El desafío de ganar un Grand Slam en el tenis
En el tenis de élite, el talento, el físico y las horas de pista ya no bastan. Para ganar un Grand Slam hace falta algo más incómodo, más irracional: la certeza de que puedes derrotar a cualquiera cuando el mundo entero te mira. Una fe ciega. O, como lo define Taylor Fritz, cierta dosis de “delirio”.
El estadounidense, número 10 del mundo, forma parte de esa generación de aspirantes que aún no ha levantado un grande… y que, en Nueva York, ha dejado escapar otra oportunidad de oro.
Un cuadro abierto… que se les escurre
Con Jannik Sinner fuera por lesión y Carlos Alcaraz regresando tras una larga ausencia por problemas físicos, el US Open se presentaba como un torneo ideal para que las principales cabezas de serie se colaran por la rendija. El contexto invitaba al asalto.
La realidad ha sido otra. Seis de los diez primeros del ranking cayeron antes de los octavos de final en Flushing Meadows. Entre ellos, Fritz, que dejó escapar una ventaja de dos sets ante el argentino Francisco Cerúndolo en tercera ronda. Una derrota que duele más por la forma que por el rival.
Daniil Medvedev, campeón en Nueva York en el pasado, se despidió en octavos. Con su eliminación, el cuadro masculino se ha quedado con solo tres top-10 en pie: el primer cabeza de serie Alexander Zverev, el defensor del título Alcaraz y el octavo preclasificado Ben Shelton.
“Esto te muestra lo parejo que está el circuito, lo ajustado que es cada partido, lo difícil que es ganar”, explicó Cerúndolo, sembrado 24. “Ahora mismo puede pasar cualquier cosa”.
Y, sin embargo, no todo es caos. Dos nombres siguen marcando la pauta.
El peso de una era Sinner–Alcaraz
Sinner y Alcaraz han ganado 10 de los últimos 11 títulos de Grand Slam en el cuadro masculino. Esa hegemonía, todavía joven, aplasta a una generación que ve cómo cada oportunidad se reduce a pequeños resquicios.
Fritz, en una entrevista con The Guardian a comienzos de año, fue directo: a sus 28 años, admite que sentirá un “vacío” al final de su carrera si no conquista un grande. No habla de ambición, habla de necesidad.
Zverev, número dos del mundo, ya rompió esa barrera en Roland Garros. Después confesó que durante los grandes torneos anteriores “no podía dormir” y “no comía” por los nervios. La presión le devoraba. Una vez abierto el grifo en París, el alemán de 29 años enlazó con la final de Wimbledon —perdida ante Sinner— y ahora sigue vivo en Nueva York, aunque lejos de su mejor versión.
Avanza a trompicones por su lado del cuadro, pero sabe lo que le espera al fondo del pasillo: la sombra de Alcaraz, cada vez más afilado con cada victoria. El español, tras cuatro meses sin competir, vuelve a proyectar la sensación de inevitabilidad.
“El duelo a dos entre Sinner y Alcaraz no es sano para el circuito”, opinó Pat Cash, campeón de Wimbledon, en BBC Radio 5 Live. “Con cada triunfo, Alcaraz se convierte más en favorito. Cuatro meses parado, sin partidos, y aun así puede ganar el US Open”.
Cansancio, golpes de calor y un top-10 discutido
La presión explica parte del derrumbe de las cabezas de serie. No todo. Hay quien mira al top-10 —sin contar a Sinner y Alcaraz— y lo ve más vulnerable que en otras épocas recientes.
El último grande del año llega tras una temporada larga, exigente y, para muchos, agotadora. El cuarto cabeza de serie, Novak Djokovic, se despidió a las primeras de cambio, traicionado por un cuerpo que ya acusa el paso del tiempo. El tercer preclasificado, Felix Auger-Aliassime, habló de mareos tras su derrota en segunda ronda.
El quinto favorito, Flavio Cobolli, reconoció que se quedó sin energía en su caída en tercera ronda, señalando la acumulación de partidos y el calor asfixiante de Nueva York. El campeón de Cincinnati, Arthur Fils, perdió un debut durísimo ante Stefanos Tsitsipas, ex número tres del mundo, mientras que el joven Rafael Jodar, con más de 50 partidos en su primera temporada completa, se vio claramente fundido en su estreno.
“La temporada es larga. Creo que todos los que han rendido bien en los torneos de preparación lo tienen más difícil aquí”, explicó el belga Alexander Blockx, verdugo de Cobolli. “Somos humanos, no robots. Cada semana es dura. Y en un Grand Slam todo se vuelve aún más físico. Mentalmente tienes que estar muy metido”.
Una batalla paralela por la cima
Mientras el cuadro masculino se sacude jerarquías, en Flushing Meadows también se libra otra pelea: la del número uno mundial, con cuatro jugadoras implicadas.
Aryna Sabalenka ha reinado en lo más alto los últimos dos años, pero su bajón reciente la ha dejado expuesta. Elena Rybakina tiene un camino claro: si alcanza las semifinales, desbanca a la bielorrusa. Jessica Pegula y Coco Gauff, por su parte, necesitan el título para tener opciones de asaltar la cima.
“Si miras la diferencia de puntos en el top-10 comparado con los hombres, ves que la profundidad es una locura”, apuntó Pegula. “Todas han sido muy consistentes y eso, en cierto modo, hace más difícil ganar un Slam. Pero también sabes que no hay una o dos súper dominantes de las que dependas para tener una oportunidad”.
En Nueva York, la fe y el “delirio” de los aspirantes chocan con el peso de una nueva dinastía y con un calendario que exprime a las figuras hasta el límite. El cuadro se abre, los favoritos caen, los cuerpos se resienten. La pregunta ya no es quién tiene más talento, sino quién se atreve a creer que puede derribar a Sinner y Alcaraz cuando las luces del US Open son más cegadoras que nunca.






