Elena Rybakina conquista el US Open y se convierte en número uno
Elena Rybakina se coronó en Nueva York con la frialdad de una número uno y la contundencia de una campeona destinada a marcar época. Derribó el reino de Aryna Sabalenka en el US Open, doble campeona defensora, con un 6-4, 5-7 y 6-2 que sonó a cambio de guardia en Flushing Meadows.
Ya sabía que el lunes aparecería en lo más alto del ranking, pasara lo que pasara en la final. Pero no se conformó con la matemática: quiso el título, quiso el escenario, quiso destronar en la pista a la jugadora a la que desbanca en la clasificación. Y lo hizo a su manera: sin aspavientos, sin gritos, sin puños al aire. Con hielo en la mirada y fuego en la raqueta.
Duelo de estilos, choque de personalidades
El partido fue algo más que una final. Fue un nuevo capítulo de una rivalidad que se ha ido cargando de matices: el volcán Sabalenka contra el glaciar Rybakina. Dos potencias brutales, dos formas opuestas de gestionar la tensión.
Desde el inicio, la kazaja se mostró más entera. Su primer servicio no funcionó como suele, pero ni siquiera eso la descompuso. Cuando la mejor arma se le encasquilló, tiró de la segunda: una devolución profunda, agresiva, que empujó a Sabalenka hacia atrás y la llenó de frustración. El 6-4 del primer set reflejó exactamente eso: una jugadora que sabía leer el momento y otra atrapada entre errores y gestos de rabia.
Sabalenka reaccionó. Sus golpes de fondo empezaron a encontrar pista, el margen de error se redujo y el partido se apretó en el segundo set. La bielorrusa, herida en su orgullo y con el número uno ya perdido, se lanzó sobre el segundo saque de Rybakina, especialmente en el duodécimo juego. A la tercera oportunidad, rompió y se llevó el parcial por 7-5, obligando a una manga definitiva que parecía abrir de nuevo todas las puertas.
Cuando la presión pesa y el hielo no se derrite
Ahí, en el arranque del tercer set, se vio la diferencia entre ambas. Lo que había recuperado Sabalenka en confianza lo perdió en control. Volvieron los golpes sueltos, las dudas, la negatividad. Justo cuando necesitaba calma, reapareció el ruido.
Rybakina olió la debilidad. Se plantó sobre la línea de fondo, devoluciones profundas, pesadas, que clavaron a Sabalenka en la línea de base y la obligaron a pegar siempre desde atrás. El quiebre para el 2-1 fue una declaración de intenciones: la futura número uno ya mandaba en el juego y en el marcador.
Desde ahí, la final se inclinó de forma clara. Cada punto ganado por la kazaja agrandaba su figura y empequeñecía la de su rival. La serenidad de Rybakina contrastaba con la gesticulación de Sabalenka, que no encontró plan B. El 6-2 final no fue una paliza, pero sí una superioridad incontestable en el tramo decisivo.
Hubo un pequeño temblor justo al borde de la gloria. En su primer punto de campeonato, Rybakina cometió una doble falta. Un instante humano. Un resquicio de nervios en una jugadora que parece de piedra. Pero lo borró al instante con un ace demoledor, como una firma al pie de un manifiesto: ahora mismo, es la mejor del mundo.
Una temporada gigante y una deuda saldada con Nueva York
Con este título, Rybakina suma ya tres Grand Slams: Wimbledon 2022, Australian Open este año y ahora el US Open. Solo le falta Roland Garros para completar el Grand Slam de carrera. Está, literalmente, a un título de entrar en un club reservado a muy pocas.
Lo llamativo es dónde lo ha conseguido. Nueva York nunca había sido su territorio. Ella misma lo reconoció: llevaba una década viniendo sin éxito. Un tenis de primer golpe, un servicio penetrante y golpes de fondo que arrasan no habían terminado de cuajar en las pistas duras de Flushing Meadows. Quizá por carácter, quizá por la energía estridente de la ciudad, tan alejada de su perfil contenido.
Esta vez, todo fue distinto. Y lo fue, además, después de un susto serio. Rybakina llegó al torneo sin saber siquiera si podría jugar. La lesión de tobillo sufrida en los cuartos de final de Cincinnati la dejó varios días sin poder caminar. Su presencia en el US Open estuvo realmente en duda.
No solo jugó. Dominó. Arrasó en sus cuatro primeros partidos, protegida por un servicio imponente que apenas dejó opciones a sus rivales para entrar en los puntos. Cuando el torneo subió de nivel, respondió igual. Ante Zheng Qinwen y la ídolo local Coco Gauff, empezó perdiendo el primer set, pero resistió, ajustó y remontó. Demostró que no solo tiene pólvora, también tiene fondo, paciencia y capacidad para sufrir.
Frente a Sabalenka, reunió todo: la agresividad desde el fondo, la precisión con el saque, la calma para aguantar los vaivenes del marcador. Fue una final que la coloca a un solo Roland Garros de completar el círculo.
Rybakina rara vez deja escapar emociones. Apenas un gesto, una sonrisa leve, se le escapó cuando cerró el partido y se aseguró su segundo grande del año. Bastó ese destello para entenderlo todo: la liberación tras años de frustraciones en Nueva York, la confirmación de una temporada enorme y la certeza de que ya no es solo una campeona puntual, sino la referencia del circuito.
El ranking lo certifica. El US Open lo ha escenificado. La pregunta, ahora, no es si merece ser número uno. Es cuánto tiempo podrá el resto arrebatarle ese trono.






