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Karolína Muchová y Jakub Menšík ganan el US Open 2023

Durante días, la atracción principal del US Open pareció ser un regreso doble: Serena Williams pisando de nuevo las pistas tras cuatro años fuera del circuito y Carlos Alcaraz reapareciendo después de cuatro meses parado por una lesión de muñeca. El martes, la atención se concentró en ellos. El torneo de dobles mixtos parecía casi un decorado.

Para quienes siguieron vivos cuando Serena y Alcaraz se despidieron en cuartos, el verdadero espectáculo llegó el miércoles por la noche, en un Arthur Ashe Stadium iluminado, con un millón de dólares en juego y un título en el horizonte. Ahí, Karolína Muchová y Jakub Menšík aprovecharon el foco y se llevaron el campeonato derrotando a Belinda Bencic y Flavio Cobolli por 6-3, 1-6 y 10-6 en el superdesempate.

Un desenlace que coronó una edición peculiar: el dobles mixto, tantas veces refugio de especialistas, quedó esta vez en manos de singlistas.

Un cuadro reducido, una polémica grande

El torneo vive una reconfiguración profunda desde el año pasado. La organización lo movió a la semana previa al inicio de los cuadros individuales, multiplicó por cinco el premio para los campeones —de 200.000 a 1 millón de dólares— y redujo el cuadro principal a solo 16 parejas. El objetivo: seducir a las grandes estrellas de individuales.

El precio: el enfado de los especialistas, que vieron cómo se les cerraba la puerta de un Grand Slam. La edición de 2025 la ganaron precisamente dos doblistas puros, Sara Errani y Andrea Vavassori, pero el formato —sets a cuatro juegos hasta la final, sin ventajas y con supertiebreak a 10 puntos— alimentó un debate incómodo: ¿se puede llamar “título de Grand Slam” a algo tan comprimido?

Este año, el torneo reaccionó. Se añadió una fase previa de ocho parejas que abrió un resquicio para los especialistas y se armó un cuadro atractivo, impulsado por un reclamo que trasciende rankings: Serena Williams de vuelta en Nueva York por primera vez desde aquel 2022 que sonó a despedida.

Ni siquiera eso blindó el cartel. Para el martes por la noche, el torneo ya había perdido no solo a Serena y Alcaraz, sino también a Novak Djokovic, Aryna Sabalenka, Felix Auger-Aliassime, Alex Eala y los cuatro equipos formados por doblistas puros, todos fuera antes de semifinales.

Lo que quedó en pie no tenía el pedigrí clásico del dobles. Pero tenía algo que este formato demanda casi por contrato: diversión.

Cervezas, colores y confesiones

Belinda Bencic fue directa cuando le preguntaron cómo pensaba matar las horas antes de la final. Respondió “cerveza” y provocó la carcajada del estadio… y un gesto de ligera alarma de Flavio Cobolli a su lado.

Muchová y Menšík, por su parte, se presentaron como pareja casi de catálogo: coordinados en la pista con un look rosa y granate. El detalle tuvo su intrahistoria: cuando Muchová le propuso a Menšík el color, él tuvo que preguntar qué era exactamente el granate.

En la otra semifinal, Mirra Andreeva tiró de sinceridad adolescente: bromeó con que de pequeña estuvo enamorada de Andrey Rublev, nueve años mayor que ella. El circuito, a veces, también es un patio de colegio con raquetas.

Y luego estaban Gael Monfils y Elina Svitolina. Matrimonio desde 2021, padres de una niña de tres años, nunca habían jugado dobles juntos hasta esta semana. Ella, número 9 del mundo; él, 307 del ranking individual, con una invitación especial para el cuadro de singles y un retiro anunciado para final de temporada. Ninguno de los dos ha pasado jamás de semifinales en un grande.

En Nueva York, al menos, se dieron el gusto de rozar otra vez esa barrera.

Monfils y Svitolina se quedan sin gasolina

En la semifinal del miércoles, Monfils y Svitolina entraron con la inercia de dos victorias previas y se llevaron un primer set igualado en un desempate trabajado a base de saques sólidos y peloteos largos. Con 7-7 en el tiebreak, un revés de Bencic golpeó a un Cobolli fuera de sitio y, acto seguido, el italiano encadenó una doble falta que entregó el set.

Cobolli se quedó con la frustración pegada a la cara. Monfils y Svitolina confirmaron la rotura inicial del segundo parcial y el italiano volvió a empezar su turno de saque con otra doble falta. Parecía al borde del colapso.

