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Demichelis y la torre de Babel en el vestuario de Leipzig

En el vestuario de RB Leipzig, las charlas tácticas no empiezan con un pizarrón, sino con un coro de traductores. Martin Demichelis, 45 años, aterrizó en verano para relevar por sorpresa a Ole Werner. Llegaba con nombre, pasado en el Bayern y ambición. Lo que no trajo consigo fue un dominio suficiente ni del alemán ni del inglés como para dirigirse con claridad a todo el grupo.

El resultado es un escenario tan singular como delicado: el entrenador habla, y su mensaje se fragmenta en varias lenguas antes de llegar al vestuario.

Babacar N'Diaye, team manager, se encarga de los francófonos. El entrenador de porteros Frederik Gößling traslada las indicaciones en inglés. Cristian Fiél, asistente germano-español, actúa como puente directo y permanente entre el técnico argentino y buena parte de la plantilla. La escena se repite cada semana: una idea, tres voces, varios matices.

En teoría, el sistema garantiza que todos entiendan el plan. En la práctica, está generando fricción. Los jugadores alemanes, según se comenta en el entorno del club, a menudo necesitan volver a explicarse entre ellos lo que el entrenador quiso decir. Cuando eso ocurre, la chispa original de Demichelis —su energía, su tono, su énfasis— se diluye entre capas de traducción. Y un mensaje táctico sin emoción llega frío, deslavado.

Resultados irregulares y dudas crecientes

El contexto deportivo no ayuda a suavizar el ruido. Leipzig, que viene de terminar tercero la temporada pasada y se había acostumbrado a vivir cerca de la élite, ha firmado un arranque lleno de vaivenes que ha disparado el debate sobre la continuidad del técnico.

El 1-3 en liga ante Werder Bremen encendió la primera alarma. No solo por el marcador, sino por la sensación de un equipo desconectado, blando en los duelos y sin una idea clara cuando el partido se torció. La derrota por 1-4 en la Champions League frente a FC Como 1907 agravó el cuadro: una noche desastrosa en Europa, con errores groseros y una imagen impropia de un club que presume de proyecto consolidado.

Demichelis no se escondió tras aquel golpe en Como: “Conozco las reglas. Sé exactamente que no hay tanto tiempo en el fútbol, y menos en un club grande. Si no ganas, todo es malo”, admitió después del partido.

El mensaje sonó realista, pero también reveló que el argentino siente el aliento en la nuca.

El 5-0 del último fin de semana ante HSV llegó como un balón de oxígeno. Leipzig mordió, apretó arriba y resolvió con autoridad. El equipo pareció por fin reconocible: intenso, agresivo, vertical. Esa goleada le ha dado algo de aire al entrenador, pero no ha disipado la desconfianza. La sensación general es que el proyecto sigue en fase de prueba, pendiente de confirmación.

Con las aspiraciones del club ya bajo sospecha a estas alturas, la pregunta es obvia: ¿puede Demichelis estabilizar a un equipo que, por calidad y presupuesto, está obligado a pelear arriba mientras lucha, al mismo tiempo, contra una barrera idiomática en su propio vestuario?

El club pide calma, pero marca el listón

En medio de la agitación, la cúpula de RB Leipzig ha optado por un mensaje de contención pública. El director general deportivo, Marcel Schäfer, salió la semana pasada a frenar la ola de críticas con un comunicado medido, pero firme.

Pidió calma. Habló de foco interno. Recalcó que en el club se mantiene la unidad: “Eso se aplica a todos los empleados, al equipo y a todo el cuerpo técnico. Todos tienen nuestro apoyo y nuestra confianza”, subrayó. Una línea clara: puertas adentro, nada de histerias.

Schäfer también recordó algo que en Leipzig conocen bien, pero que suele olvidarse cuando los resultados se tuercen: un equipo recién armado necesita tiempo para generar automatismos, jerarquías y una identidad reconocible. No se construye un bloque competitivo en dos meses, ni siquiera con un presupuesto poderoso.

Sin embargo, el dirigente no maquilló la realidad. Reconoció que los últimos marcadores “no cumplen con nuestros estándares” y aseguró que el club está abordando la situación “de forma muy clara internamente”. Traducido: hay apoyo, pero también exigencia. No se trata de negar la crisis, sino de evitar que la discusión pública desvíe al club de la hoja de ruta trazada.

Ese respaldo funciona, de momento, como un voto de confianza formal para Demichelis. Pero es un crédito con letra pequeña. Nadie en Leipzig ignora que la paciencia en la élite tiene fecha de caducidad.

Comunicación, resultados y un futuro en juego

El desafío del argentino es doble. Por un lado, debe acelerar la construcción futbolística de un equipo que se ha desajustado en cuanto ha perdido el control de los partidos grandes. Por otro, necesita que su mensaje llegue sin ruido al vestuario. No basta con tener una idea; hay que transmitirla con precisión, ritmo y autoridad.

En un fútbol en el que cada detalle cuenta, perder segundos en una charla, matices en una indicación o intensidad en un discurso puede marcar la diferencia entre un bloque que reacciona al unísono y uno que duda medio segundo. Ese medio segundo, en la Bundesliga y en la Champions League, suele costar puntos.

Las próximas semanas serán un examen continuo. Leipzig necesita más noches como la del 5-0 ante HSV y muchas menos como las de Bremen o Como. El club ya ha dejado claro el marco: habrá apoyo mientras el equipo muestre una línea ascendente y la comunicación entre entrenador y plantilla se haga más fluida y directa.

Si Demichelis consigue que sus ideas atraviesen la torre de Babel del vestuario sin perder fuerza, tendrá argumentos para sostenerse en el banquillo y devolver a Leipzig al nivel que exige su propio proyecto. Si no lo logra, la pregunta no será cuánto confía el club en él, sino cuánto tiempo más podrá permitirse esperar.