Madison Keys avanza en su US Open número 15
Bajo techo, bajo presión: Keys se agarra a su US Open número 15
En una tarde gris y empapada en Nueva York, con la lluvia paralizando pistas y ánimos, Madison Keys encontró refugio y foco donde más importa: bajo el techo del Arthur Ashe Stadium. Mientras buena parte del cuadro femenino miraba al cielo y a los paneles de horarios, la campeona del Australian Open 2025 cerró con oficio su debut en este US Open: 7-5, 6-4 ante la rusa Alina Korneeva, billete directo a segunda ronda y algo de calma en un torneo que le ha dado de todo… menos indiferencia.
No fue un estreno brillante, fue un estreno maduro. Keys, 31 años, jugadora profesional desde el mismo día que cumplió 14, volvió a tirar de ese colmillo que solo da una década y media en el circuito. Supo esperar, supo aguantar y, cuando el partido lo exigió, apretó justo lo necesario.
Una veterana que aún se siente “joven”
Este es su US Open número 15. La cifra impacta incluso a ella, que lleva días rumiando el peso del dato mientras le recuerdan, una y otra vez, que ya ha pasado más de media vida compitiendo.
Entre risas, admite que le cuesta creerlo. Empezó tan pronto que, como ella misma reconoce, durante años jugó sin comprender del todo el escenario, sin medir la magnitud de lo que tenía delante. Eso la lanzó a la élite casi a ciegas, pero también le permitió vivir el circuito de una forma cruda, directa, sin filtros. Con el tiempo, ha cambiado la persona, no el trabajo. La raqueta sigue siendo la misma herramienta, pero la mirada ya es otra.
En la pista se notó esa evolución. Ante Korneeva, una rival joven y peligrosa, Keys eligió la sobriedad por encima del espectáculo. No necesitaba un partido perfecto; necesitaba un partido sólido. Después de lo que ocurrió hace un año en estas mismas instalaciones, no era poco.
Curar la herida del año pasado
En 2023, Keys sufrió uno de esos golpes que se quedan grabados en la memoria de cualquier jugadora: eliminación en primera ronda ante Renata Zarazúa, entonces número 82 del mundo. Un tropiezo que pesó más por el escenario que por el ranking de la rival.
Esa experiencia flotaba sobre el Arthur Ashe. Y también sobre el vestuario. Keys lo ha contado con claridad: los días previos al debut en un grande se cargan de electricidad. Todo el mundo llega con ilusión, pero a medida que se acerca el primer partido, el ambiente se espesa. Las manos sudan más, las voces se elevan, los nervios se contagian. Es una tensión compartida, casi física.
Esta vez, la estadounidense no dejó que ese ruido interior se comiera su tenis. Cuando el primer set se apretó, cerró el puño. Cuando el segundo amagó con complicarse, se aferró al servicio. Sin alardes, sin dramas. Solo un paso firme hacia la segunda ronda en un torneo que la ha visto caer, levantarse y reinventarse.
Rybakina acelera hacia la cima
En otra esquina del cuadro femenino, Elena Rybakina dio un paso importante en su carrera por el número 1 del mundo. La kazaja se deshizo con autoridad de la joven estadounidense Thea Frodin, invitada de 17 años, por 6-3, 6-2. Un marcador limpio, una actuación sin sobresaltos, justo lo que necesitaba tras las dudas físicas de las últimas semanas.
Rybakina llegó a Nueva York con una incómoda interrogante: ese problema en el pie que la obligó a retirarse en los cuartos de final de Cincinnati ante Iga Swiatek. En el Ashe, al menos por un día, disipó temores. Se movió con soltura, dominó los intercambios y no permitió que la inexperiencia de Frodin se transformara en partido trampa.
La recompensa no es solo el pase a segunda ronda. En la clasificación en vivo ya aparece en el número 1, y el escenario está claro: si alcanza las semifinales y Aryna Sabalenka, Jessica Pegula y Coco Gauff se quedan sin título, Rybakina se convertirá oficialmente en la nueva reina del ranking. Es una carrera de fondo, pero el primer tramo lo ha corrido con paso firme.
Cobolli firma la remontada del día
En el cuadro masculino, el protagonismo se lo llevó un hombre que se negó a irse a casa en silencio. Flavio Cobolli, quinto cabeza de serie y finalista de Roland Garros, sobrevivió a un inicio de pesadilla para sellar una de las grandes remontadas de su carrera ante Francisco Comesaña: 3-6, 2-6, 6-3, 6-4, 6-4.
Durante dos sets, el italiano fue una sombra. Tarde en los golpes, sin ritmo, sin respuestas. Comesaña dictaba, mandaba, se adueñaba del partido. Parecía una cuestión de tiempo.
Entonces, cambió todo.
Cobolli ajustó la devolución, apretó con la derecha y empezó a ganar metros en la pista. El tercer set fue el punto de inflexión: recuperó confianza, encontró líneas, miró a su banquillo con otra cara. A partir de ahí, el encuentro se convirtió en una batalla física y mental en la que el italiano fue creciendo punto a punto.
El cuarto y el quinto set tuvieron el mismo guion: Cobolli se adelantó cuando tocaba, sostuvo su servicio en los momentos críticos y obligó a Comesaña a jugar siempre a la defensiva. No hubo un golpe milagroso ni un punto viral; hubo insistencia, resistencia y una fe tozuda en que todavía quedaba partido.
En una jornada marcada por la lluvia, los retrasos y la impaciencia, tres historias se abrieron paso bajo los focos: la madurez de Keys en su US Open número 15, la ambición silenciosa de Rybakina en su asalto al número 1 y la rebeldía de Cobolli ante la derrota casi escrita. Falta mucho torneo, pero el tono ya está marcado: aquí nadie piensa esperar a que escampe.






