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Jordan Clarkson celebra a Alex Eala en Nueva York

Jordan Clarkson encuentra otra razón para celebrar en Nueva York: se llama Alex Eala.

Días después de coincidir con la joven tenista en el US Open y de conectar de inmediato por sus raíces filipinas compartidas, el escolta de New York Knicks volvió a aparecer, esta vez desde la distancia, con un mensaje sencillo pero cargado de significado en X.

“Alex Eala! Let’s goooooooo”, escribió Clarkson después de que la filipina arrasara a Mary Stoiana por 6-1, 6-2 en el Louis Armstrong Stadium.

Pocas palabras. Mucho detrás.

Un campeón que eligió hacerse pequeño

El vínculo de Clarkson con Eala no es de ocasión. Él sabe, como pocos, lo que supone cargar con las expectativas de un país entero.

El verano pasado aterrizó en Nueva York tras la rescisión de su último año de contrato con Utah Jazz. Venía de ser un anotador de referencia. En su última temporada en Salt Lake City firmó 16,2 puntos, 3,7 asistencias y 3,2 rebotes en 26 minutos por partido. En seis cursos con la franquicia, promedió 17,5 puntos en 28,2 minutos y se llevó el premio al Sixth Man of the Year en la campaña 2020-21.

En Knicks, el guion cambió de golpe.

Firmó por el mínimo de veterano. Pasó a 8,6 puntos, 1,8 rebotes y 1,3 asistencias en 17,8 minutos a lo largo de 72 encuentros, con solo una titularidad. Menos tiros. Menos minutos. Menos protagonismo en una rotación más profunda, pero en un equipo que acabaría levantando el anillo de la NBA.

La franquicia entendió el encaje y este verano lo recompensó con otro acuerdo por un año, de nuevo por el mínimo de veterano, valorado en 3,9 millones de dólares.

Para un ex mejor sexto hombre de la liga, acostumbrado a ser la chispa ofensiva desde el banquillo, no era un ajuste menor. Clarkson sacrificó volumen por una oportunidad real de pelear por el título. Y la apuesta le salió perfecta: primer campeonato y una grada del Madison Square Garden que lo adoptó como uno de sus favoritos.

Aceptó ser menos. Ganó más.

Dos carreras, una misma bandera

Con ese bagaje a cuestas, su apoyo a Eala cobra otra dimensión.

Durante la semana del US Open, cuando se encontraron, Clarkson le habló de algo que va mucho más allá de una pista, ya sea de tenis o de baloncesto: la identidad.

“Cuando tienes sangre filipina, te llevas a todo el país contigo”, le dijo.

Eala está empezando a vivirlo en carne propia. Su victoria en primera ronda ante Stoiana llegó ante un público marcadamente filipino en Queens, con banderas repartidas por todo el Louis Armstrong Stadium. En esas gradas, física o virtualmente, ya está también Clarkson.

Las trayectorias de ambos miran en direcciones distintas. Eala despega. Gana partidos, minutos de televisión y un nombre que ya trasciende el circuito de tenis. Clarkson, con 34 años, ha pasado de ser un anotador de alto volumen a un veterano de rol específico, centrado en exprimir al máximo cada ventana de título que se le presenta.

Comparten algo esencial: un país pendiente de cada paso.

Clarkson convivió durante años con ese peso en la selección de Filipinas. Ahora, mientras Eala se adentra en uno de los torneos más grandes del tenis en la misma ciudad en la que él se ha reinventado, el escolta se ha convertido en una de las voces más ruidosas en su esquina.

Para un jugador que ya comprobó cuánto puede cambiar una carrera cuando se acepta un papel diferente, el mensaje que le lanzó a la joven tenista tiene un eco especial.

Seguir. Siempre seguir.