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Lionel Messi: El adiós del ícono del fútbol argentino

A los 39 años, después de 120 minutos bajo un calor abrasador, Lionel Messi se quedó quieto. Plata al cuello, mirada perdida, los ojos llenos de lágrimas. No era la escena de hace 12 años. No era el final que tantas campañas mediáticas, tan ruidosas como injustas, parecían desear. No hubo bronca, ni gestos grandilocuentes. Solo silencio.

Luego se sentó sobre el césped. El mismo césped del que se había marchado una década atrás convencido de que el fútbol de selecciones le negaría para siempre la gloria. Allí, con calma casi íntima, se desató los botines por última vez como jugador de Argentina.

Sin documental, sin entrevista exclusiva, sin gira de despedida. Fiel a su estilo de siempre, Messi se fue de la Selección como llegó al fútbol: dejando que hablara la pelota. Desde aquel chico de cuatro años en Rosario al que consideraban demasiado pequeño para jugar con los mayores, hasta el capitán que se marcha tras haberlo ganado todo, su mensaje siempre estuvo en sus pies.

El adiós del hombre que lo cambió todo

La confirmación llegó tras un recorrido que no admite discusión: más de dos décadas de carrera internacional, 207 partidos, nueve finales, cuatro títulos grandes con Argentina, coronados por el más deseado de todos en 2022. El último capítulo, sí, es una derrota ante una España claramente superior. Pero ni ese marcador ni ese podio con medalla de plata pueden empañar el torneo que firmó ni, mucho menos, una trayectoria de cuento.

En 2026, con Messi habiendo cumplido cada sueño imaginable, cuesta recordar que durante años su gran “pero” fue la Selección. La frase se repetía hasta el hartazgo: “Con el Barça sí, pero con Argentina no”. No solo llegaba desde rivales. También nacía dentro de su propio país.

Messi y su familia soportaron críticas feroces, faltas de respeto y directamente odio desde sectores de la hinchada y del periodismo argentino. Muchos de esos mismos que hoy lo veneran sin matices. Hicieron falta cuatro finales perdidas, años de frustración, incluso aquella renuncia en caliente tras la derrota con Chile en 2016 —después revertida— para que el viento empezara a girar.

Con Lionel Scaloni en el banco y una guardia pretoriana construida a su alrededor —Rodrigo De Paul, Cristian Romero, Emiliano Martínez—, más el apoyo de viejos soldados como Ángel Di María y Nicolás Otamendi, Argentina armó algo distinto. En 2021, en la casa del máximo rival, la represa se rompió. Y cuando se abrió, ya nadie pudo contener esa ola.

Llegaron Enzo Fernández, Julián Álvarez y una camada que convirtió a la Albiceleste en una máquina. Aplastó a casi todos en su camino (salvo aquel tropiezo ante Arabia Saudita) rumbo a tres títulos más, incluido el Mundial de 2022. “La Scaloneta” dejó de ser un apodo simpático para transformarse en una advertencia: nadie quería cruzarse con ese equipo que jugaba, sufría y celebraba para su capitán.

De “fracaso” a era dorada

Hoy Messi se va de la Selección habiendo presidido su mejor época, una de las más dominantes que haya visto el fútbol de selecciones. Antes de esta última derrota, un chico de segundo grado en Argentina no había visto a su país perder un mano a mano con él en cancha. El jugador señalado durante años como “fracaso internacional” se marcha con una vitrina tan desbordada que algunos de aquellos críticos llegaron al extremo opuesto: acusar que el fútbol de selecciones estaba hecho a su medida.

El fútbol pierde a su gran figura del escenario más alto. Quedan los números, apilados como monumentos: 91 goles en un año natural, ocho Balones de Oro —cuatro antes de cumplir 25—, 1.348 participaciones de gol, 44 títulos. Récords y más récords que sobrevivirán al tiempo. Pero lo que se va no es solo un goleador, ni un coleccionista de trofeos. Se va una parte del alma del juego.

Porque el fútbol no es una ciencia exacta. Es un arte. Y nadie lo encarnó como Messi.

Puede que haya sido el más talentoso de todos, pero el talento no alcanza para explicar cómo volvió a arrastrar a su selección hasta otra final del mundo, superando en rendimiento a estrellas que podrían ser compañeros de sus hijos, mientras su padre agonizaba. Tampoco explica cómo alguien que ya lo ganó todo siguió jugando cada partido como si fuera el último.

Más allá de las estadísticas

Es imposible poner en palabras, de forma justa, el impacto de Messi. Muchos lo han intentado. Todos se quedaron cortos. Tal vez porque lo esencial de su legado no cabe en una planilla de datos.