Ahí cambió todo.

Cobolli salvó triple punto de break y ese juego se convirtió en el punto de inflexión de la noche. A partir de ahí, él y Bencic firmaron el primer break del set en el tercer juego, otra vez remontando desde 0-40, y dos juegos más tarde quebraron a Monfils sin resistencia. Conforme el reloj superó la hora de partido, la pareja francesa empezó a vaciarse, pese al aliento atronador de un Ashe entregado a su carisma.

Los números fueron implacables: Bencic y Cobolli ganaron 21 de los últimos 26 puntos. Se apuntaron el segundo set por 4-1 y remataron el supertiebreak por 10-5. El sueño de la pareja más conocida del cuadro se apagó en seco.

Muchová y Menšík, de la nada al título

La segunda semifinal fue otro tipo de batalla. Más técnica, más pareja, más tensa. Con los 1,96 metros de Menšík imponiéndose en la red y el resto profundo de Muchová, la pareja checa se llevó el primer set en un tiebreak por 8-6, cerrado con una volea de revés exquisita de Muchová.

Andreeva y Rublev respondieron como se espera de dos pegadores de élite: abrieron ángulos, castigaron por las líneas, obligaron a los checos a sudar cada punto. El segundo set cayó de su lado por 5-3 y el superdesempate se convirtió en un tira y afloja constante.

El drama llegó con las bolas de partido. Andreeva y Rublev dispusieron de dos. No las cerraron. Muchová y Menšík, empujados por el saque pesado del joven checo, encadenaron los últimos cuatro puntos del partido y sellaron el pase a la final por 11-9. Apenas tuvieron 17 minutos para respirar antes de volver a la pista para jugar por el título.

Parecía una condena física. No lo fue de inmediato.

En la final, Muchová y Menšík arrancaron como si el reloj no contara. Ocho golpes ganadores, cuatro aces de Menšík y un 6-3 que les puso el trofeo a la vista. Pero Bencic y Cobolli ya habían demostrado antes que no se van del partido sin dejar marca.

El segundo set cambió de color con una rotura sobre el saque de una Muchová titubeante. Con 4-1 arriba, la pareja suiza-italiana se subió a la ola. En el séptimo juego, un derechazo cruzado de Bencic envió el duelo al supertiebreak.

Ahí se mide el pulso. Y el de los checos no tembló.

En el tramo final del desempate, Muchová y Menšík clavaron sus primeros saques. Bencic y Cobolli, en cambio, enviaron tres de cuatro pelotas a la red. Con triple punto de campeonato, Menšík soltó su séptimo ace de la noche. No hizo falta nada más.

Título, un millón de dólares y un trofeo levantado ante un público ya menguante pasada la medianoche.

Un estadio lleno y un torneo que se estira

Aunque las gradas se habían vaciado en el momento de la entrega de trofeos, el mensaje del torneo quedó claro durante toda la semana: el US Open ya no dura dos semanas. Dura tres.

Arthur Ashe estuvo casi lleno para las semifinales del miércoles. Veinticuatro horas antes, el estadio se había abarrotado para una noche de exhibición en honor a Roger Federer, con figuras como Andy Roddick, John McEnroe, Andre Agassi y el propio ganador de 20 grandes compartiendo pista y recuerdos.

En medio de ese calendario expandido, el dobles mixto se ha convertido en un laboratorio: cambios de formato, nuevas fechas, estrellas de singles mezcladas con especialistas que pelean por no perder su espacio. El debate no se va a apagar pronto.

El verdadero objetivo: el cuadro individual

Para Muchová y Menšík, todo esto ha sido, sobre todo, una prólogo. Lo dijeron durante la semana: su foco principal está en el cuadro individual.

Muchová, número 6 del mundo, ya sabe lo que es jugar dos finales de Grand Slam y unas semifinales en Nueva York. Menšík vive la mejor temporada de su carrera y buscará, por primera vez, superar la tercera ronda en Flushing Meadows.

El domingo arrancan los cuadros individuales. El camino hacia otro título en Ashe será mucho más empinado que este sprint de dobles mixto. Pero los checos se llevan algo que no figura en las estadísticas oficiales: la sensación de haber probado cosas nuevas, de haber ganado bajo presión, de haber encontrado confianza en un territorio ajeno.

Y en un torneo que se reinventa a toda velocidad, esa mezcla de ensayo y gloria puede acabar siendo el verdadero valor de este título.