logo

Harry Brook brilla en Southampton y arrasa a Sri Lanka

Harry Brook pudo haberse tomado unas vacaciones. Después de un verano frenético, la opción lógica era descansar, apagar por unas horas el ruido del cricket internacional. A Sri Lanka le habría venido de maravilla que lo hiciera. En cambio, el capitán de Inglaterra apareció en el Rose Bowl con las pilas al máximo, jugó como si acabara de empezar la temporada y firmó una de esas noches que dejan cicatriz en el rival.

Inglaterra ganó por 119 carreras, una paliza incontestable, la 19ª victoria en 22 partidos completados desde que Brook tomó el mando. El dato ya impresiona. La forma en que lo consiguió, todavía más.

Un centenar a toda velocidad

Brook se lanzó hacia el centenar como si tuviera prisa. Alcanzó los 100 en solo 42 bolas. Catorce de esos envíos acabaron en la valla; seis, más allá de ella. Terminó invicto en 114 y lideró un total de 254 que, en cuanto se cerró la primera entrada, ya olía a irremontable.

Su potencia fue lo que más ruido hizo, pero no fue lo único. Corrió como un poseso. Leyó a la perfección las dimensiones del campo, jugó con los ángulos, forzó errores en la defensa visitante y convirtió sencillos en dobles una y otra vez. Sri Lanka no solo sufría cada golpe, también cada sprint.

“Llevo todo el verano sintiendo que estoy cerca en los tres formatos”, explicó Brook. “Siento que me he fallado un par de veces, he tenido oportunidades de hacer una gran entrada y, por suerte, hoy no la he dejado escapar”. No sonó a alivio. Sonó a advertencia.

El número 3 más temido del momento

Las cifras en el puesto de número 3 empiezan a rozar lo absurdo. Este fue su segundo siglo internacional en T20, el otro también este año, en Sri Lanka, ante Pakistan durante el World Cup, la primera vez que ocupó ese lugar en el orden. Desde entonces ha bateado ocho veces en esa posición: dos cientos, dos medias centurias invicto, una media de 95,2 y un índice de bateo de 200,84. Números de videojuego.

No extraña que Ben Stokes, apenas concluida la entrada inglesa, se deshiciera en elogios en X, calificándolo de “absolute freak” y asegurando que “not even the genius of KP could come close to talent-wise”, en referencia a Kevin Pietersen, ahora mentor de bateo. Palabras mayores. Y no precisamente de un aficionado anónimo.

La comparación con Jos Buttler, hasta ahora gran tótem del bateo blanco inglés, también quedó marcada en el césped. Buttler firmó un 80 de 44 bolas, explosivo, con el punto de fortuna de un drop cuando iba por 45. Cualquier otra noche habría sido el protagonista. Esta vez quedó a la sombra de su sucesor como capitán y como faro del equipo.

Un debut fugaz, un castigo inmediato

La historia de Aneurin Donald duró poco. A sus 29 años, el debutante inglés más veterano desde Dawid Malan en 2017 arrancó con descaro: seis y cuatro a Maheesh Theekshana para cerrar el primer over. Parecía un cuento perfecto.

Duró una bola más.

En el tercer over, primer envío de Dunith Wellalage, Donald quiso atacar de nuevo, pero solo consiguió un golpe desviado, alto, recto, cómodo para la defensa. De la ilusión al silencio en un suspiro.

Ese mismo Wellalage, que más tarde sería el máximo anotador de Sri Lanka desde el número 8, pareció encontrar ritmo con un over que dejó un wicket y solo cinco carreras. Inglaterra, por un instante, titubeó. Brook se encargó de apagar cualquier duda: en el siguiente over que enfrentó a Wellalage le castigó con tres seis y tres cuatro. A partir de ahí, el asedio fue constante.

Dos ritmos, un solo ganador

Sri Lanka pidió que Inglaterra bateara primero. La decisión, vista la diferencia de condiciones y ejecución, quedó rápidamente en entredicho. La estadística de puntos muertos lo dice todo: casi el triple de bolas sin carrera para los visitantes respecto a los locales, y poco más de la mitad de los límites.

Tras seis overs, el contraste era brutal. Inglaterra: 90/1. Sri Lanka: 32/3. Partido roto. Misión imposible.

El guion no mejoró para los asiáticos. Sonny Baker, caro en su debut T20 ante Ireland casi exactamente un año atrás, regresó como un lanzador transformado. En cuatro overs se llevó tres wickets y solo concedió 12 carreras. Ritmo, precisión y una agresividad que desarmó cualquier intento de reconstrucción.

Chispazos aislados, nada más

Hubo, eso sí, destellos. Dasun Shanaka conectó dos seis consecutivos a Adil Rashid, ambos con una violencia seca, uno a cada lado de long-off, que levantaron al banquillo visitante. Pareció el inicio de algo. Fue solo un espejismo. La siguiente bola rozó el borde del bate y terminó en los guantes de Buttler.

Quedaba la resistencia de Wellalage, un cameo digno en mitad del naufragio, pero el resto fue un descenso sin freno. Sri Lanka se quedó en 135, todos al vestuario con un over todavía por jugar. El capitán, Charith Asalanka, no maquilló nada: “Fue un día duro para nosotros. En cuanto a cosas positivas, no tuvo nada”. Crudo. Exacto.

El fortín de Southampton

El Rose Bowl se está convirtiendo en un parque de atracciones para Inglaterra. En sus tres últimas visitas, el público ha visto un recital tras otro: victoria por 342 carreras ante South Africa en un one-day internacional de récord, triunfo cómodo frente a India en T20 y ahora esta demolición de Sri Lanka.

La confianza en este escenario crece al mismo ritmo que el aura de Brook. Quedan por delante hasta seis enfrentamientos más entre estos dos equipos antes de Halloween. Si Sri Lanka no encuentra un plan específico para frenar al capitán inglés, el calendario se les puede hacer eterno.

Mientras tanto, la pregunta flota en el aire: con un equipo que domina así y un estadio que responde de esta manera, ¿de verdad sería tan descabellado ver un Ashes Test en Southampton?