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Lewis Hamilton sorprende en Monza con un Ferrari F40

Lewis Hamilton no necesitó dar una sola vuelta para convertirse en el centro de todas las miradas en Monza. Antes de que los motores se encendieran para el Gran Premio de Italia, el siete veces campeón del mundo ya había provocado un murmullo general en el paddock: apareció conduciendo un Ferrari F40, una de las joyas más codiciadas de la historia del automovilismo.

Traje negro impecable, abrigo camel sobre los hombros y una entrada calculada al milímetro. Hamilton llegó al templo de la velocidad con su propio F40, recién restaurado, un coche que compró después de desprenderse de toda su colección de vehículos en 2025. Un gesto que ya entonces sonó a borrón y cuenta nueva. Este F40, en cambio, es todo lo contrario: un regreso a la infancia.

La historia del coche roza lo romántico. El británico encontró esta unidad cubierta de polvo tras más de tres décadas olvidada en un garaje. Tres décadas en silencio para un modelo que nació para rugir. Desde allí viajó a Maranello, donde los mecánicos y técnicos de Ferrari se encargaron de devolverlo a la vida pieza a pieza, tornillo a tornillo.

No se trata de un superdeportivo cualquiera. Ferrari solo fabricó 1.311 unidades del F40 entre 1987 y 1992, un icono de motor V8 biturbo y líneas afiladas que hoy puede alcanzar un valor cercano a los tres millones de dólares. Un coche de póster. De sueño de niño. De obsesión de piloto.

Hamilton no lo esconde. En sus redes sociales dejó claro lo que significa para él: su propio F40 es la materialización de un deseo que arrastra desde que era pequeño. Recordó que, cuando se unió a Ferrari el año pasado, se aseguró de tener uno con él en su primer día en Maranello. Una declaración de intenciones emocional, más allá de lo deportivo.

El detalle que remata la escena es muy suyo: la matrícula personalizada con el número 44, el mismo con el que compite en pista. Un símbolo de identidad grabado en la zaga de una leyenda del motor italiano, ahora en manos del británico que aspira a escribir su último gran capítulo vestido de rojo.

No es la primera vez que Hamilton convierte su llegada a Monza en un espectáculo paralelo. El año pasado ya había acaparado focos cuando apareció para la sesión de clasificación a lomos de una Ducati con los colores de la bandera italiana. Esta vez cambió dos ruedas por cuatro, pero el mensaje fue el mismo: estilo, presencia y una conexión cada vez más evidente con la cultura racing de Italia.

Mientras el paddock comentaba el F40, el trasfondo deportivo asomaba inevitablemente. Ferrari llega a Monza con la presión de un público que siempre exige victoria en casa y con el recuerdo todavía fresco de su último triunfo aquí, en 2024, con Charles Leclerc. Ahora, con Hamilton como nuevo estandarte y un F40 como prólogo perfecto, el desafío es claro: convertir el impacto de su llegada en el paddock en una celebración a lo grande en la pista ante el Tifosi.