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Elena Rybakina: Nueva campeona del US Open y número 1 del mundo

Durante años, incluso ya coronada campeona de Grand Slam y capaz de ganar en cualquier superficie, a Elena Rybakina se la miraba como a la gran amenaza… pero nunca como a la referencia. Pegadora devastadora, sí. Capaz de arrasar a cualquiera, también. Pero siempre por detrás, en la conversación, de las jugadoras consideradas más constantes, más duras de cabeza.

Sale de Nueva York convertida en algo distinto: la mejor tenista del planeta. Sin matices. La nueva vara de medir del circuito femenino.

En Flushing Meadows completó la obra que había empezado arrebatándole el número 1 del mundo a Aryna Sabalenka. Ahora también le ha quitado la corona del US Open, sucediéndola como campeona con un 6-4, 5-7, 6-2 en una final que fue otra batalla feroz entre las dos grandes rivales de esta época. Sabalenka llegaba como primera cabeza de serie y campeona defensora de las dos últimas ediciones. Rybakina se marcha con el trofeo… y con el trono.

El título más mental de su carrera

Lo más llamativo es que Rybakina no había mostrado en Nueva York su mejor tenis del año. Pero sí su mejor cabeza. Todo el recorrido hasta el título es, probablemente, la actuación mental más grande de su carrera.

Llegaba tocada del tendón de Aquiles, una lesión que la dejó fuera una semana justo antes del torneo y que la hizo dudar incluso de su participación. Sobre sus hombros, además, el peso asfixiante de la lucha por el número 1, con cálculos, escenarios y recordatorios constantes de lo que necesitaba para lograrlo.

El cuadro no ayudó: cuatro campeonas de Grand Slam u olímpicas de forma consecutiva en la segunda semana. Cada ronda, una trampa. Cada partido, una prueba de carácter. No titubeó en ninguna.

Esa travesía la endureció. La preparó para la final contra la jugadora que mejor conoce sus virtudes y sus grietas. Frente a su gran rival, la kazaja de 27 años jugó con una seguridad que no siempre se le había visto en momentos límite.

Una campeona con el servicio roto

El partido arrancó con un dato que habría hundido a casi cualquiera. La dueña del mejor primer saque del mundo empezó una final de Grand Slam con su arma principal completamente desajustada. Apenas un 27% de primeros servicios dentro en el primer set: solo ocho de 30. Un naufragio estadístico.

Pero el resto de su tenis ardía.

Sin servicio, Rybakina ganó el set dominando todo lo demás. Destruyó el saque de Sabalenka con restos agresivos, se adueñó de los peloteos desde el fondo y martilleó con un revés impecable, sin fisuras. Cada intercambio largo caía de su lado. La bielorrusa, cada vez más descompuesta, no encontraba aire.

Sabalenka, que había sobrevivido a un verano complicado para plantarse en su tercera final consecutiva en Nueva York, sintió el golpe desde muy pronto. Con 2-3 en el primer set, una doble falta le costó el break decisivo. La frustración explotó en el siguiente punto: pelotazo a la grada y aviso de código por parte del juez de silla. Gesto tenso, mirada perdida. Y una sensación constante de oportunidad desperdiciada ante tantos segundos saques de su rival.

Sabalenka responde, pero Rybakina no tiembla

La bielorrusa, sin embargo, no se rindió. Ajustó el saque en el segundo set, encadenó buenos turnos al servicio y por fin encontró ritmo. Rybakina, con un primer saque algo más fiable, empezó a fallar un poco más desde el fondo. El partido se apretó.

Con 5-4, el peso del momento se notó sobre la número 1. Rybakina servía para el título y Sabalenka olió la duda. Un resto de revés paralelo, seco, perfecto, le dio sus primeras bolas de break del partido, dobles puntos de set. De nuevo, segundos saques de la kazaja. De nuevo, tensión en la cara de Sabalenka, incapaz de convertir.

La presión, no obstante, ya estaba instalada sobre el segundo saque de Rybakina. Con 6-5, Sabalenka se abrió paso hasta una tercera bola de set y esta vez no perdonó: otro revés de resto ganador y el partido, al tercer set. El estadio rugía. La campeona de las dos últimas ediciones volvía a cargar.

Y, sin embargo, al otro lado de la red, nada se movió.

Rybakina no gesticuló, no miró al box en busca de respuestas. Se sentó, respiró y salió al set definitivo con una serenidad helada. Esta vez, con el saque encajado. El golpe que le había fallado toda la noche apareció justo cuando más lo necesitaba.

La reina del cemento

El tercer set tuvo dueña desde el primer turno de servicio de la kazaja. Aces, primeros saques profundos, puntos cortos. Rybakina voló por sus juegos al saque y obligó a Sabalenka a seguir un ritmo imposible. Como tantas otras rivales en el último año, la bielorrusa se encontró persiguiendo una sombra.

El contexto engrandece aún más la victoria. Rybakina no solo ha arrebatado el número 1 a Sabalenka. También le ha tomado el trono simbólico de mejor jugadora del mundo en pista dura. Hoy posee los tres títulos más grandes sobre cemento: Australian Open, US Open y WTA Finals.

Con este título se une a nombres como Lindsay Davenport, Jennifer Capriati, Ash Barty, Angelique Kerber y Virginia Wade en el club de las tricampeonas de Grand Slam. Ya tenía Wimbledon 2022 y el Australian Open 2026. Le falta solo Roland Garros para completar el Grand Slam de carrera.

La final de Nueva York fue, además, un capítulo histórico en la rivalidad. Por segunda vez en los 38 años que tanto el Australian Open como el US Open se disputan en pista dura, las mismas dos jugadoras se midieron en ambas finales en la misma temporada. Un duelo raro en cualquier época: las dos mejores del ranking, cara a cara, con el número 1 garantizado para la ganadora.

Cada vez que se cruzan en una gran cita, el listón sube. Tres finales de Grand Slam entre ambas, tres batallas de altísimo nivel. No importa la superficie, ni el continente, ni la presión: se empujan mutuamente hacia su techo.

En Nueva York, ese techo tuvo nombre propio. Elena Rybakina salió con el saque roto, con el tendón de Aquiles tocado y con el peso del número 1 a la espalda. Terminó con un trofeo, un ranking y un mensaje claro para el circuito: la era se mide ahora en función de lo que ella haga.

La pregunta, a partir de hoy, ya no es si puede estar a la altura de las mejores de su generación. Es otra mucho más incómoda para el resto: quién va a pararla en París.