La lluvia y las críticas en el US Open 2023
La lluvia irrumpe en el drama de la pista 7 y salpica también a Craig Tiley
La escena en la pista 7 no podía estar más cargada. Kim Birrell, 3-3 en el tie-break del segundo set ante Petra Marcinko, jugando su temporada en un puñado de puntos. Y, de pronto, paraguas, toallas y espera. La lluvia, invitada no deseada, detuvo el pulso justo cuando el partido ardía.
“Unas gotas de lluvia cayendo aquí, solo para añadir drama”, describía Brenton Speed en la retransmisión de Nine, mientras Birrell y Marcinko se sentaban, cubiertas por los paraguas, mirando un cielo que no entiende de momentos clave. Birrell no tiene margen: necesita ese tie-break para forzar un tercer set. Cada punto pesa como un ladrillo.
Jelena Dokic lo resumió con crudeza desde el micrófono: “Qué momento para parar el juego”. No exageraba. “Es duro para ambas jugadoras. Si juegas un par de puntos flojos aquí, el tie-break está prácticamente hecho”. En un desempate así, un parpadeo puede ser una condena.
El duelo ya había sido adelantado en la programación por la previsión de mal tiempo. No bastó. La lluvia terminó imponiendo su propio horario.
En el Arthur Ashe Stadium, el impacto fue menor. El partido de Novak Djokovic también se detuvo, pero el techo retráctil hizo su trabajo: se cerró, se secó la pista y el juego volvió a rodar. En las pistas exteriores, en cambio, la meteorología volvió a recordar que, sin techo, el tenis es rehén de las nubes.
Tiley, bajo el paraguas de las críticas
Mientras las gotas caían en la pista 7, otra tormenta, esta vez de opinión, empezaba a formarse alrededor de Craig Tiley. El histórico exdirector del Australian Open vive su primer US Open al mando y ya siente el fuego cruzado.
Recién aterrizado en Estados Unidos hace unos meses, Tiley decidió rediseñar el cuadro: la primera ronda se disputa ahora en tres días, no en dos. Es un modelo que ya implantó en Melbourne, donde el torneo arranca en domingo. Entonces lo defendió como una solución a los maratones nocturnos, esos partidos que se iban más allá de la medianoche y destrozaban cualquier lógica de programación.
En Nueva York, el eco es distinto. Hoy, con miles de aficionados en las gradas y menos tenis en juego porque la primera ronda se ha estirado un día más, las críticas han ganado volumen. La sensación de “mucho público, poco partido” se ha instalado en parte de la afición.
Uno de los más duros fue James Denman, que escribió en redes: “the USTA seems to have genuinely f---ed the US Open. I know it’s always busy but this just reads... awful”. Un dardo directo a la nueva estructura del torneo y, por extensión, al hombre que la impulsó.
Tiley, sin embargo, se presentó el domingo en rueda de prensa con una visión ambiciosa. Habló de su sueño de convertir el US Open en una especie de “Disneylandia del tenis”, un parque temático del deporte, una experiencia total más allá de lo que ocurra en la pista. También anunció un aumento del prize money, gesto siempre bien recibido por los jugadores y jugadoras, y argumento de peso para justificar cambios profundos.
El contraste es llamativo: mientras en la pista 7 dos tenistas esperan bajo un paraguas a que el cielo decida si les permite terminar un tie-break decisivo, en los despachos se diseña un torneo que aspira a ser espectáculo permanente, entretenimiento sin pausa, producto perfecto.
La pregunta es inevitable: ¿puede el US Open convertirse en ese “Disneylandia” que imagina Tiley sin perder el pulso competitivo que se vive, precisamente, en momentos crudos como un 3-3 de tie-break bajo la lluvia?






