerdo de aquellos primeros eventos sin apenas regulación, que llevaron a figuras políticas a compararlo con peleas de gallos, todavía pesa.

Hoy el reglamento es mucho más estricto, las medidas de seguridad se han multiplicado y el deporte se presenta como una combinación sofisticada de lucha, estrategia y preparación física extrema. Pero el estigma no desaparece de un plumazo, y el COI lo sabe.

Un solo gobierno para un deporte fragmentado

Hay otro escollo clave: la unidad. Para que una disciplina entre en el programa olímpico, necesita una única autoridad reconocida, un organismo internacional que represente a todo el deporte. En el MMA, ese consenso aún no está plenamente consolidado.

La Federación Internacional de Mixed Martial Arts se presenta como la estructura llamada a liderar ese proceso, pero el ecosistema del MMA está poblado de promotoras, ligas y circuitos privados con enorme peso, empezando por el propio UFC.

Tener a Dana White a favor de la causa olímpica ayuda. El máximo responsable del gigante estadounidense se ha mostrado abiertamente partidario de ver el MMA en unos Juegos. Su apoyo no garantiza nada, pero da volumen mediático a la reivindicación.

Los plazos: Los Ángeles, Brisbane… y lo que venga después

Los tiempos, por ahora, no juegan a favor. Los Ángeles 2028 parece llegar demasiado pronto para una inclusión completa del MMA como deporte de medalla. Brisbane 2032 se perfila como un objetivo algo más realista, pero todavía lejano.

Tan, sin embargo, se resiste a cerrar puertas. “Nada es imposible”, insiste. Confía en que el MMA demuestre al movimiento olímpico que puede conectar tanto con adultos como con jóvenes, que tiene atractivo global y que es capaz de encajar en un calendario ya saturado sin desbordar la logística.

La idea de entrar siquiera como deporte de exhibición en Los Ángeles no se descarta. Si el COI o el comité organizador de LA28 levantan el teléfono y preguntan por la disponibilidad del MMA, la respuesta, asegura Tan, está preparada: “Estamos listos”.

La pregunta ya no es si el MMA se ha ganado un lugar en la conversación olímpica. Eso lo ha logrado en un tatami de Nagoya. La cuestión es cuándo —y quién dentro del propio deporte— será capaz de dar el golpe definitivo para que, algún día, esa primera campanada suene bajo los aros de los cinco anillos.

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