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Harry Brook desata una tormenta y revive el legado de Pietersen

En Southampton, bajo los focos del primer Vitality T20, Harry Brook no solo firmó un siglo. Firmó una declaración. Inglaterra aplastó a Sri Lanka por 119 carreras, pero el marcador apenas cuenta una parte de la historia: 254-4 en 20 overs, con Brook imparable en 114* de 49 bolas y Jos Buttler martilleando 80 de 44. El resto fue trámite.

El paralelo era inevitable. Cada vez que Brook levantaba el bate, el eco de Kevin Pietersen recorría el Ageas Bowl. Misma ferocidad, misma falta de miedo, mismo instinto por atacar cuando otros se protegen. Pietersen, ahora parte del cuerpo técnico de Inglaterra, observaba cómo su “heredero” de la generación TikTok convertía un partido internacional en una exhibición personal.

El látigo de Brook

Diez fours, seis sixes, y una sensación permanente de que ninguna longitud era segura. Brook castigó a los spinners, golpeó a los seamers, manipuló el campo a su antojo. Su lectura de la longitud, esa fracción de segundo que separa a los buenos de los geniales, lo colocó en el segundo grupo.

No necesitó recurrir a su característico scoop acrobático sobre su propia cabeza y la del wicketkeeper. No hizo falta. El repertorio convencional, ejecutado a una velocidad de pensamiento superior, bastó para destrozar a Sri Lanka.

Su sociedad con Buttler fue devastadora. Tras los 12 del debutante Aneurin Donald, ambos se combinaron para 128 carreras que dejaron el partido sentenciado mucho antes del cambio de entradas. Buttler marcó el tono, pero Brook aceleró el ritmo hasta un punto casi cruel.

“Genio” y “freak”

Desde la televisión, Ben Stokes no se contuvo. El actual capitán de Test, excompañero y viejo admirador de Brook, lanzó un veredicto que resonará durante años en los bares de cricket: el talento de Brook, dijo, está por encima incluso del “genio” de KP. Y remató: “Eres un absoluto fenómeno, Harry”.

No es un comentario aislado. Stokes lleva tiempo viendo en Brook algo más que un gran bateador. Lo ha respaldado públicamente como futuro capitán de Test y lo ha defendido frente a las críticas que suelen acompañar a los jugadores que viven al límite, como antes le ocurrió a Pietersen.

Brook, que tenía solo seis años cuando Pietersen selló los Ashes de 2005 en The Oval y 14 cuando la relación de KP con Inglaterra saltó por los aires tras la serie de 2013-14, creció mirándolo en televisión. “Me encantaba verlo batear cuando era joven”, ha reconocido. Le gustaba su agresión, su empeño en poner siempre al lanzador bajo presión. En eso, Brook se reconoce “bastante similar”.

La comparación ya no es solo estética. Es estadística.

A los 27 años, las cifras de ambos se miran de frente. Pietersen, que terminó su carrera de Test con un promedio de 47,28, rondaba los 49,55 a esta edad. Brook, hoy, se sienta en 53,08, aunque KP tenía dos siglos más a esa altura del camino.

En un día, Pietersen mantiene la ventaja: promedio de 47,87 y seis siglos, frente al 37,43 y tres de Brook. Pero en T20 la balanza se inclina hacia el yorkshireman: el de Southampton fue su segundo siglo en el formato, dos más de los que Pietersen llegó a conseguir.

Donde Brook aún va por detrás es en el terreno de los momentos icónicos. Pietersen tiene el 158 de The Oval que selló los Ashes de 2005 en apenas su quinto Test. Tiene otro 158 en Adelaide frente a Shane Warne y Glenn McGrath. Tiene cuatro series de Ashes ganadas. Brook, de momento, se queda en un máximo de 85 en Ashes y todavía no ha levantado la urna.

Su 317 en Pakistán, en una pista plana, es un monumento estadístico, pero no tiene el mismo peso emocional que los grandes capítulos de KP. Esa es la próxima frontera.

Un monstruo de tres formatos

Lo que sí tiene Brook es una versatilidad que asusta. Desde que fue promovido al número tres en el T20 World Cup de este año, promedia 95,20 con un strike-rate de 200,84. Lleva 288 carreras en el formato desde su última vez despedido. En palabras del exlanzador Steven Finn, lo de Southampton “lo ha consolidado quizá como el mejor bateador de tres formatos del mundo”. En la misma frase, Finn solo se atrevió a colocar a Travis Head y Shubman Gill.

Es cierto que Brook no ha marcado un siglo de Test en el último año, pero aun así promedia 42 en ese periodo. Y su evolución en el cricket de blancos este verano ha sido evidente: más madurez, más control de ritmo, menos golpes regalados sin plan.

El detalle que inclina la balanza en cualquier debate de “mavericks” ingleses es otro: el liderazgo. Mientras la aventura de Pietersen como capitán de Inglaterra duró apenas cinco meses, Brook llega a esta noche con 18 victorias en sus últimos 20 T20 al frente del equipo. Se quedó sin la capitanía de Test, pero en el formato corto dirige con una mezcla de calma y filo que impresiona.

Sri Lanka, sin opción

Con 255 por delante, Sri Lanka nunca pareció realmente en la pelea. Sin Jofra Archer ni Sam Curran, Inglaterra podría haber ofrecido un resquicio. No ocurrió. El ataque, bien manejado por Brook, cerró el partido con una frialdad clínica.

Sonny Baker, joven seamer, firmó su mejor actuación con la camiseta de Inglaterra: 3-12 en cuatro overs, golpeando en los momentos justos y aprovechando la presión del marcador. Solo Dunith Wellalage, con 33 de 21 bolas, ofreció algo de resistencia antes de que el 135 en 19 overs sellara la paliza.

Al final, Brook resumió la noche con una frase sencilla: el rendimiento, dijo, fue “casi perfecto”. Difícil discutirlo.

Inglaterra ha llamado a Pietersen para que ayude a ganar el Mundial de 50 overs del próximo año. Después de una noche como esta, la pregunta es otra: ¿hasta dónde puede llevar Harry Brook a esta selección si convierte noches así en costumbre?