Estados Unidos conquista su quinto Mundial femenino: remontada y aviso global
La dinastía sigue viva, pero ya no intimida como antes. Estados Unidos levantó en Berlín su quinto título consecutivo de la World Cup femenina con un 97-79 sobre Francia que, durante muchos minutos, olió a sorpresa histórica. El marcador final habla de autoridad. El desarrollo del partido, no tanto.
Francia tuvo contra las cuerdas al gigante. Mandó 31-17 en el segundo cuarto, se fue al descanso por delante (45-43) y jugó una primera parte casi perfecta: ritmo, acierto exterior, descaro. El guion ideal para un asalto al trono. Pero en el tramo decisivo, cuando el aro empezó a encogerse, emergió lo de siempre: experiencia, físico, lectura de partido. Y una rotación estadounidense que, sin brillo deslumbrante, no se pone nerviosa.
El susto francés y la respuesta veterana
El arranque fue un aviso. Francia golpeó primero con la elegancia de Gabby Williams, la energía de Dominique Malonga y un perímetro desatado. Todo lo que tiraban entraba: 8 de 14 en triples en la primera mitad. La defensa estadounidense llegaba tarde, la circulación francesa encontraba ventajas una y otra vez, y Kara Lawson se veía obligada a tirar de tiempos muertos antes de lo previsto.
El 31-17 en el segundo cuarto fue el punto de máxima tensión para las campeonas. Malonga dominaba dentro, Williams castigaba desde fuera y desde la penetración, y nombres como Ayayi, Salaun o Badiane sumaban sin miedo. El plan francés funcionaba: abrir la pista, atacar el closeout, castigar cada desajuste.
Estados Unidos sobrevivió agarrándose a lo más fiable que tiene: Breanna Stewart, Jackie Young y Chelsea Gray. Stewart, sin necesidad de forzar, fue acumulando puntos y rebotes hasta terminar con 22 y 9, rozando el doble-doble. Young (18 puntos) y Gray (12 puntos, 5 asistencias) sostuvieron el ataque cuando el partido amenazaba con romperse. Y en medio del caos, un destello: un triple sobre la bocina del descanso de Caitlin Clark para dejar el 45-43 y recordarle al torneo que ella también estaba ahí.
El tercer cuarto que cambió el Mundial
El partido se giró tras el descanso. No hubo discurso épico visible, ni un parcial demoledor de esos que se recuerdan durante años. Hubo algo más silencioso, pero igual de letal: ajustes defensivos, selección de tiro y paciencia.
Stewart empató nada más salir (45-45). Collier dio la primera ventaja en “siglos”. Francia empezó a fallar tiros que antes parecían sencillos. Johannes se enfrió. Williams dejó de encontrar caminos claros hacia el aro. Cada posesión francesa empezó a costar el doble.
Al otro lado, Estados Unidos olió sangre. Young castigó desde el perímetro. Copper, siempre agresiva, encontró huecos hacia el aro. Gray, incluso cuando fallaba, mandaba. El parcial del tercer cuarto fue devastador en sensaciones: de un 45-40 para Francia al borde del descanso a un 73-57 al final del periodo. El partido, prácticamente decidido.
El momento simbólico llegó con la revisión por “acto de violencia” de una falta dura de Johannes sobre Copper. Cuatro tiros libres, balón para Estados Unidos y la sensación de que, esta vez sí, el gigante había despertado del todo. “Se han caído las ruedas”, se podía leer en el lenguaje corporal francés.
Malonga resiste, pero la brecha es abismal
Francia no se rindió. No es un tópico, fue evidente. Malonga, con 21 puntos, siguió atacando el aro, anotó un triple desde la esquina, forzó contactos, se ganó cada aplauso. Williams, pese a un segundo tiempo mucho más gris tras una primera parte brillante (20 puntos y 7 asistencias en total), se mantuvo al mando de lo que quedaba del plan ofensivo.
Pero el daño ya estaba hecho. Estados Unidos dominó el rebote (36-27), cerró su aro y convirtió cada error francés en transición o en una posesión larga y castigadora. Cuando Copper clavó un triple para devolver la ventaja a 20 puntos en el último cuarto, el desenlace ya no admitía matices.
Lawson, quizá tarde, decidió vaciar el banquillo. Salieron Sonia Citron, Kiki Iriafen y volvió Clark. Se fueron Stewart, Gray y Young, las tres que habían manejado el partido con mano firme cuando ardía. El marcador llegó a 97-79, y solo quedó la anécdota: ¿habría centena? No. Un triple forzado de Howard sobre la bocina de posesión lo evitó.
Clark, entre el ruido y la realidad
El torneo de Caitlin Clark ha estado bajo lupa desde el primer día. En esta final dejó una actuación breve pero eficiente: 12 puntos en algo más de 10 minutos, 4 de 5 en tiros de campo, 2 de 3 en triples, cuatro pérdidas y una técnica por protestar. Un microcosmos de lo que es hoy su juego a este nivel: chispazos de enorme talento, algún exceso de ímpetu, todavía lejos de ser el eje sobre el que gire una selección plagada de veteranas campeonas.
Durante buena parte del torneo, Lawson ha mirado hacia otras cuando el partido se apretaba. En la semifinal ante España, Clark acabó con solo un punto y sin acierto desde el triple. Ante Italia, se quedó en el banquillo en los minutos finales de un duelo tenso. En la final, su impacto fue más puntual que estructural. La jerarquía, por ahora, sigue en manos de Stewart, Gray, Young, Collier y Copper.
Un dominio que ya no asusta… pero no cede
Los números son casi irreales: desde 1994, la selección estadounidense femenina suma un balance de 121-1 en Juegos Olímpicos y Mundiales, con 71 victorias seguidas en las grandes citas. Este quinto Mundial consecutivo amplía una hegemonía que no tiene comparación. Pero algo ha cambiado.
Italia les llevó al límite en la fase de grupos. España les tuvo empatadas entrando en el último cuarto de la semifinal. Francia mandó por 14 en la final y se fue al descanso por delante. El aura de invencibilidad se ha agrietado, y eso, paradójicamente, es una buena noticia para el baloncesto femenino global.
Francia presenta una generación con Williams, Malonga, Salaun y Johannes que no tiene complejo alguno. Ocho de sus jugadoras militan en la WNBA. España sigue compitiendo cada torneo. Italia ya no se encoge. Y Estados Unidos, aunque sigue ganando, necesita cada vez más de su profundidad, de sus ajustes y de la inteligencia de sus veteranas.
Stewart terminó como máxima anotadora estadounidense con 22 puntos y rozando el doble-doble. Young aportó 18 y 5 asistencias. Copper sumó 15, Gray y Clark, 12 cada una. En Francia, Malonga firmó 21 puntos, Williams 20 y 7 asistencias, y Ayayi 8. El rebote, el físico y el fondo de armario marcaron la diferencia cuando el talento se igualó.
La pregunta ya no es si alguien puede ganar a Estados Unidos. Este Mundial ha demostrado que sí. La cuestión, a partir de ahora, es otra: ¿cuánto tiempo más podrán Stewart, Young, Gray y compañía mantener la corona antes de que la generación de Clark, Reese, Bueckers y Boston tenga que defenderla en un mundo que, por fin, ya no les mira desde abajo?






