Hrgovic derrota a Itauma y se corona campeón IBF
Durante años, Moses Itauma fue la leyenda de gimnasio: el chaval que aparecía con uniforme de colegio, se vendaba las manos y daba una lección a profesionales hechos y derechos. En el O2 Arena, con un título mundial en juego y 21 años recién cumplidos, dejó de ser un secreto de vestuario para enfrentarse a la realidad más dura del boxeo grande.
La realidad se llama Filip Hrgovic, 34 años, piel de granito y un doctorado en noches difíciles. El croata aguantó la tormenta, esperó a que el joven se vaciara y acabó llevándose el vacante título mundial pesado IBF cuando el rincón de Itauma tiró la toalla en el noveno asalto. El árbitro detuvo la pelea y, con ella, la racha perfecta del británico, que encajó su primera derrota en su decimoquinto combate profesional.
Durante muchos minutos, sin embargo, pareció otra historia.
El talento manda, hasta que manda el cansancio
Itauma entró al combate como el favorito claro de las casas de apuestas, el protegido de los entendidos, el “elegido” de una nueva generación de pesos pesados. Y lo demostró rápido. Más rápido de manos, más nítido, más seguro. El jab de izquierda encontró una y otra vez el rostro de Hrgovic, al que hizo parecer pesado, casi torpe por momentos.
Su boxeo no engañó a nadie: esto no era humo. Era nivel mundial.
Pero mientras ganaba asaltos, perdía algo más importante. Energía. Reservas. Piernas.
La boca abierta buscando aire, el resorte en las piernas desapareciendo asalto a asalto. El lenguaje corporal empezó a contar una historia diferente a las tarjetas. Hrgovic, que sabe lo que es morder el dolor y sobrevivir a noches largas, se limitó a estar ahí. A ver cómo el tiempo trabajaba para él.
El contraste era brutal: un talento de futuro contra un veterano que ya había pasado por guerras con Zhilei Zhang y Daniel Dubois, que conocía el sabor de estar cortado, cansado, contra las cuerdas… y seguir en pie. “El Animal” había estado en el infierno. Itauma, no.
El punto de quiebre
El octavo asalto fue la metáfora perfecta de la pelea y de la etapa en la que está Itauma. Lanzó más golpes que en ningún otro round, vació lo que le quedaba intentando sacar de ahí a un hombre al que es casi imposible sacar de ahí. Pegó con rabia, con prisa, con la urgencia de quien siente que el reloj se le viene encima.
Hrgovic lo explicó sin adornos después: “Estaba tirando demasiado. Estaba peleando como un amateur. Yo sabía que tenía que aguantar. Quedarme ahí. Se cansará y lo atraparé en los asaltos finales”.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
Sin haber pasado nunca de seis asaltos como profesional, y habiendo admitido antes del combate que ni siquiera había hecho 12 asaltos de sparring en el gimnasio, Itauma entró en un territorio desconocido con un rival que vive precisamente de eso: de no irse, de seguir, de castigar los errores de quien se acelera.
Cuando llegó el noveno, el cuerpo del británico ya no respondía. La esquina leyó el riesgo, lanzó la toalla y el árbitro detuvo la contienda. Un final frío para una pelea que había empezado con tanta electricidad.
El hospital, el susto y la lección
La imagen posterior fue dura. Itauma abandonó el O2 Arena en camilla, rumbo al hospital. El promotor Frank Warren habló de precaución, de protocolo, de la prioridad absoluta de la salud del boxeador. También mencionó un problema en la pierna y el evidente cansancio tras un combate de ritmo altísimo.
No fue la noche en la que se desenmascaró a un fraude. Al contrario. Fue la noche en la que se vio la diferencia entre tener talento de campeón del mundo y estar preparado para gestionar una pelea a 12 asaltos por un título mundial.
Ese matiz separa a los aspirantes de los campeones.
El jab seguía siendo rápido. La barbilla respondió: no hubo un solo golpe que revelara un mentón de cristal. El croata notó la velocidad de manos de Itauma y, por momentos, pareció un paso por detrás. Todo eso se queda. Todo eso cuenta.
Pero no bastó.
La guerra mental y la trampa del KO
La pelea empezó antes del primer tañido de campana. Toda la semana, Hrgovic atacó un solo ángulo: la edad. “Solo un niño”, repetía, despreciando la experiencia del británico. El discurso fue calando y, a medida que avanzaban los días, Itauma se fue irritando. En el pesaje perdió la compostura, empujó al croata y recibió una bofetada como respuesta.
No fue solo teatro. Golpeó donde más duele a un boxeador que se define a sí mismo como cerebral. Itauma devora libros de psicología y autoayuda, habla de fortalecer la mente, se analiza más que la mayoría de chicos de 21 años. Pero el filo entre pensar y sobrepensar es fino, y en los pesos pesados esa línea se cruza rápido.
Una frase que llegó a oídos de Frank Warren le dejó mal sabor: alguien le dijo que Itauma sentía que no sería campeón del mundo “si no lo noqueaba”. Esa obsesión por el KO, tan humana en un pegador joven, fue gasolina para un planteamiento peligroso ante un rival que casi todo el mundo subestimó.
La noche dejó claro que Hrgovic no era el veterano acabado que algunos pintaron. Medallista olímpico de bronce, superviviente de 12 asaltos durísimos con Zhilei Zhang, por delante en dos de las tres cartulinas contra Dubois antes de que las heridas parasen aquella pelea. No era un escalón. Era una montaña.
Responsabilidades y futuro
Las dudas no apuntan solo al boxeador. Un aspirante a campeón del mundo que nunca ha pasado de seis asaltos ni ha hecho 12 de sparring difícilmente puede llegar con la gasolina necesaria a una pelea de este calibre. Ahí entra el equipo, los entrenadores, la planificación. La responsabilidad se comparte.
El talento, sin embargo, está ahí. Warren sigue convencido de que Itauma es uno de los mayores prodigios que ha visto. Y señala el ejemplo de Daniel Dubois, dos veces campeón del mundo, que supo reconstruirse tras derrotas dolorosas y críticas feroces.
El propio Hrgovic, ya con el cinturón IBF en la cintura, dejó un consejo sin veneno: “No te rindas. No pierdas la confianza. Coge unas peleas fáciles, victorias fáciles. Reconstruye y aprende de estos errores. No puedes boxear como un amateur. Es una pelea a 12 asaltos, tienes que dosificarte”.
El contraste con otros casos también pesa. El boxeo británico conoce la otra cara de la moneda: nombres como David Price, que un día fueron el próximo gran peso pesado del país y vieron cómo su aura se deshacía con derrotas encadenadas de las que nunca terminaron de volver.
De invencible a interesante
A partir de ahora, cada gesto de Itauma estará bajo lupa. La respiración. El ritmo. Cómo reparte la energía en los asaltos. Esa grieta, esa humanidad, puede convertirlo en un boxeador todavía más fascinante para el público. El imán del invencible perfecto se ha roto; en su lugar aparece un talento extraordinario al que, de repente, se le ven los bordes.
El chico de uniforme escolar que humillaba profesionales ya sabe lo que es que el cuerpo le falle, que la mente vaya más rápido que los pulmones, que el ring se haga enorme cuando las piernas pesan. La lección está dada.
Ahora falta la respuesta: ¿será este tropiezo el inicio de la caída de un mito prematuro o el primer capítulo de la forja de un verdadero campeón del mundo?