Cada hincha vivió su carrera de un modo propio. Algunos lo recordarán por aquellas corridas imposibles ante Real Madrid, Athletic Club o Getafe. Otros evocarán los desbordes y devoluciones con Jordi Alba, el engranaje perfecto con Neymar y Luis Suárez, o la conexión con ese mediocampo histórico que lo rodeó en Barcelona. Muchos guardarán en la memoria las imágenes levantando la Champions League, las ligas españolas, y por fin la Copa del Mundo.

“La Pulga” dejó miles de momentos. Pero su mayor valor quizá fue otro: la sensación de estar viendo a alguien que dominó por completo su oficio. Un futbolista que ve, siente y entiende el juego desde un lugar al que nadie más llega. Miles de millones han pateado una pelota. Muy pocos la han cargado con tanta pasión, emoción y felicidad.

Para el que tuvo la fortuna de hinchar por Argentina con él de capitán, o para el que simplemente encendía la televisión para ver “al mejor del mundo”, cada partido era una exhibición de genialidad. Un control orientado. Un pase de primera. Un amague de cuerpo, una gambeta que dejaba a todos quietos. Gestos mínimos que parecían simples, pero que eran imposibles. Y luego estaban esos pases que solo él veía, los ángulos que solo él encontraba, las defensas que solo él rompía. Todo eso, además de ser el máximo goleador que haya dado este deporte.

El niño que nos hizo volver a ser niños

Su retiro de la escena global provoca algo extraño: une el llanto de un nene con la congoja de un adulto. No hace falta haber estudiado nada para entenderlo. El fútbol sigue siendo un juego de chicos por el que los grandes cobran fortunas para jugar, dirigir o analizar. Y hubo un hombre que lo perfeccionó.

Detrás de pizarras, análisis de datos, rutinas de gimnasio y planificación milimétrica, el corazón del juego nunca desapareció. Solo hacía falta alguien como Messi para recordarlo. Para devolvernos, por 90 minutos, a esa infancia en la que un gol lo arreglaba todo. Nadie quiere que se vaya porque nadie quiere que se termine esa ilusión. En el fondo, seguimos siendo ese chico que le ruega que se quede un ratito más.

Muy pocos futbolistas tuvieron al mismo tiempo el talento para ser iconos y la lucidez para liderar como tales. Messi lo hizo con la pelota, pero también con su pasión, su humildad y un amor genuino por el juego. Inspiró a una generación entera.

Esa generación vendió lo que tenía para cruzar el mundo y verlo en vivo. Corrió desde la escuela para no perderse ni un minuto de sus noches mágicas en el viejo Camp Nou. Esa misma generación escaló las divisiones juveniles de Argentina. Esos chicos que crecieron viéndolo por televisión, soñando con apenas entrenar a su lado, dejaron la vida en cada pelota para ayudar a su ídolo a levantar, por fin, la copa que parecía escrita a su nombre.

Se dijo que el fútbol “le debía” un Mundial. Pero fueron los jugadores los que tuvieron que responder en la cancha. Es un deporte colectivo, y ellos lo entendieron. Crecieron viéndolo mover cielo y tierra por su país, sufrir derrotas devastadoras y, pese a todo, volver una y otra vez al punto de partida.

El capitán, el compañero, el amigo

Quizá el mayor homenaje que se le puede hacer a Messi es que, pese a todo lo que hizo dentro del campo, los mensajes que hoy se acumulan de quienes compartieron vestuario con él hablan del hombre. Del capitán, del líder, del compañero, del amigo.

No solo redefinió el juego. Mejoró a quienes lo rodeaban. Su talento es irrepetible, pero su generosidad lo convirtió en alguien fácil de querer para todos: colegas, rivales, hinchas. Esa mezcla explica por qué se marcha de la selección como campeón indiscutido, sin necesidad de debates eternos.

Su carrera no ha terminado. Todo indica, sin embargo, que ya jugó su último gran partido con la camiseta de Argentina. El mundo lo seguirá viendo en Miami, rodeado de amigos, todavía marcando goles —hace apenas una semana hizo cuatro—, pero el escenario de máxima tensión parece haber quedado atrás. Suena injusto: a los 39 años sigue siendo, en cualquier cancha, el mejor jugador. No tiene nada más que demostrar. Ni a los demás. Ni a sí mismo.

Lo que deja es algo más grande que un palmarés. Deja una forma de sentir el juego. Una vara casi inalcanzable para quienes vienen detrás. Y una pregunta inevitable: ¿qué se hace después de haber visto a Messi?