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George Chuvalo, el imbatible peso pesado canadiense, ha fallecido

George Chuvalo, el peso pesado canadiense de mentón de granito que soportó los golpes más feroces de los gigantes del boxeo sin besar jamás la lona, ha muerto a los 89 años.

Vivía sus últimos años con demencia en un centro de cuidados de larga duración en Toronto. Falleció el sábado, según comunicaron familiares y amigos en varias publicaciones en línea. El primer ministro de Ontario, Doug Ford, que lo consideraba un amigo de la familia, expresó sus condolencias públicamente: sus pensamientos, dijo, estaban con los seres queridos de Chuvalo en el duelo por su muerte.

El hombre al que ni Ali, ni Frazier, ni Foreman pudieron tumbar

En un deporte construido sobre el derribo del otro, la leyenda de George Chuvalo nació de algo casi contrario: su negativa a caer.

Se mantuvo en pie ante Muhammad Ali en dos combates, en Toronto y Vancouver. Aguantó los bombazos de Joe Frazier. Encajó la potencia brutal de George Foreman. Nadie logró derribarlo.

Su resistencia física se convirtió en mito. Él la explicaba con frialdad casi científica: un cuello de 17,5 pulgadas, fortalecido con ejercicios específicos, que le permitía absorber impactos que habrían deshecho a otros pesos pesados. Pero la imagen que quedó fue otra: un hombre que avanzaba sin descanso, tragando castigo, lanzando golpes al cuerpo y a la cabeza hasta quebrar la voluntad del rival.

Su porcentaje de victorias antes del límite —paró a oponentes en el 88% de sus triunfos— habla de un estilo demoledor, no de un simple saco de golpes. “No puedes creer su fuerza. No hay forma de pararlo. Solo sigue y sigue. La única manera de detenerlo es con un cartucho de dinamita”, describió en su día el canadiense Bill Drover.

Nunca fue campeón mundial. Pero fue, durante décadas, el baremo de la dureza en los pesos pesados.

De un barrio obrero al Madison Square Garden

Hijo de inmigrantes croatas, George Chuvalo nació el 12 de septiembre de 1937 en el barrio de Junction, en Toronto. Descubrió el boxeo casi por accidente, al ver la revista The Ring en un puesto de periódicos. Tenía 10 años cuando cruzó por primera vez las cuerdas de un ring. Un estirón en la adolescencia, sumado a su afición por las pesas, lo convirtió en un peso pesado de 1,83 metros y unos 95 kilos.

Tras una breve carrera amateur, se hizo profesional en 1956. Llamó la atención en el Jack Dempsey Tournament en el mítico Maple Leaf Gardens, pero a principios de los años sesenta su carrera se había estancado, atrapada en una gestión poco eficaz.

Todo cambió cuando el magnate avícola de Toronto, Irv Ungerman, asumió su representación. Bajo su tutela, Chuvalo encadenó victorias hasta llegar a un triunfo clave: un contundente nocaut técnico en el undécimo asalto ante el aspirante Doug Jones en el Madison Square Garden, en 1964. Un año después regresó al gran escenario neoyorquino y perdió por poco ante el excampeón Floyd Patterson, en un combate que The Ring nombró mejor pelea de 1965.

Toronto empezaba a ver en él algo más que un fajador duro. El mundo del boxeo, también.

La noche que se ganó el respeto de Ali

En 1966, el destino lo empujó al mayor escaparate posible. Se encontró disputando el título mundial de los pesos pesados como rival de reemplazo, en un momento en que la militancia de Muhammad Ali en la Nación del Islam y su postura contra la guerra de Vietnam lo habían convertido en figura polémica en Estados Unidos.

Las expectativas eran crueles. Un titular del New York Times lo resumió con desdén: “Bettor’s-Eye View of Chuvalo: A Big Bum With a Lot of Heart”. En esencia, un tipo grande con mucho corazón, pero poco más.

La pelea contó otra historia.

Chuvalo no logró convertirse en el primer campeón mundial canadiense del peso pesado desde Tommy Burns a principios del siglo XX, pero se ganó algo distinto: el respeto absoluto del campeón. Ali lo describió como el hombre más duro al que se había enfrentado hasta entonces. Chuvalo, sin embargo, mantuvo siempre una relación ambivalente con aquel combate, que lo definió ante muchos compatriotas.

“De una manera loca, esa pelea es lo que me define para muchos canadienses, pero me llevó mucho tiempo apreciar lo bien que me hacía sentir”, escribiría en su autobiografía de 2013, “Chuvalo: A Fighter’s Life”, coescrita con Murray Greig.

