Katie Taylor: La niña del boxeo en Bray
En los primeros años noventa trabajaba para la revista The Big Issue, una iniciativa social que ofrecía a personas afectadas por la pobreza y la falta de vivienda la posibilidad de ganarse un ingreso estable vendiendo el ejemplar en la calle. El lema era claro, casi un manifiesto: “Una mano que impulsa, no una limosna”.
Un día me enviaron a Bray, en el condado de Wicklow, para fotografiar a una niña que, me dijeron, estaba obsesionada con el boxeo. Nada más cruzar la puerta del Bray boxing club, el olor a cuero y sudor viejo marcaba el territorio. Allí me recibió Pete Taylor. A su lado, con guantes casi más grandes que sus brazos, estaba su hija, una chiquilla de 10 años llamada Katie.
Al principio hizo algo de guanteo ligero con su padre, golpeando con furia las manoplas que él le ofrecía. Los impactos sonaban secos, precisos, muy serios para una niña de su edad. Pero el ambiente cambió en cuanto empezó a hacer sparring con un chico del gimnasio. Entonces se encendieron sus ojos.
Katie lo cazaba. No hay otra palabra. Lo persiguió por todo el cuadrilátero, siempre hacia delante, siempre encima de él. El chaval retrocedía, buscaba aire, trataba de encontrar un respiro, pero ella no aflojaba. Paso corto, ajuste de distancia, y otra ráfaga de golpes. Una y otra vez. La insistencia de alguien que, incluso con 10 años, parecía haber decidido que rendirse no era una opción.
Cuando el entrenamiento terminó, el sol empezaba a caer sobre Bray y bañaba el exterior del gimnasio con una luz dorada perfecta para las fotos. Salimos fuera. Ella posó con los guantes aún puestos, el cabello húmedo, la respiración ya más tranquila. Disparé varias veces. En cada encuadre se repetía lo mismo: esa mirada.
En aquellos ojos se veía ya la determinación, la dureza interior, una especie de acero silencioso. No hacía falta imaginar demasiado para intuir lo que podía llegar a ser. Años después, cuando el mundo conocería a Katie Taylor como campeona olímpica y del mundo, bastaba con recordar aquella tarde en Bray para entender que todo, en realidad, había empezado allí. Con una niña, un ring modesto y una decisión inquebrantable de ir siempre hacia delante.