Lo que sí apreció de inmediato fueron las bolsas que llegaron después. Con su esposa Lynne y cinco hijos en casa, cada gran combate significaba estabilidad económica. Derrotó a aspirantes como Jerry Quarry y Manuel Ramos, y perdió por escaso margen ante Oscar Bonavena y Jimmy Ellis.

En 1967, Joe Frazier lo detuvo por primera vez. El castigo fue tan severo que necesitó un implante de silicona para evitar que un ojo se le cayera. Tres años más tarde, en 1970, el árbitro intervino en el cuarto asalto de su pelea con George Foreman, antes de que la histórica racha de “nunca derribado” corriera peligro real.

En 1972 volvió a medirse con Ali en Vancouver. Esta vez el combate no tuvo la intensidad ni el equilibrio del primero. Se retiró definitivamente seis años más tarde, con una victoria, y un récord de 73 triunfos, 18 derrotas y dos empates, con 64 victorias por nocaut.

La otra pelea, la que no pudo ganar

Si el cuadrilátero nunca lo vio caer, la vida sí lo hizo arrodillarse.

Terminada su carrera, Chuvalo se reinventó una y otra vez. Abrió un club nocturno, obtuvo la licencia de agente inmobiliario, promocionó veladas, presentó un programa de televisión. Incluso apareció en el cine, sufriendo una de las derrotas de pulseada más ridículas de la historia en un cameo en la película The Fly de David Cronenberg.

En 1968, en una entrevista con CBC Radio, fue tajante: no quería que sus cuatro hijos varones fueran boxeadores profesionales. El peligro, intuía, estaba en otro sitio. Y allí no pudo protegerlos.

El menor, Jesse, se enganchó a la heroína después de que se le acabara una receta de analgésicos. Tenía solo 19 años cuando, en 1985, se pegó un tiro mortal. Sus hermanos mayores, George Jr. y Steven, ya eran entonces consumidores de la misma droga y cometían pequeños delitos para financiar el hábito.

Steven hablaría años después, en 1995, en el programa the fifth estate de CBC, de un sentimiento de “inutilidad” compartido por los tres hermanos adictos. Recordó cómo su padre pasó años persiguiéndolos por la ciudad, sacándolos a la fuerza de casas de droga y antros de heroína, empeñado en mantenerlos con vida.

El golpe siguiente fue demoledor. En 1993, George Jr. murió de sobredosis apenas tres días después de salir de la cárcel en Kingston, Ontario. Cuatro días más tarde, Lynne, la esposa de Chuvalo, de 49 años, tomó pastillas y dejó una nota de suicidio. Él confesó al New York Times que nunca pensó que ella llegaría a hacerlo, pero que no le sorprendía: jamás superó el primer entierro de un hijo.

La tragedia no terminó ahí. Steven, que había hablado en televisión de su deseo de hacer sentir orgulloso a su padre, murió de sobredosis ocho meses después de la emisión de aquella entrevista.

Chuvalo, el hombre que había resistido a Ali, Frazier y Foreman, se enfrentaba a una racha de golpes para la que no existía guardia posible.

Un último asalto: hablar de drogas, hablar de dolor

No se rindió. Se volvió a casar. Se aferró a su hijo mayor, Mitch, a su hija Vanessa y a sus nietos. Y transformó su historia en advertencia.

Viajó por todo Canadá, entrando en escuelas, gimnasios, auditorios, hablando sin rodeos a los estudiantes sobre las drogas, sobre el precio real de la adicción. En un reportaje de CBC Radio de 1998, dejó un mensaje directo: quería que, si alguna vez se sentían tentados por las drogas, pensaran en él y en lo que las drogas habían hecho a su familia.

Esa cruzada pública convivió con una batalla privada más silenciosa. En 2017 salieron a la luz conflictos familiares entre sus hijos supervivientes y su segunda esposa, Joanne, en pleno proceso de divorcio. Parte de las disputas giraban en torno al deterioro cognitivo de Chuvalo y a las decisiones sobre su cuidado futuro.

Cinco años después, en un pódcast, Mitch relató que su padre ya no lo reconocía cuando lo visitaba. Para un hombre que siempre habló en ráfagas rápidas, articulado, con chistes a mano y una presencia imponente, el avance de la demencia supuso un golpe especialmente cruel.

Toronto, sin embargo, dejó constancia de lo que representó. En 2019 se inauguró oficialmente el George Chuvalo Community Centre, un centro comunitario de 7.000 pies cuadrados en su barrio de Junction. Un edificio con su nombre, levantado en el lugar donde un niño de 10 años soñó con boxear al ver una revista en un kiosco.

George Chuvalo nunca levantó un cinturón mundial. Dejó algo distinto: la imagen de un hombre que jamás cayó en el ring, pero que no tuvo miedo de mostrar cuán hondo pueden doler los golpes que llegan fuera de las cuerdas.